Domingo, 17 Julio, 2016 - 10:00

Una semana negra para el kirchnerismo y para el Gobierno
Por Julio Bárbaro

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La disolución o, mejor dicho, el estallido del kirchnerismo comenzó asombrando y ya está cerca de terminar aburriendo. Tiene de bueno su talento para superar sus propios límites; pocos autores logran sostener semejante patética intensidad dramática  y eso hace que a veces ni la misma reiteración nos impida el suspiro que genera el asombro. Muchos adoradores de aquella monarquía en crisis intentan sostener su pasión revirtiendo su amor a Cristina en fuerte odio a Macri. Y como debía ser, ya aparecieron los custodios de la nueva fe que devalúan a quien se le pase por la mente dudar del nuevo Gobierno virtuoso: los presidentes pasan mientras el fanatismo queda. Cristina lo exacerbó pero, al irse, no pudo cargarlo en sus bolsos, lo dejó imperando en medio de la misma realidad.

Yo vuelvo a quedar en la lista de los desubicados de siempre; con los que se fueron me unía el espanto y con los nuevos, a veces coincido y otras, no. En mi caso implica un avance: en los últimos años de Cristina pasé malos ratos, vinieron los comunistas a explicarme el peronismo y los advenedizos cultores de los Derechos Humanos a demostrarme que la guerrilla había actuado como una organización de beneficencia. Una pesadilla. Con la teoría de los dos demonios me obligaron a condenar tan sólo a la violencia represiva, como si la autocrítica fuera un arma letal contra el dogma, como si aquella violencia en democracia no debiera asumirse como un error del pasado. Y luego de imponerme un ayer maniqueo incomprensible, como si eso fuera poco, se inventaron historias dignas personajes que siempre se habían arrastrado por el fango de la indignidad. Degradaron todo lo que tocaron.

Lo malo del autoritarismo es que sólo reclutan obedientes y en ese universo la gran mayoría profesa la religión de la obsecuencia. Donde el disidente es un traidor, las condecoraciones terminan siendo a cambio de la pérdida o el disimulo de la dignidad. Y cuando el calor del poder se convierte en frío polar, cuando las caricias de ayer mutan en desprestigio de hoy, cuando cambia el viento, las veletas rotan y giran para señalar el nuevo rumbo de la historia.

Me molestan los que creen que hoy la pasamos mal porque nos equivocamos al votar. No la paso bien pero los votaría de nuevo; con los otros el camino era al abismo, con este Gobierno los baches y las dificultades son grandes, pero siempre queda el dialogo como salida. Eso es lo complicado de "la grieta", no sé si existe o no, sólo tengo claro que en uno de sus lados no sobrevive ni la libertad ni la democracia. Donde impera el dogma agoniza la razón y los que se fueron se encuentran en Formosa para reivindicar la relección indefinida y la clientela electoral. Todo sea en nombre del "progresismo". Cuando "Carta Abierta" visitó el feudo de Insfrán quedó a la vista cuales eran las consecuencias de sustituir a Perón por Stalin. De puro desmemoriados estaban confundiendo a Siberia con una villa veraniega.

Otros insisten en interrogar por el futuro del peronismo, como si equivocaran el término y se estuvieran refiriendo a la política. Nos quedamos sin sistema; después de Cristina el peronismo tiene sobrevivientes, pero de esos ninguno sirve ya para candidato. El prestigio quedó del otro lado de los bolsos y de las cajas, de las cadenas y los aplaudidores, de las cuantiosas rentas de la obsecuencia. El kirchnerismo volvió ricos a miles, con un festival impúdico de bóvedas, cajas de seguridad y bolsones de dólares, fanatizó a centenares y dejó a todos en el espacio del repudio mayoritario. Algunos equivocados imaginaron que sus huestes recuperarían fuerzas en la rebeldía frente a la injusticia del Gobierno y ahora empiezan a comprender que disminuyen al mismo ritmo que van perdiendo las prebendas que los sostenían. El kirchnerismo es parecido a un avión derribado, toda la explicación la aportan las cajas negras.

El gobierno de Macri tiene la virtud de la amplitud política y el defecto de sus convicciones económicas. En política retroceden sin problemas, no se atienen a ningún dogmatismo pero, en economía la cosa es más complicada. Los Kirchner adoraban el dinero propio y despreciaban la riqueza colectiva. Ellos -los del Pro- depositan su fe en la moneda y terminan convirtiendo a la tarifa en un reflejo del becerro de oro. Y lo peor no es eso, lo grave es que imaginan virtuosas a las empresas y culpables a los ciudadanos.

Con las privatizaciones Menem y su banda iniciaron el camino de la decadencia en nuestra sociedad. Fue el tiempo de las grandes concentraciones, de la pérdida del poder del Estado, de la imposición de lo extranjero sobre lo nacional. Martinez de Hoz nos endeudó para siempre, luego Cavallo y Dromi nos vendieron con el cuento de la modernidad. Pero fuimos tan de avanzada que los servicios no nos permiten sobrevivir y es tan conservador el Gobierno que por principio no puede ni cuestionar las ganancias de los ricos. Tratan a los "inversores" como si fueran espíritus sensibles y sin embargo, esos buscan ganancias y no caricias.

No es cuestión de peronismo ni radicalismo ni liberalismo, es cuestión de poder vivir con dignidad. Y para eso vamos a tener que desarmar buena parte de lo que nos vendieron como modernidad. Desde los supermercados a la privatización de algunos servicios que al ser monopólicos terminan actuando como saqueadores.

La caída del muro de Berlín funcionó como la ruptura del límite para la concentración económica. Nuestro problema es de distribución, los grandes concentrados se llevan demasiado y el resto de la sociedad no puede vivir con dignidad. Los kirchneristas destruyeron todo sin tocar ninguna concentración, salvo la mediática que los molestaba a ellos pero no a la sociedad. Ahora necesitamos reconstruir el capitalismo limitando a sus dos enemigos, los burócratas y los concentradores. Iniciativa privada con dispersión del capital donde se pueda. Lo otro genera ganancias mientras degrada sociedades.

Tenemos un Estado enorme e inútil y unos privados sin competencia ni límites, estamos en la tercera posición de lo nefasto. Es más importante achicar la concentración que convocar a la inversión. Y eso, Macri, pienso, nunca lo va a aceptar.

Fuente: 
Infobae