Domingo, 26 Enero, 2014 - 10:29

Mirar de otro modo
Por Ricardo Forster

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A la memoria de Juan Gelman, poeta de la memoria, la belleza y el compromiso

Los días tórridos e interminables del verano son propicios para dejar que el pensamiento y la imaginación se desplacen por otros lugares; nos permiten, si estamos disponibles para eso, interrogar de otro modo lo que nos rodea y auscultar nuestra interioridad sustrayéndonos, en parte, de las demandas de una realidad implacable y frenética. Son momentos de introspección en los que logramos, muy de vez en cuando, perder el tiempo, ese tiempo supuestamente tan valioso que, en el transcurrir de los días normales, se nos escapa de las manos sin que siquiera nos demos cuenta de lo que ya dejamos de mirar y de preguntar. Pero también nos permiten tomar ciertas distancias de las exigencias acuciantes que suelen emanar de una sociedad como la nuestra en la que la vorágine de la vida del trabajo, del consumo, de la comunicación de masas, del poder, de las injusticias, de las desigualdades, de los conflictos individuales y colectivos nos devoran cotidianamente. Por eso, tal vez, esos instantes en los que nos permitimos girar la mirada hacia otra realidad o simplemente releer una obra poética en días en los que nos entristece la ausencia de uno de nuestros mayores poetas, constituyan una excelente oportunidad que no deberíamos desaprovechar. Oportunidad única para entrelazar la memoria de las ausencias, la contemplación serena de la belleza del mundo y la mirada crítica. De ahí, estimado lector, estas líneas que quisiera compartir.

No entiendo a esas personas que cuando llueve dicen que “el día está feo”. ¿Cuál es la fealdad de la lluvia? Si tuviera que elegir un momento en el que me siento compenetrado con el clima, en el que me atrae lo que sucede del otro lado de la ventana, ese momento sería cuando se precipita la lluvia; amo esas tardes de tormenta cuando el cielo se pone negro y anuncia la llegada del agua reparadora. Buenos Aires, en verano, suele tener esos días en los que luego de un calor intenso en el que apenas si podemos con nuestros cuerpos y deambulamos como sonámbulos por una ciudad de fuego, nos ofrece el espectáculo de un cielo que se hace de noche repentinamente mientras empieza a soplar el viento; luego comienzan primero a caer esas gotas gruesas, pesadas, que dejan marcas en la superficie para después desatarse un temporal inolvidable. Pero también me siento cobijado durante esas jornadas invernales en las que una interminable llovizna acompañada de una bruma melancólica ocupa todos los espacios de la ciudad. Esos son días perfectos para leer, para escuchar música, para dejarse llevar por los recuerdos o simplemente para dedicarse a la contemplación de la lluvia que cae monótona, sin apuro, como si tuviera todo el tiempo del mundo para desperezarse.

Es evidente que nuestra relación con la lluvia se vincula con su efecto bienhechor, con el vago recuerdo de su presencia en los campos; y sin embargo no busco hacer el elogio de la lluvia por su importancia material, por lo imprescindible de su papel en el ciclo de la vida. Eso es así. La lluvia es la vida pero también tiene la cualidad de cambiar el paisaje exterior junto al interior; ella nos habla con un lenguaje propio, sabe entrar en nuestros rincones más apartados, nos abre a una sensibilidad que se funde con el caer del agua, que se descubre en el ritmo a veces intenso y otras pausado de un cielo que derrama sobre nosotros sus fuentes reparadoras. La lluvia es intimista, habla en primera persona, nos conduce hacia el interior de nosotros mismos, tiene la facultad de abrir barreras y de confrontarnos de un modo particular con el transcurrir del tiempo. Contemplando la lluvia contemplo de forma diferente el paso del tiempo, me voy apropiando de un ritmo que tiene la facultad de entrelazar lo que viene del ayer y lo que sucede hoy. Sí, la lluvia es rememorativa, deja fluir los recuerdos, nos abre a un estado especial de ánimo. Tal vez poetiza nuestra dureza y descomprime nuestras defensas.

