Domingo, 9 Abril, 2017 - 10:28

Entre las calles y las urnas
Por Mario Wainfeld

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El impacto del paro general. La repetida unidad de acción entre centrales obreras y organizaciones sociales. De cómo el Gobierno construye opositores. La política económica y la represión, pinza inquietante que acumula rechazos. Una mirada sobre la potencial correlación entre las manifestaciones y los votos por venir. Algo sobre el 1A, comparaciones y memoria histórica.

La exitosa huelga general del jueves repitió una tendencia de la etapa: centrales sindicales, organizaciones sociales y fuerzas políticas confluyen en medidas de acción directa. No es la primera vez, ni la segunda ni la tercera… es una modalidad (una innovación de la etapa) que se cumple con creciente frecuencia e intensidad.

Empezó el año pasado, con la gran movilización de abril promovida por la Confederación General del Trabajo (CGT), con San Cayetano y con más hitos cuya enumeración ahorramos. En 2017, sobre todo a partir de marzo, las movilizaciones conjuntas y multitudinarias son parte del escenario cotidiano.

Las tácticas de los participantes son distintas, las identidades políticas son variadas pero hay unidad (relativa) en la acción. El Gobierno del presidente Mauricio Macri hace todo lo posible para que la costumbre persista y escale. La política económica y, en pinza preocupante, la de Seguridad “crean” nuevos ciudadanos opositores.

El oficialismo, sin inventar nada, adujo desde el vamos que “el viernes después” sería un día igual a todos los otros. Equivocado el diagnóstico, en cuanto ningunea el paro que impacta en la correlación de fuerzas. Acertado en señalar que el Gobierno no revisa el núcleo de sus políticas. Anteayer (ese viernes), cientos de trabajadores fueron desalojados de la planta de Artes Gráficas Rioplatenses, con un despliegue amedrentador de Robocops. Acamparon a la vera de la fábrica donde hasta hace poco se ganaban la vida. No es el primero ni el segundo ni el tercer establecimiento que cierra o reduce dramáticamente su personal o suspende a mansalva.

La respuesta pacífica de los laburantes, evitando caer en la provocación y arriesgarse a ser ferozmente reprimidos, ocurre cuando acaban de cumplirse veinte años de la instalación de la Carpa Blanca docente en la Plaza del Congreso. La historia no se repite como calco pero permite hallar analogías o constantes. Los gobiernos neoconservadores alimentan su propia oposición, que va constituyéndose poli clasista, plural y va rondando metodologías de lucha. De ahí a que todos los damnificados se expresen de modo parecido en el cuarto oscuro hay un trecho largo, que los partidos de oposición tal vez no estén recorriendo con la misma velocidad y vigor que la protesta social.

Demasiada polarización: Cambiemos polariza constantemente contra el kirchnerismo. El kirchnerismo se presta gustoso. Ambos creen que ese esquema binario signará la votación de medio término y cada uno cree que prevalecerá. Quizá uno de los antagonistas acierte, por ahí se equivocan los dos.

Mientras se acercan las fechas de las Primarias y las elecciones generales, el macrismo acentúa la polarización, sumando nuevos adversarios. Trata de personalizarlos: la ex presidenta Cristina Kirchner, el gremialista docente Roberto Baradel, los “mafiosos” sindicales recientemente. El problema es que sus acciones (y, de forma acentuada, sus dichos) confrontan-polarizan con una masa creciente de personas de a pie. Son los damnificados por las decisiones económicas o por la mano dura que encarna la ministra de Seguridad (y alterna de Trabajo) Patricia Bullrich. Los que perdieron empleo o  valor del salario real, los que padecen tarifazos. La redistribución regresiva de ingresos, es abecé de la democracia, influye en la de adhesiones políticas.

El oficialismo, después de acusar el golpe del paro, tratará de “sentarse a dialogar” con la cúpula cegetista. Seguramente intentará derivar más recursos a las organizaciones sociales. Pero las relaciones, que continuarán, se han deteriorado al correr de los meses

Los dirigentes de la CGT han negociado con el oficialismo, obteniendo hasta ahora más rédito para “las organizaciones” que para los compañeros laburantes. No es la primera vez en su historia, ni la segunda ni la tercera. El hiato entre la ecuación del gremio y la del afiliado se ahonda y los interpela. Es difícil consentir mansamente que disminuya la masa de empleados formales, que los salarios bajen. Y, más aún, que se imponga techo a las convenciones colectivas. Para muchos es cuestión de dignidad, para algunos de pragmatismo. Las bases están más enojadas y propensas a reaccionar que las conducciones, es palpable. La abundancia de comisiones internas y delegados “troscos” no es un hecho de la naturaleza ni consecuencia del azar. La falta de combatividad puede moverles el piso a los referentes de la CGT.  Los escarmientan repetidos incumplimientos de la Casa Rosada, cuyos moradores le hicieron pasar un papelón a los  líderes avezados que firmaron un pacto anti despidos y un bono de fin de año que pagó Magoya.

