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Juan C. Starchevich

Lector

Iglesia y política

Cuando el pueblo comienza a perder la Fe comienza una nueva cultura. Notamos todos que algo está cambiando respecto a las prácticas y costumbres culturales históricas que dieron identidad y valores característicos a una sociedad pluriforme que inmediatamente se convierte en un pluralismo anárquico con nuevos valores que quitan valor humano exponiendo a las personas a una cotidiana frustración.

La cultura de la Fe, en nuestro país, se va convirtiendo en una cultura del oportunismo secularista individual y sectario sin horizontes, anclando su marcha de crecimiento y desatando una enorme tempestad plagada de incertidumbres; el hombre no sabe qué es, tampoco sabe quién es, transmitiendo a los otros, como misioneros de un nuevo evangelio que entristece, enceguece y no da vida nueva sino que la quita transformándonos en misioneros de la muerte y del fracaso colectivo.

¿Hacia dónde vamos? ¿Qué queremos lograr? Las respuestas se han desvanecido al mismo tiempo que se desvanece la cultura de la Fe. Cuando el hombre pierde consciencia de haber sido creado también pierde su humildad y su magnanimidad.

Todas estas cosas que estamos viviendo ya han ocurrido en la historia del mundo, y a esa Iglesia desechada por los pueblos, luego se le pide ayuda. El mundo transmitió un claro y potente grito de auxilio que obligó a la Iglesia Católica a pronunciar su primera doctrina social.

1.       "Despertado el prurito revolucionario que desde hace ya tiempo agita a los pueblos, era de esperar que el afán de cambiarlo todo llegara un día a derramarse desde el campo de la política al terreno, con él colindante, de la economía. En efecto, los adelantos de la industria y de las artes, que caminan por nuevos derroteros; el cambio operado en las relaciones mutuas entre patronos y obreros; la acumulación de las riquezas en manos de unos pocos y la pobreza de la inmensa mayoría; la mayor confianza de los obreros en sí mismos y la más estrecha cohesión entre ellos, juntamente con la relajación de la moral, han determinado el planteamiento de la contienda. Cuál y cuán grande sea la importancia de las cosas que van en ello, se ve por la punzante ansiedad en que viven todos los espíritus; esto mismo pone en actividad los ingenios de los doctos, informa las reuniones de los sabios, las asambleas del pueblo, el juicio de los legisladores, las decisiones de los gobernantes, hasta el punto que parece no haber otro tema que pueda ocupar más hondamente los anhelos de los hombres..."

(Rerum Novarum)

Así comienza la Encíclica Rerum Novarum escrita por el Papa León XII en el año 1891, como respuesta a los pueblos del mundo en ese entonces.

Esta encíclica luego fue renovada y actualizada con otras encíclicas: Quadragesimo Anno (1931) de Pio XI, Mater et Magistra (1961) de Juan XXIII, Centesimus Annus (1931) de Juan Pablo II. Entre otras.

1.       "El desarrollo de los pueblos, y muy especialmente el de aquellos que se esfuerzan por escapar del hambre, de la miseria, de las enfermedades endémicas, de la ignorancia; que buscan una participación más intensa en los frutos de la civilización, una más activa apreciación de sus humanas peculiaridades; y que, finalmente, se orientan con constante decisión hacia la meta de su pleno desarrollo, es observado por la Iglesia con atención. Apenas terminado el Concilio Ecuménico Vaticano II, una renovada toma de conciencia de las exigencias del mensaje evangélico obliga a la Iglesia a ponerse al servicio de los hombres para ayudarles a captar todas las dimensiones de este grave problema y convencerles de la urgencia de una acción solidaria en este cambio decisivo de la historia de la humanidad..."

Populorum Progressio, Pablo VI (1967)

"4. A finales del siglo pasado la Iglesia se encontró ante un proceso histórico, presente ya desde hacía tiempo, pero que alcanzaba entonces su punto álgido. Factor determinante de tal proceso lo constituyó un conjunto de cambios radicales ocurridos en el campo político, económico y social, e incluso en el ámbito científico y técnico, aparte el múltiple influjo de las ideologías dominantes. Resultado de todos estos cambios había sido, en el campo político, una nueva concepción de la sociedad, del Estado y, como consecuencia, de la autoridad. Una sociedad tradicional se iba extinguiendo, mientras comenzaba a formarse otra cargada con la esperanza de nuevas libertades, pero al mismo tiempo con los peligros de nuevas formas de injusticia y de esclavitud…"

Centesimus Annus, Juan Pablo II (1991)

Es tiempo de pedir ayuda a la Iglesia Católica y ayudarla a transmitir su doctrina de Fe. Debemos ayudarla a evangelizar nuestro pueblo y así poder resolver todos los problemas en paz.

Sabemos que hoy el mundo está pasando por una enorme crisis de inteligencia y sabiduría que empuja fuertemente a la guerra como instinto primitivo del hombre ignorante.

Se avecina en nuestro país una avalancha social de violencia, dentro de una fatal anarquía, incontrolable como un verdadero tsunami humano sin control. Esto podría llegar a ocurrir muy pronto y nos afectaría a todos. Nadie podrá escapar a sus consecuencias.

Hoy, como antes, insisto, debemos pedir auxilio a la Iglesia Católica, para luchar con las armas de la Fe y poner la mirada hacia un nuevo horizonte.