Sábado, 1 Abril, 2017 - 21:00

La ayuda bolivariana, que muestra el pais al que se busca retornar desde los palcos, regalo del cielo para Macri
Por Hugo E. Grimaldi

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Parecen sueltas, aunque a poco que se las maree en las manos, encajan bastante bien. Las piezas del tablero de la política que surgen por estas horas son múltiples, variadas y amorfas en todas sus acepciones, pero entre tanta locura tienen su lógica. "Todo tiene que ver con todo", decía aquel filósofo griego que popularizó hace unos años un ceremonioso presentador televisivo. Aunque se sabe que nada es rígido, ya que el devenir de la política está mucho más acelerado que de costumbre por estos días y avanza hacia las elecciones de octubre a un ritmo mayor que el esperado, bien vale el intento.
 
Es de suponer que una pintura de este tipo le es útil mucho más al llamado "círculo rojo", aquellos que toman decisiones o a los inversores que para hundir plata en la Argentina quieren saber si las políticas de hoy se podrán mantener en el tiempo o si se va a retornar a futuro la discrecionalidad que aman los argentinos y le interesa casi nada a quienes siguen pasando privaciones o no tienen trabajo. Sin embargo, no es tan así ya que, a la larga, la resolución del conflicto cultural que está en ebullición necesariamente va a afectar a todos. Para tratar de armar la figura de la realidad actual (hasta que cambie, por supuesto) sin tocar los imprescindibles temas de fondo (deuda social, educación, desarrollo, etc.), sólo hay que desparramar las partes sobre la mesa, observar los bordes, entrever las caras de los personajes y hacer un repaso de lo pasado y de lo que está por venir. Se observa con mucha más claridad que la política se ha acoplado con todo aquello que gira a su alrededor y que, como siempre, pero hoy más que nunca, es lo que determina la economía, la Justicia y hasta el fútbol. 
 
Como contexto de aquello que se ve deben entrecruzarse entonces varios aspectos: las ambigüedades del gobierno nacional, que lo dejan casi siempre jugando a la defensiva (Mauricio Macri); aquello que expresa "la calle", hoy netamente en manos del kirchnerismo (Hebe de Bonafini); el paupérrimo paro que ya pasó y el muy fuerte pero discursivamente menos duro que llegará el jueves próximo (CTA y CGT); la porfía política con los docentes (Roberto Baradel); el apuntalamiento de la figura de la Dama de Hierro (María Eugenia Vidal); la edad de los jueces (Ricardo Lorenzetti) y las dudas sobre la nueva AFA ("Chiqui" Tapia & Cia.) y la Selección (Lionel Messi y Edgardo Bauza). Y a todo eso, hay que sumarle ahora, necesariamente, la participación especial de la Venezuela de Nicolás Maduro.
 
Esto último parece haber sido un regalo del Cielo para el Gobierno, pero lo cierto es que lo sucedido en la semana que pasó en aquel país permite ordenar bastante la situación local, ya que separa bien los tantos a la hora de enlazar la política oficial con las manifestaciones opositoras. No hubo palco donde no se dijera que la resistencia va a seguir hasta que el actual gobierno cambie su manera de conducir el país, justamente haciendo aquello para lo que fue electo hace cerca de 500 días. No es nada extraño que la oposición se exprese así en ningún lado y, de hecho, hasta muchos votantes de Cambiemos tienen críticas muy fuertes hacia lo instrumental pero, en este caso, lo problemático del tema es obligar al retroceso sin esperar el nuevo turno democrático.
 
De esta cuestión saben mucho quienes vienen arrasando con el Congreso de Venezuela y quienes mostraron, más allá de la terrible situación económica, social, médica y de abastecimiento que vive ese país, la desnudez del modelo al que se quiere retornar aquí con tanta pasión. Está claro que más allá de los apoyos previsibles de los ultras o de los gobiernos amigos del chavismo no hubo en la Argentina ningún kirchnerista que saliera a defender los desbordes antidemocráticos de Maduro. Más allá de los discursos de barricada, de los insultos de Bonafini, o de los carteles sobre los helicópteros que acompañaron las marchas de los últimos días o el pedido que el modelo económico se "caiga" (Pablo Micheli) o casi el ruego de que el Presidente "muera" este año (Liliana Costa), la ratificación bolivariana del método de imposición fue la que les contestó por el Gobierno a todos esos personajes con un "éste es el país al que ustedes pretende volver". Ante tanto avasallamiento y manipulación de las instituciones, el "basura, vos sos la dictadura" quedó desenfocado. Macri, feliz por tamaña ayuda.
 
Por estas horas, se observan dos contendores bastante claros, a gusto y paladar de la polarización que alienta el Gobierno: el Presidente (o Vidal) vs Cristina Fernández y esta dualidad se da también en los dos campos en donde se ha planteado la lucha, ya sea en el manejo del relato o en el poder de movilización. En ambos temas el oficialismo teclea notoriamente y, de allí, la marcha de apoyo a "la democracia" planteada por las redes sociales para el #1A que, para no pagar costos si algo sale mal, los socios de Cambiemos relativizaron de antemano.
 
Sobre los dichos, hay que anotar que parte del Gobierno hace directa o indirectamente denuncias constantes de desestabilización (una evocación de la paranoia "destituyente" que afectaba a CFK) y es cierto que hubo muchas expresiones públicas que lo ayudaron a armarse esa película, pero es evidente que existe dentro del Gobierno mucha debilidad discursiva, no sólo a la hora de contrarrestar la instalación de algunos temas y refutar algunas barbaridades que se expanden y toman la forma de verdad revelada, sino en materia de cómo armar los discursos para evitar réplicas chicaneras.
 
