Martes, 28 Abril, 2020 - 14:27

Vicencio Segundo: una vida dedicada a moldear el barro

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En 2008, la creación del Instituto de Cultura del Chaco (ICCH) trajo consigo cambios significativos tanto en lo estructural como en lo humano, configurando una arquitectura compleja y diversa para las artes en nuestra provincia. A través de este organismo se ejecutaron proyectos que tuvieron, y aún tienen, a artistas reconocidos aplicando sus experiencias y saberes. Tal es el caso de Vicencio Segundo, maestro alfarero qom del barrio Cacique Pelayo de Fontana, que hace más de 25 años dicta talleres en el Centro Cultural Leopoldo Marechal del ICCH. 
 
Vicencio se desempeñó como docente y tallerista en varias instituciones educativas. Participa activamente en ferias provinciales y regionales. En 1994 lo reconocieron como maestro especial en artesanía tradicional. Fue además dirigente vecinal de su comunidad. 
 
“Para nosotros tiene un gran valor patrimonial que hace visible nuestras culturas y nuestra provincia. Cada vez que participan en ferias, o exposiciones locales o nacionales, están posicionando y resignificando el trabajo milenario de las y los artesanos”, comentó Mariela Quirós, actual presidente del Instituto de Cultura. 
 
Trabajar con barro
 
Laguna Fortini y Laguna Balastro son dos lugares tradicionales en Fontana de donde extraen la arcilla. La recolección es rudimentaria: con palas, bolsas y baldes de plástico. Se hace todo a mano. “El barro común, como le decimos nosotros, no te sirve; la arenosa (arcilla) se te cae, en cambio, la plástica sirve para levantar medio metro y hasta un metro, porque el material te responde”, explicó Segundo.
 
La arcilla extraída en cruda debe ser tratada para que funcione. Por eso, se debe mezclar con aserrín para obtener una consistencia más plástica y manejable. Antiguamente esta mezcla se hacía con hueso molido de vaca. La plasticidad obtenida es fundamental para lograr agilidad del material y poder trabajarlo. “Antes, cuando no había tantas viviendas, sacábamos de enfrente de casa. Pero ahora tenemos que ir casi tres kilómetros para conseguirla. El que tiene bicicleta o moto puede cargar, y así traemos”, agregó.  
 
Y así aparecen jarrones, vasijas, jarras, pavas, vasos, fuentes y hasta ollas con patas. Una vez moldeada, la pieza debe orearse al sol, proceso fundamental para obtener cierta firmeza, lo suficiente para manejarla. Luego, cada pieza debe ser pulida. Tradicionalmente se usaba para esto una piedra lisa, aunque en la actualidad el pulido se realiza con espátula o cuchara de alpaca. Una vez pulida, se deja un día o dos para que seque. Al finalizar, se la pasa por el fuego en el horno especial. 
 
“Se usa una leña corazón (así la llaman) para esto, de urunday, quebracho colorado, también la leña del guayacán, que es un fuego fuerte; la leña blanca no sirve. La cocción es a fuego muy lento; cuando agarra un color rojo ladrillo, se tapa el horno y se deja toda la noche. Al fuego le pedís que también te acompañe”, expresó Vicencio. 
 
Arte indígena
 
En torno a los pueblos indígenas hay varias discusiones abiertas, una de ellas versa sobre la valoración de estos creadores, si lo que hacen es arte o no. Al respecto la docente chaqueña, escritora, investigadora y Magister en Antropología Social (UNAM) Graciela Elizabeth Bergallo fue categórica: “el arte indígena no es fruto de una creación individual solamente, ni se produce a través de innovaciones transgresoras, aunque movilicen el imaginario social, ni se manifiesta -sin pretender deshistorizarlas- en obras irrepetibles, o calificadas sólo en su carácter utilitario o no utilitario. Hablar de arte indígena tiene sentido si se parte de las huellas propias de cada cultura, condicionadas por sus contextos sociohistóricos, no de las condiciones que marcan la producción occidental moderna, que se traducen en normas abstractas que determinan qué es “arte” y qué no lo es”. 
 
“No se pueden desconocer los ámbitos ceremoniales en los cuales se producen ciertas expresiones. El reconocimiento del sentido de estas otras formas estéticas y expresiones, su poder simbólico creador, su capacidad de transmisión y de síntesis de saberes vitales a veces milenarios, y de posibilitar el acceso a otros modos de conocimiento, contribuye a apoyar las reivindicaciones que hacen los pueblos de su autodeterminación. Nos permite, por otra parte, intuir otros modos de concebir el mundo”, agregó.