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Luis Rodríguez Martínez

Abogado. Presidencia Roque Sáenz Peña

¿Merecemos a Messi?

Desde la perspectiva que recrea el paso del tiempo (tres semanas) desde que Argentina conquistó su tercera estrella mundialista, me gustaría ensayar ciertas reflexiones, subjetivas por cierto, respecto de la historia de amor y odio entre Messi y la afición argentina.

Difícil entenderlo, mucho menos aceptarlo, un futbolista prodigioso considerado por muchos como el mejor que jamás pisó un campo de fútbol, fue menospreciado, humillado, maltratado, por el periodismo deportivo y también, por qué no reconocerlo, por la multitud de torcedores argentinos.

Esto revela la existencia de una idiosincrasia lindante con la patología. Nada racional, fundado en el sentido común, puede seguirse del pueblo argento, proclive al exitismo ciego, irreflexivo, en fin, una conducta que a los extranjeros les cuesta comprender.

Me producen náuseas los comentaristas deportivos de los principales canales de TV  subiéndose a la carroza de la victoria, ensalzando a Messi.

Parece lejano el momento en que, luego de la final perdida con Alemania en Brasil 2014, aducían que era extranjero, no cantaba el himno, no se esforzaba como en el Barsa, que nunca sería como Diego (menos mal), era el problema por el cual no había "equipo", algunos llegaron a pedirle que renuncie a la selección (Fernando Niembro).

Esta canallada, que si algo denota, es la vileza de una sociedad que no asume su fracaso, resentida, que canalizó sus frustraciones ensañándose con el mejor deportista argentino de las últimas décadas, probablemente, el mejor de todos los tiempos.

El pecado de Leo, no haber ganado un mundial, como si tal logro fuere soplar y hacer botellas.

Mientras tanto, potenciando su calidad de pueblo despreciable y abyecto, se reincidía sin solución de continuidad en la comparación con Diego Maradona.

Él si fue un patriota merecedor de la gloria eterna, nos dio una copa y en demostración de gratitud se fundó una iglesia para venerarlo.

Nada podía eclipsar el culto maradoniano; hubo momentos en que parecía un sacrilegio esgrimir cualquier crítica al ídolo, al que todo era susceptible de ser perdonado, total, tenía la indulgencia de una sociedad cómplice que festejaba sus dislates.

Deliberadamente, se toleraba que haya humillado al país y sus compañeros de equipo dopándose en un campeonato mundial. No se reparaba en que era un enfermo al que en vez de ensalzar había que ayudarlo a superar su adicción; el pueblo le festejaba todas sus ocurrencias, sus excesos, los hijos que fue procreando irresponsablemente, hasta sus escándalos de pedofilia.

Entretanto, el verdadero Dios del fútbol año tras año cosechaba balones de oro, destruía todos los récords a batir, nadie dudaba de su calidad futbolística,  que era el mejor del mundo, admirado por los mejores deportistas de otras disciplinas.

¿En qué país se cuestionaba apasionadamente al mejor jugador del planeta? Acertó, en el que lo vio nacer, poblado por infinidad de energúmenos que decían poco menos que era un mediocre cuando se ponía la camiseta de la selección.

Lo cierto es que el mediocre, el cipayo que no sentía los colores ni aguantaba los trapos, no faltaba a ninguna convocatoria de la selección nacional, ni siquiera para amistosos.

Jamás dejó de alistarse cuando se jugó en la altura de La Paz, Quito o Bogotá. Tal era su devoción, que Lionel Scaloni reconoció que jamás lo sacaría de la formación si él no lo pidiese, compromiso inquebrantable con la albiceleste.

Cuando la historia le fue adversa, porque no es normal que una selección pierda tres finales consecutivas, mundial 2014, y dos contra Chile (por penales), cuando los botarates de toda laya lo defenestraban, Messi dijo que seguiría intentando ganar un trofeo con la selección.

En un deporte colectivo como el fútbol, el villano era Messi, el mejor jugador del elenco, lo que demuestra lo sórdida que es la afición nacional; podía ensañarse con sus compañeros, pero el blanco de las diatribas era el múltiple ganador de balones y botas de oro, un genio para la crítica deportiva internacional, un jugador más para los argentinos.  

Desde 1993, año en que Argentina había logrado su última copa américa, pasaron veintinueve años sin que el país obtenga un título en categoría mayores, ni siquiera pudimos ganar un cuadrangular durante ese período fatídico.

Excelentes futbolistas argentinos se retiraron sin logros deportivos, Batistuta, Ortega, Crespo, Simeone, Verón, Riquelme, Mascherano, Zanetti,  etc.

Todos fueron perdonados menos Lionel Messi, el responsable de no haber ganado ningún trofeo desde que fue convocado por primera vez a la selección.

Pero, por esos misterios insondables, en 2022 el equipo nacional gana la Copa América en el Maracaná, la "Finalísima" (ex copa intercontinental) y la copa del mundo, una reivindicación para un deportista maravilloso y ser humano excepcional.

Ahora sí, periodismo especializado y sociedad argentina rendidos a los pies de un deportista al que no merecen, cuyas condiciones y virtudes exceden largamente las del pueblo que lo destrató.

Imagino, no surgirá ninguna iniciativa para hacer un culto de Lionel Messi, pues la preferencia entre modelo, paradigma de deportista y ser humano, el pueblo argentino la tiene clara y no es sino compatible con su idiosincrasia y valoraciones.

Más que festejar, estamos en deuda con Messi, debiéramos realizar infinidad de actos de desagravio para compensar tanta miseria y nunca serían suficientes.

Para no generar suspicacias, no voy a hacer un paralelismo entre fútbol y política, solamente quiero decir que la idiosincrasia de un pueblo es monolítica, indivisible, ustedes ya me entienden.