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Aldo Daniel Ávila

Abogado

Desaparecidos (la clase política)

Messi levantando la tan ansiada "tercera".

No es difícil de entender, para ningún mortal, que todos los programas y todos los canales de nuestro país, estén teñidos de celeste y blanco.

Que la única noticia importante y de lo único que la gente quiera hablar, para prolongar el disfrute, sea del campeonato mundial de fútbol ganado, reciente y épicamente, por el combinado argentino.

En rigor, es algo altamente comprensible. Una alegría colectiva. Un contento que atraviesa de modo auténtico e incomparable a toda una nación, sin distinguir clases  o estamentos sociales, fulminando las distancias para que el goce sea aquí y ahora y todos a la vez.  

¿Quién puede ponerse en contradicción al hecho de sentirnos protagonistas del logro obtenido?

Quién puede cuestionar el sentimiento genuino de creernos partícipes, al menos, de alguna partecita de semejante éxito planetario. De mínima, ser integrantes de la conspiración más bella de afecto desinteresado que llevó a Lionel Messi a levantar el trofeo ultra soñado por el mundo futbolero.

¿Cuantas veces miramos a Leo levantar la copa más linda de todas? 

¿Cuantas veces nos deleitamos con la tapada milagrosa del Dibu en el último minuto de la prórroga?

¿Cuántas veces quisimos volver a gritar el penal convertido por cachete Montiel?

Incontables. Cada vez que las repiten incansablemente.

Hasta flota la impresión que no nos disgustaría que esto durara para siempre. Que, por fin, todas son buenas noticias.

Que somos capaces de coincidir en un mismo objetivo.

Que, repito, admitimos, explícitamente, tener la capacidad de entender la concreción de un resultado con el mismo criterio, interpretarlo de la misma manera.

Seamos sinceros, ¿alguien extraña, en estos momentos, que se hable de temas que involucren a la política?

Pese a las adversidades que padece nuestra patria, este grupo de notables deportistas, supo conquistar su corazón. Consiguió cautivarlos, ofreciéndoles la posibilidad de volver a reír como locos. A llorar de felicidad. 

A respirar el aroma de ser felices sin dar explicaciones.

Todos compraron.

¿Dónde estuvo el secreto? La clave.

En la ausencia de mentiras y la búsqueda honesta del objetivo. 

En el sacrificio y el coraje. 

En el espíritu de grupo y ejemplo de compañerismo.

Y porque, además, comprobarlo era posible. Lo veíamos por televisión.

Esas conductas despojadas de todo egoísmo, no se parecían a otros comportamientos de otros sectores de nuestra sociedad.

Más bien ponían en evidencia el contraste.  

¿Alguien tendrá ganas de escuchar a los representantes del oficialismo, explicar su impericia? ¿O, a parte de la oposición, desarrollar la imposibilidad de encolumnarse detrás de una idea que los represente sin reparos? 

Por 48 horas o, quizás, bastante más, hemos ingresado en un armisticio que nos permitió volver a hablar el mismo idioma.

Ciertos participantes estelares de la televisión de cada día, han desaparecido. Y lo hicieron con la certeza que, en estos momentos, son personajes menos que secundarios.

Ojalá la coherencia y convicción de un grupo que cabalgando un sueño, nos mostró el único camino posible para llegar a un resultado trascendente, sea el inicio de algo distinto.  

Esa travesía sólo se consigue unidos, y con un objetivo común inquebrantable. 
Pero es imposible en la convivencia con actitudes mezquinas.

Cuando la pandemia, arriesgamos que sacaría lo mejor de cada uno de nuestros representantes.

No ocurrió, lamentablemente. 

Hoy, la alegría, la verdadera sensación de júbilo en el abrazo cómplice que desata el grito contenido, sólo nos la puede dar la imagen de Messi y sus guerreros, levantando la copa ganada con las manos limpias.

Hoy, son lo único que importa.

*(Abogado)  

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