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Luis Rodríguez Martínez

Abogado

Un clásico de los mundiales

Se ha transformado en un clásico de los tiempos en que se disputa un campeonato mundial de fútbol que diarios, youtubers, periodistas, traigan a colación el "asombroso" fenómeno, singularmente argentino, de no poseer en sus planteles futbolistas negros.  

No haría mención a esta cuestión si no fuere porque su ponderación se pone a la consideración pública a propósito de la justa deportiva más popular del planeta y, como argentino, estos comentarios me resultan particularmente ofensivos y alejados de la realidad.

Como era de esperar, Qatar 2022 no es la excepción, pues el Washington Post publicó (8 de diciembre) un artículo titulado "Por qué Argentina no tiene jugadores negros en la copa del mundo", que lleva la firma de Erika Denise Edwards, profesora de la Universidad de Texas y experta en identidades raciales.

En ese escrito Edwards afirma que la polémica se suscitó a propósito del mundial 2014 de Brasil porque en la final (Alemania vs. Argentina) los alemanes tenían varios jugadores de raza negra mientras que Argentina no exhibió ninguno en su formación.

Se infiere en forma subliminal del epígrafe, que este fenómeno extravagante (para la mente anglosajona), lleva consigo el mensaje (falso por cierto) de  que los argentinos son racistas, que a lo largo de su historia como país soberano Argentina ha tenido una política de segregación racial y sus autoridades no titubearon  en exterminar la población negra.

Su pensamiento está orientado a comprobar que Argentina fue exitosa en su empresa de forjar el mito de ser una "nación blanca", teoría ratificada, en cierta manera, por los datos del censo 2010 en que fueron identificadas   149.493 personas de raza negra, lo que equivale al 1 por ciento de la población del país.

Para Edwards, "la idea de Argentina como una nación blanca no solo es inexacta, sino que habla claramente de una historia más larga de borrado negro en el corazón de la autodefinición del país".

Partiendo de este preconcepto tendencioso, en plan de intentar dilucidar el motivo de semejante ficción, esgrime diversas causas en homenaje a las cuales fueron sepultados los vestigios de raza negra en Argentina.

En una palabra, los argentinos han generado mitos para justificar la desaparición de los africanos, pretextos con los cuáles se intenta encubrir una historia lenta pero persistente de exterminio racial.

Uno de ellos, la muerte de negros en las guerras de independencia y civiles, pues según Edwards, la mayoría no murieron en combate sino que desertaron o regresaron a sus hogares.

Hubiera que exigir más datos para aceptar una afirmación ligera, sin evidencias históricas, de que la mayoría de los negros alistados en tropas de las guerras de independencia y civiles argentinas desertaron o emprendieron el camino a casa.

En realidad, como los gauchos y demás argentinos que se sumaban a la milicia, los africanos sufrieron numerosas bajas, de modo que el mito al que alude la articulista sólo existe en su forzada teoría.

Otra ficción elucubrada por los argentinos es  que la epidemia de fiebre amarilla (acaecida durante la presidencia de Sarmiento) produjo la muerte de muchos negros en Buenos Aires por las deplorables condiciones en que vivían. Muchos de ellos fueron trasladados a provincias, donde murieron por una atención médica deficiente.

Refuta esta afirmación Edwards aduciendo que la peste afectó por igual a toda la población, como es lógico, salvo que se piense que el mosquito que la produce es selectivo y se ensañaba con la gente de color.

Me parece que Edwards está haciendo una interpretación parcial de esta cuestión que desarrolla el prejuicio que la animó a escribir el artículo del Washington Post.

Ningún historiador argentino afirma que la incidencia de la pandemia fue más perversa respecto de los negros, por el contrario, señalan que murieron sólo en Buenos Aires cinco mil italianos y cuatro mil españoles. Obviamente, hubo bajas igualmente en la población de color.

El hijo del Presidente Mitre perdió la vida asistiendo a enfermos, lo que fue particularmente destacado por los periódicos de ese entonces.  

Otro mito es la leyenda del progresivo "blanqueo" de los negros producto de los casamientos de mujeres africanas con europeos, interpretado este fenómeno por Edwards en el sentido que eran "víctimas de un régimen opresivo que dictaba todos los aspectos de sus vidas" y "tomaron esas decisiones para obtener los beneficios de la blancura".

La construcción de la "Argentina Blanca" fue producto de pensadores como Juan Bautista Alberdi, quien promovió la llegada de inmigrantes europeos para poblar el país y sus ideas fueron incorporadas a la constitución nacional.

Tampoco puede soslayarse al Presidente Sarmiento, otro de los responsables de la edificación de un país poblado preferentemente por inmigrantes europeos, quien habría contribuido intelectualmente a la desaparición de los afroargentinos porque identificaba inmigración europea con modernidad.

La expresión "morocho" es un ejemplo, pues con ella se alude a aquéllos que no son blancos europeos. En el plantel que actualmente compite en el mundial hay algunos jugadores que pueden calificarse de tales (morochos) lo que da por tierra con aquello del país blanco.

Pone como ejemplo a Diego Maradona, el máximo exponente deportivo de Argentina, un símbolo de la argentinidad a nivel internacional era una persona no blanca.

Hubiera que preguntarle a la profesora, qué argentino dijo que la población nativa es blanca en forma homogénea, quién desconoce la incidencia mestiza e india en cierto porcentaje de la población.