Claro que también la lluvia puede ser arrasadora, aluvional y desgarradora de vidas y sueños, de ilusiones y de recuerdos. En nuestra ciudad no siempre podemos dejarnos llevar por la contemplación bucólica cuando una tormenta se ensaña, principalmente, sobre los más necesitados; cuando el agua, incontenible, inunda barrios enteros dejándonos inermes ante su fuerza indetenible acrecentada por la desidia o la ineficiencia del gobierno de turno o, esto también hay que decirlo, cuando la naturaleza se sacude la ceguera de una sociedad que cree que todo lo puede transformar y dominar. Creer que la tecnología y la ciencia productivista todo lo puede resolver es una de las quimeras de esta época en la que hemos olvidado lo importante y significativo para quedarnos con lo inmediato y fugaz.

Cuando pienso y escribo sobre la lluvia, o sobre un tibio crepúsculo o sobre la belleza de un paisaje serrano, tengo encontrados sentimientos, como si una extraña ambigüedad no dejara de hacerse presente. Por un lado, está el placer que me produce la naturaleza, sus diversidades, sus claroscuros, su intensidad, su armonía; pero por el otro lado está la inevitable presencia de los males que sacuden el mundo y que infectan nuestra cultura: la pobreza que se expande inconteniblemente sobre vastas regiones del planeta, la injusticia y la violencia, la desigualdad que apabulla, la contaminación sistemática y criminal que nace de los países ricos que arrojan sobre la tierra todo tipo de desechos nacidos de su consumo desenfrenado. Es difícil permanecer al margen de tantos horrores, de esos miles de millones de indigentes que desmienten cualquier lógica del progreso; es arduo gozar de un paisaje que, si damos vuelta la esquina, nos ofrece el rostro de la injusticia y el aniquilamiento. La cumbre mundial sobre cambio climático que se desarrolló hace poco tiempo en Copenhagen nos muestra el apabullante testimonio del fracaso, de la avaricia de los poderosos señoreando sobre un planeta exhausto.

Todo está allí: lo perfecto de una naturaleza trazada por el pincel de un artista inigualable y la locura desatada por seres humanos ávidos de poder; pero también nos encontramos delante de una sociedad arrasada culturalmente, destruida desde sus cimientos y olvidada de sí misma allí donde es absolutamente dominada por el lenguaje del consumo y de los medios de comunicación de masas. Una sociedad deshumanizadora que, al mismo tiempo, desnaturaliza a la naturaleza, que la vuelve esclava de necesidades artificiales que van poniendo en riesgo cualquier forma de vida en un futuro no muy lejano. Locura, criminalidad, indiferencia, complicidad, son conductas hegemónicas que hoy atraviesan de lado a lado nuestras sociedades y en especial aquellas que desde la opulencia y el uso y abuso indiscriminado de los recursos naturales nos dan cátedra de conducta ecológica. Tal vez por eso, y a la luz del hambre y la indigencia, de la tierra arrasada, me resulte complicado expresar sin más mi devoción por un paisaje o por un momento del día que tiene la facultad de cobijar y alimentar mi espíritu; pero no encuentro otro modo de seguir insistiendo en una apuesta por una vida mejor, por un destino que logre torcer la inexorabilidad de un poder exterminador, de una humanidad desconcertada que olvidó, en gran parte, lo mejor de sí.