Hay varios ejemplos de estos últimos días, pero uno ya clásico que tiene que ver con el aumento para los docentes de la provincia de Buenos Aires. La idea de Vidal y su gente fue seguir el ejemplo que se arregló con los estatales de ese distrito hacia fines del año pasado: un porcentaje piso similar a las estimaciones oficiales de suba de precios dividido en varias cuotas, más una "cláusula gatillo" que eleva automáticamente el nivel básico hasta que lo que la inflación diga. Es decir, que cuando Baradel dice "no voy a firmar por el 19 por ciento porque es una miseria" está faltando a la verdad y nadie lo refuta, quizás porque de hacerlo se estaría poniendo en tela de juicio los propios cálculos oficiales.
 
Más allá de la discusión por la inflación pasada, que es otra etapa de la paritaria que habrá que manejar con cierto ingenio, la pregunta a responder es qué resulta ser mejor para el gobierno bonaerense, ¿pasar por agarrados y dejar dilatar el conflicto porque no se quiere insinuar que los cálculos oficiales podrían naufragar o salir a decir que el sindicalista miente y que si la inflación es de 30 por ciento todos van a cobrar 30 por ciento? Si bien ésta es una respuesta que necesariamente debe dar la política y no le consta a este periodista que alguien se plantee aún una refutación de este tipo, lo que no se puede hacer comunicacionalmente es dejarle la cancha siempre alisada al contrincante, mientras los graphs de los canales de cable siguen martillando ante la opinión pública con el amarrete 19 por ciento.
 
Otra perla es la acusación de "ajustadores" que le hacen al gobierno nacional muchos opositores y el kirchnerismo en particular, seguramente para pegarlo con los tradicionales ajustes fondomonetaristas, calificación que ha permeado fuerte también en muchos votantes de Cambiemos que sienten también en sus bolsillos la caída del poder adquisitivo. Según el analista Hugo Haime, hoy "85 por ciento está pidiendo un cambio en la orientación económica".
 
En cuanto a la presencia en las calles, durante las últimas dos semanas hubo tres marchas antigubernamentales seguidas. La primera pasará a la historia porque fue una demostración de poderío de cuadras y cuadras cegetistas que terminó con los dirigentes bajados del palco a las piñas por manifestantes de izquierda, incluido el peronismo de esa tendencia. En tanto, la de los maestros resultó apoteótica en número, pero las consignas fueron más políticas que reivindicativas, mientras que la de las dos CTA, pese a los planos cortos de los canales kirchnerizados y los titulares rimbombantes sobre supuestas multitudes, apenas cubrió con suerte la mitad de la Plaza de Mayo habilitada. Más allá de todo ello, hay algunas cuestiones en las que Macri tampoco queda bien parado, sobre todo cuando se nota que algunas de ellas rozan o hasta perforan la transparencia que suele predicar. Dejando de lado las cuestiones de denuncias de corrupción que van y vienen (caso Arribas, Panamá Papers, Avian, etc.), la situación de la edad de los jueces también le puso la lupa encima al propio Gobierno.
 
En este caso, quizás encarado con la lógica de que a los 75 años vale mucho la experiencia pero también pueden haber disminuido los reflejos, las autoridades se han quedado pegadas como eventuales promotoras de un fallo de la Corte sobre el caso del camarista federal de La Plata, Leopoldo Schiffrin y no aparecieron voces oficiales dedicadas a clarificar la cuestión. Hubo detrás de todo el proceso que llevó a la acordada que decidió el martes cambiar la jurisprudencia algunas cuestiones para tomar en cuenta.
 
A mediados de febrero, la ministra Elena Highton de Nolasco, quien cumplirá la edad de retiro en diciembre próximo, quedó confirmada en su cargo, debido a que un fallo de primera instancia a su favor, que no fue recurrido por el Gobierno después de haberle hecho saber al juez que apelaría, quedó firme. La jueza se abstuvo de votar sobre el caso Schiffrin, pero es evidente que conocía el trasfondo y que el Gobierno también.
 
En la semana, el Consejo de la Magistratura ordenó a los 27 jueces que están excedidos de edad o que le pidan al Ejecutivo que vuelva a presentar sus pliegos en el Senado para lograr su ratificación o que se vayan a sus casas, salvo aquellos que tengan un fallo firme como el que logró Highton. La primera en saltar fue la jueza federal María Romilda Servini de Cubría, quien responsabilizó al titular de la Corte, Ricardo Lorenzetti de motorizar su desplazamiento porque está investigando a su hijo en el caso del descuento de cheques de Fútbol para Todos.
 
Toda la trama cierra en clave política cuando se toma nota que el camarista Schiffrin y la jueza Servini tienen excelente relación con Elsa Carrió, quien le apunta más que seguido a Lorenzetti y al ahora vicepresidente de la AFA, Daniel Angelici, ahora ladero de Tapia y de Hugo Moyano, a quien acusa de ser operador del macrismo en Tribunales. La titular de la Coalición Cívica no ha dicho nada aún, pero la suma de factores puede ser un nuevo y futuro lazo importante para el cuello de Macri, a partir de la eventual pretensión del Gobierno de nombrar dos docenas de jueces nuevos.
 
La marea crece y aún no se nota a nadie que salga a desactivar la bomba de tiempo. No faltará quien asocie el culebrón con aquel plan de Cristina de cuño chavista que voló por los aires, llamado "democratización de la Justicia". Como Pompeya, la mujer del César, los gobiernos no sólo tienen que ser honestos, sino también parecerlo. 
Fuente: 
Diarios y Noticias