Con el mismo criterio, hubiera que considerar a EEUU como una nación NO BLANCA pues sus principales figuras deportivas en básquet, atletismo, fútbol americano son negras. Ni hablar de su música, que tuvo como artista más popular a Michael Jackson, que nada tenía de blanco, siendo el Jazz, patrimonio de los negros, la música de identidad americana.

La idea que desarrolla la autora del artículo del W.P. es que Argentina tuvo el propósito deliberado de esconder todo aquello que tenga que ver con la raza africana y sus manifestaciones.

La investigadora tejana elabora su tesis partiendo de una evidencia que le resulta extraña e incomprensible: que un país latinoamericano tenga una proporción significativa de blancos descendientes de europeos, lo que se refleja en las formaciones de sus equipos de fútbol, como el que actualmente está compitiendo en Qatar.

Cuando se juega una copa del mundo aparecen artículos como el de W.P., videos de youtubers, debates en las redes sociales, basados en los criterios de esta columnista que hacen conocer al mundo la historia (ficticia, por lo menos, sin evidencias) de una supuesta política de exterminio racial que se produjo en Argentina.

TODAS Y CADA UNA DE LAS RAZONES EXPUESTAS PUEDEN SER REFUTADAS CONOCIENDO ALGO DE HISTORIA ARGENTINA.

El virreinato del Río de la Plata fue el más pobre y menos importante de los que tuvo España en América; por tal motivo, la cantidad de negros que fueron introducidos como esclavos fueron en número inferiores a los de Méjico y Perú.

Eso, como primer dato; para hacer una comparación, en el mismo período de sesenta años en que ingresaron al imperio del Brasil tres millones de africanos, en el Río de la Plata sólo sesenta mil.

Entonces, para rebatir las acusaciones de racismo, es necesario señalar este dato demográfico: en el virreinato del Rio de la Plata los negros introducidos como esclavos fueron significativamente menos que en los virreinatos de Méjico y Perú, más ricos y prósperos.

Nada dice Edwards respecto del carácter de país de inmigración que tiene Argentina; basta recordar que en varias décadas del siglo XIX en Buenos Aires los extranjeros superaban en número a los nativos. Siempre la población de origen africano fue minoritaria respecto de argentinos nativos e inmigrantes europeos.

Sobre un sustrato de población constituido primordialmente por inmigrantes italianos y españoles, cinco millones entre 1880 y 1940, el perfil étnico del argentino lleva esa impronta, sin desconocer los provenientes de otras latitudes y la población nativa, fundamentalmente mestizos o amerindios.

Omite Edwards un dato histórico esencial: fue Argentina el primer, o uno de los primeros países de América en que la esclavitud fue abolida. En efecto, la Asamblea del año 1813  decretó la "libertad de vientres" en cuya virtud los hijos de esclavos que nacieran en lo sucesivo en el territorio de las Provincias Unidas del Río de la Plata lo hacían libres.

No se suprimió lisa y llanamente la esclavitud porque las autoridades temían una invasión de esclavos provenientes de países limítrofes, sobre todo, Brasil. 

Que la acusación de racismo provenga de norteamericanos es una paradoja: los campeones de la política de apartheid, del racismo más cruel e inhumano, acusando a argentinos de racistas.

El tema de la población africana en la Argentina difiere sustancialmente del de EEUU. Cuando en 1853 se sanciona la constitución nacional, que toma como modelo la norteamericana, se ratifica la abolición de la esclavitud ya establecida por la Asamblea del año XIII y se dispone la igualdad de derechos civiles para ciudadanos y extranjeros.

Estados Unidos tuvo que librar una cruenta guerra civil para abolir la esclavitud (1861 a 1865), cuestión que Argentina resolvió pacíficamente. A pesar de ese avance, la discriminación contra africanos, nativos americanos y otras etnias, continúa hasta el presente.

Lo que resulta incomprensible es que, con una constitución como la de EEUU que consagraba derechos civiles para todos los habitantes, entre ellos libertad, igualdad, se sancionaron en la mayoría de los estados leyes discriminatorias que restringían el voto a los negros y demás minorías e imponían en las relaciones cotidianas una segregación abominable.

Por ejemplo, hasta la década del sesenta del siglo veinte en algunos estados estaban prohibidos los matrimonios mixtos. Es innegable que esto constituye racismo extremo y criminal.

Indudablemente, la libertad e igualdad declamadas por la constitución norteamericana no comprendía a negros ni nativos americanos, caso contrario, es imposible admitir que la mayor parte de la Unión se haya regido por leyes de apartheid inhumanas que no reconocen parangón desde la creación del estado moderno.

Cuando los norteamericanos dicen que los argentinos somos racistas, se refieren a la población negra, sin saber que en nuestro país no hay negros, por qué no afirmarlo con todas las letras. Los únicos negros son pequeños contingentes que inmigraron recientemente a nuestro país.

Que hay incidentes dispersos de discriminación por razones sociales, culturales, religiosas, inclusive étnicas (por ejemplo, respecto de los indios, que no están plenamente integrados a la sociedad) puede ser exacto, como en todas las sociedades del mundo, pero que se afirme que el "argentino" es racista y el estado en forma sistemática emplea políticas de ese corte, es lo más alejado de la realidad.

Por Luis Rodríguez Martínez (*)

(*) Abogado. Presidencia Roque Sáenz Peña, Chaco