Si somos incapaces de mirar con ojos maravillados un amanecer, si carecemos de la sensibilidad para sentir el lenguaje de la naturaleza, si somos indiferentes ante la vida de los animales, ¿cómo podremos ser capaces de sustraernos a la brutalidad de una época que nos despoja de todo, inclusive de nuestra sensibilidad ante la belleza? Claro que amar a la naturaleza no garantiza que seamos mejores personas, son demasiados los ejemplos del último siglo, ejemplos de ideologías aniquiladoras que tuvieron inclinaciones pastorales o que se extasiaron ante un claro de luna, o son incontables los ejemplos contemporáneos de la mercantilización de la ecología y la proliferación de una industria gigantesca del turismo aventura, o de aquellos que en nombre del ambientalismo olvidan las injusticias sociales como para ingenuamente suponer que sólo los almas sensibles aman la belleza de un paisaje. Se trata, quizás, de comprender que la proliferación de toda forma de injusticia y de violencia, la reproducción de mecanismos de brutalización, el dominio de lenguajes burocráticos, la hegemonía de los tecnócratas y del pragmatismo, la reducción de la vida a mercancía, el triunfo de la lógica del mercado, reúnen el mal que le hacemos al mundo con la perpetuación de lo inhumano en lo humano. Hay un punto en el que converge la injusticia con la ceguera, la desigualdad con la desespiritualización, la soberbia tecnocrático-capitalista con la insensibilidad ante la belleza.

Uno de los logros más significativos de Dialéctica del iluminismo, el libro fundamental de Theodor Adorno y Max Horkheimer publicado inmediatamente después de finalizada la Segunda Guerra Mundial, fue desentrañar el vínculo directo entre el proceso de sometimiento de la naturaleza exterior, su conversión en una cosa inerme, en materia prima a ser devorada por el sistema, y la violencia que se fue desplegando en la naturaleza interior de los seres humanos. El precio de la cosificación de la naturaleza, el saldo de la violencia dominadora sería, a ojos de Adorno y Horkheimer, el desarrollo de una civilización autodestructiva irradiadora de un potencial aniquilador como jamás conoció antes la historia. Nacida de una promesa liberadora, la racionalidad moderna derivó hacia su forma instrumental en la que lo humano y el mundo todo fueron reducidos a ser parte de una lógica articulada alrededor de la cuantificación y determinada por la expansión irrefrenable del capitalismo. La pérdida de la dimensión crítica y autónoma y su transformación en racionalidad con arreglo a fines, es decir sometida a las leyes del más puro pragmatismo, se entrelazó con la proliferación de una violencia capaz de transgredir todos los límites tanto exteriores como interiores. Junto al proceso de secularización que inauguró una nueva época de la historia liberando a los hombres supuestamente de cualquier atadura heterónoma, se desplegó un máquina racional-productiva que, ella sí liberada de cualquier determinación externa y deudora de sus propios fines, infringió una herida de muerte a lo sagrado del mundo, abriendo las puertas a una historia de la humanidad caracterizada por un arrasamiento inaudito de hombres y animales, de bosques y mares, asediando, como nunca antes, cualquier expresión de lo viviente. Adorno y Horkheimer comprendieron que esa maquinaria puesta en funcionamiento desde el núcleo central de la modernidad burguesa acabaría por volverse contra su propio constructor, echando las bases de un proyecto de civilización cada vez más atravesado por su propia barbarie.

Situados en un momento límite, testigos muchas veces impávidos de la destrucción de la naturaleza, hoy empezamos a comprender que no es imaginable una sociedad más justa e igualitaria si, al mismo tiempo, no somos capaces de invertir la espiral de violencia que derramamos sobre el mundo y sobre nosotros mismos. Desde la periferia del desarrollo podemos y debemos dar señales contundentes, como lo intentan nuestros hermanos bolivianos y ecuatorianos, de que otra relación con la naturaleza es posible sin, por eso, olvidar la indispensable necesidad de mejorar las condiciones de vida de los que menos tienen al mismo tiempo que necesitamos de las riquezas que están ahí y que, lo sabemos, no dejan intocados a los valles, las montañas, los mares y los ríos. Una contradicción que nos atormenta y nos exige, sobre la que no podemos permanecer indiferentes sabiendo que nada es perfecto y que las tensiones y los conflictos nos seguirán acompañando.

Algo de todo esto, nacido de la necesidad de mirar de otro modo lo que rodea, nos devuelve la lluvia, con su belleza inimitable, que sigue derramándose sobre un mundo sediento de justicia y de poesía.

Fuente: 
Infonews