Las organizaciones sociales son, en gran medida, Estado-dependientes. El macrismo sostuvo la relación, la fomentó creyendo que podía domesticarlas o, en el extremo, cooptarlas. Las tratativas se empiojan cada vez más a medida que crece la masa de desocupados, de personas que necesitan de los comedores o merenderos comunitarios. La ley de Emergencia Social fue obtenida cuando la pulseada se intensificó. El Gobierno la deja dormir, la respuesta viene de cajón.

La represión polariza también. Frente a ella no hay margen para medias tintas ni terceras posiciones, ni anchas avenidas del medio. Hasta ahora, los dirigentes sociales se han plantado con firmeza frente a la barbarie de la Bonaerense y Gendarmería. Es complicado revertir tamañas conductas oficiales o volver atrás... por otra parte el macrismo duplica sus apuestas a la prepotencia. Supone que cuenta con anuencia de sectores de opinión pública si agrede a mujeres y pibes, si deja esposada a una chica de 16 años. Dolorosamente, puede que sea así. Pero el odio de clase o la discriminación o el racismo no son universales: dividen aguas. Pegan fuerte en sectores populares, que numéricamente son muchos aunque tengan poca plata.

Embelesos y embelecos: Hay momentos (o trimestres) en que no se sabe si el Gobierno miente o alucina. En una de esas, se conjugan los dos fenómenos. Macri se embelesa con la movilización a su favor, acaso de más. Y se extasía ante un auditorio compuesto por un  peculiar grupo de “inversores”: invierten poco, poquito o nada.  Hablando de local, se jacta de estar trabajando, una provocación para los huelguistas que fueron millones. Y para las personas que, a diferencia del presidente, laburaron toda su vida. No conforme con el derrape, anuncia que la lucha contra la inflación es un éxito. Los guarismos del verano le dan un mentís rotundo que torna filo imposibles las predicciones del oficialismo para el año. El cronista ignora cuál es la finalidad de ese ataque de optimismo, también cuál fue el cattering del Mini Davos. En todo caso, “los inversores” no comen vidrio, están al tanto de las cifras, de la inminencia de tarifazos. Aún (mal que mal) de los aumentos de sueldos que acarrearán las convenciones colectivas.

Existen, desde ya, promesas pendientes, que se conversan sottovoce en los pasillos, bajo el cono del silencio o se difunden por portavoces mediáticos. La principal es “bajar los costos laborales”, en criollo aplanar los sueldos y disminuir las “cargas sociales”. El establishment le exige pruebas de amor más contundentes: que encarcele a la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner, que le gane (libre o presa) en los comicios de octubre.

Aunque usted no lo crea, hay espacio a la derecha del macrismo: los poderes fácticos, con el Grupo Clarín en la vanguardia le exigen más mano dura, más fallos judiciales atrabiliarios, más ajuste.

De la calle al cuarto oscuro: La táctica de polarizar, en principio, va a contrapelo de las elecciones legislativas, que abren espacio a “voto expresivo” y más chances a terceras o cuartas fuerzas. Por lo pronto, el Frente Renovador y el Frente de Izquierda y los Trabajadores (FIT) verán como cosechan en ese terreno.

Se elige en 24 distritos diferentes, cada cual tiene historia y características propias. Para el macrismo sería un logro conservar o mejorar su número de bancas en el Congreso nacional, rondar el largo 34 por ciento del total de sufragios que obtuvo en la primera vuelta de las presidenciales y mantenerse primero en las cuatro gobernaciones que ganó en 2015: Buenos Aires, Ciudad Autónoma, Mendoza y Jujuy. Al cierre de esta edición parece muy difícil combinarlos. El regreso del ex ministro y ex embajador Martín Lousteau dispara “fuego amigo” en la patria chica de PRO.

El elenco oficial se emocionó con la manifestación del primero de abril (ver asimismo nota aparte). A ojímetro uno diría que cada asistente votó la fórmula Macri-Gabriela Michetti hace menos de dos años. Cuesta imaginar, en porcentajes importantes, hayan participado  nuevos adherentes. El macrismo congrega a su “clientela cautiva” y cada vez más le habla solo a ella.

Las imponentes manifestaciones de marzo y el paro sin duda incluyeron a votantes de Cambiemos en 2015 que ahora tienen motivos para decepcionarse o soliviantarse. Es un potencial de la oposición que no resuelve la interna entre los partidos o candidatos que la encarnarán. Su desafío-dilema es cómo sumar dentro de un conjunto que, en el mejor (y bastante improbable) caso para el macrismo expresa a dos tercios del electorado por lo menos.

Fuente: 
Página 12