Jueves, 21 Enero, 2021 - 20:05

Un macrismo de malos modales
Por Luis Rodríguez Martínez (*)

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Parece que ha trascurrido una eternidad desde que Mauricio Macri concluyera su mandato presidencial. Como he manifestado en escritos anteriores, considero que su gobierno tuvo más aciertos que errores, que el rumbo fijado en las diversas áreas de gobierno fue predominantemente correcto.
 
Luego de décadas hubo intención desde la más alta magistratura del país de ejercer la administración en un clima de concordia. Ninguna diatriba se lanzó contra opositores políticos ni factores de poder enrolados tradicionalmente en el ideario peronista.
 
Se intentó, a veces con éxito, otras sin él, consensuar decisiones que adoptaba el Ejecutivo, como naturalmente correspondía a un gobierno que nació débil por carecer de mayoría en ambas cámaras del congreso y tener casi la totalidad de provincias bajo dominio opositor.
 
En un país que abrazó el autoritarismo como sistema de gobierno, el viento pacificador que significó la presidencia Macri es cuanto menos encomiable. En las últimas décadas la mayoría de los dilemas políticos se zanjaron en favor del estatismo, de la intervención del estado en la economía, la arbitrariedad, la profundización del centralismo, el aislamiento y desconexión de Argentina con el mundo, como si el determinismo geográfico no fuere suficiente.
 
No obstante prédica pacificadora de Macri, la respuesta de las instituciones intermedias, disciplinadamente alineadas con el justicialismo, fue la confrontación política (en el congreso) y la agitación social.
 
De más está hacer hincapié en la formidable maquinaria de presión que activa el justicialismo cuando se encuentra en la oposición; organizaciones sociales en la vía pública generando atmósfera de zozobra y vacío de autoridad, gremios que profundizan su beligerancia, industriales que han vendido su alma al sistema proteccionista que le garantizan los gobiernos justicialistas, etc.
 
El viento de frente que afrontó Mauricio Macri era previsible; sin embargo, no lo era que el principal y más eficaz argumento para socavar el sustento político de Cambiemos haya provenido de fuerzas políticas de centro derecha afines, verbigracia, José Luis Espert y su partido libertario.
 
El mensaje transmitido a la ciudadanía por esta fuerza política en la campaña para las elecciones presidenciales de 2019 estuvo centrado en la máxima “Cambiemos es un kirchnerismo de buenos modales”, proferida a los cuatro vientos en cualquier medio de expresión masiva a su alcance.
 
Si esto fueses ajustado a la realidad, debiéramos poder afirmar, mutatis mutandis, respecto del gobierno en ejercicio que se trata de un macrismo de malos modales, un verdadero desatino.
 
Algunos pueden caer en la ingenuidad de menoscabar la influencia de un partido que no superó el dos por ciento en los comicios, pero profundizando el análisis se puede inferir que no se trata de haber restado tan minúsculo porcentaje a Macri, sino en la multitud de indecisos que votaron a Fernández convencidos de esa falacia (que superan ampliamente ese dos por ciento).
 
Nadie cuestiona a Espert por ser candidato de una fuerza política liberal, ejerciendo un derecho inobjetable; sin embargo, ha contribuido al regreso del kirchnerismo, representante de lo más retrógrado, anacrónico, primitivo, ultramontano, antimoderno, antidemocrático, del espectro político argentino; no es poca cosa.
 
Como Macri no ejecutó o pudo ejecutar las recetas del liberalismo económico al cual adhieren, no encontraron otra manera de hacer campaña política que atacando a la Alianza Cambiemos, con la cual tienen más afinidades que desencuentros.
 
Es obvio que los votos que cosecharon fueron en detrimento de Cambiemos, porque quien vota peronismo difícilmente conceda el voto a una fuerza liberal.   
 
Si en materia económica los primeros pasos del gobierno fueron logar un arreglo con los acreedores externos, sustrayendo al país del default consuetudinario, y levantar el cepo cambiario impuesto por Cristina Fernández;
 
Si propuso insertar Argentina en el mundo, en el sentido de cultivar relaciones amigables con todos los bloques políticos y económicos del planeta, teniendo por norte exclusivamente los intereses del país, con independencia de valoraciones políticas o ideológicas;
 
Si siguiendo la tradición argentina plasmada en la constitución de 1853 se contempla con favor la inmigración, la apertura del territorio a todos los ciudadanos del mundo que quieran habitar el suelo argentino;
 
Si el presidente decidió no recabar del congreso la prórroga de la Ley de Emergencia 25.551 en cuya virtud el congreso de la nación delegó facultades en el ejecutivo (superpoderes que el justicialismo usufructuó desde la primera semana de 2002, durante los gobiernos de Duhalde, Néstor Kirchner y Cristina Fernández), concluyendo con una anomalía institucional que degrada la calidad de nuestra democracia;
 
Si la relación nación provincias fue armónica, sin avasallamiento de las autonomías provinciales, a punto tal que no se registraron protestas de los gobernadores peronistas durante el gobierno de Macri;
 
Si uno de los objetivos de la gestión fue bajar la presión impositiva, parcialmente materializado, siendo significativa la disminución de las alícuotas de las retenciones a la exportación de granos, por lo pronto, hasta la devaluación de mediados de 2018;
 
Si el mercado de aviación civil fue abierto a la participación de empresas de bandera extranjera, lográndose un incremento importante en el porcentaje de habitantes que accede a un avión para vuelos de cabotaje;
 
Si el gobierno propugnó la apertura de Argentina a la inversión extranjera, aunque distante hubiere estado de lograrlo;
 
Si los medios masivos de comunicación pertenecientes al estado no fueron empleados para hacer propaganda en favor del partido gobernante, observando imparcialidad y equidistancia respecto de las demás fuerzas políticas;
 
Si se abogó por la defensa de una democracia pluralista de partidos políticos, por oposición a la defensa del movimientismo (kirchnerismo), proyecto político de acentuado sesgo autoritario, incompatible con la república;
 
Si frente a sentencias judiciales adversas ningún integrante del partido en el poder cuestiona su legitimidad ni intimida a los jueces con juicio político; por el contrario, los fallos son acatados y los actos administrativos anulados o rectificados;
 
Si las decisiones económicas fueron siempre en el sentido del libre mercado y no intervención del estado en áreas extrañas a sus funciones esenciales: justicia, seguridad, educación, relaciones exteriores.
 
¿Una administración como la descripta precedentemente, puede, por ventura, tener algo en común con el Kirchnerismo, a pesar de los buenos modales que fueron un sello de distinción de Cambiemos y su presidente?
Solamente el oportunismo político, puede justificar como estrategia electoral perseguir votos con un embuste como “Cambiemos es kirchnerismo de buenos modales”.
 
A como hubiere lugar, se propusieron dividir una alianza de partidos que canaliza el ideario e intereses de un sector del pueblo argentino, huérfano de representación política hasta su surgimiento (“Cambiemos”).
 
No puede olvidarse que el liberalismo vernáculo, con tal de poner en práctica sus teorías económicas, fue aliado de gobiernos de facto; que la UCD liderada por Álvaro Alsogaray y su hija María Julia hicieron una alianza con el Menemismo (que pagó con cárcel y escarnio hasta su muerte), para ser finalmente el partido fagocitado por el justicialismo.
 
Es de esperar que el espacio que representa Cambiemos no se fragmente, porque es la única alternativa que tiene la centro derecha (en Europa sería considerados de centro) para poner límites al partido hegemónico (pan peronismo) de cara a las elecciones de medio término y presidenciales de 2023.
 
(*) Abogado. Presidencia Roque Sáenz Peña