Jueves, 16 Abril, 2020 - 08:39

Te pido mil disculpas, China

Por: Nicolás Lucca (*)
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Como no tenemos problemas en el mundo que requieran de creatividad y pensamiento crítico, muchas personas no saben bien qué hacer con su talento y salen encontrar nuevas formas de romper las guindas incluso en cuarentena. 
 
El director de la Organización Mundial de la Salud conmemora que llevan 100 días luchando contra el Covid-19, mientras se queja de que los taiwaneses le hacen bullying racista. Al mismo tiempo, Amnesty International publica un banner en el que nos dicen a todos, a usted y a mí, que decirle virus chino al Coronavirus Covid-19 es “racista”. Sin hacer demasiadas aclaraciones –parece que no le pasaron mucha data al diseñador– voy a dar por sentado que se refiere a que estaríamos estigmatizando a los chinos por un virus y no al virus por llamarlo chino. 
 
La presidenta de Taiwán explota de ira y sale a recordarle al presidente de la OMS qué es Taiwán, dónde queda y le refriega que tienen solo 360 casos de Covid con seis muertos sin haber detenido la economía. El de la OMS saluda en Twitter a Xi Jinping. Taiwán hace público un mail en el que demuestra que en diciembre del año pasado ya le estaba advirtiendo a la OMS que había un virus raro generando una neumonía atípica en el continente chino y, por razones de proximidad, le pregunta “qué onda” a la máxima autoridad sanitaria del mundo. Jaque Mate. A los 100 días había que sumarle diciembre.
 
Básicamente, Taiwán –cuyo nombre oficial es República de China– logró imponer sobre la mesa un tema sobre el cual las autoridades globales se hacen las pelotudas desde hace casi 50 años: China se maneja como quiere. Y Taiwán está donde está a pesar de haber sido echada de la ONU y todos sus organismos anexos por el lobby chino en tiempos en los que la Unión Soviética quería equilibrar la mesa. Un lobby que hoy se maneja del siguiente modo: si tenés relaciones diplomáticas con Taiwán, no las tenés con China; y si rompés con Taiwán, quizás te damos un regalo. Precisamente es lo que está ocurriendo ahorita mismo en Paraguay, uno de los pocos países del mundo que aún conserva sus relaciones con la isla donde gobierna una presidente mujer electa democráticamente.
 
Entiendo que haya gente a la que le gusta los términos largos, como llamarles personas no videntes a los ciegos, o con capacidades diferentes a los discapacitados. En mi caso, por ejemplo, debería presentarme como “persona neurótica obsesiva esquizoide con trastorno de ansiedad generalizado eufórico-depresivo”. Sin embargo, prefiero decir que tengo los cables pelados, o Sol sextil Urano; el resto me dice paciente psiquiátrico. Qué tanta vuelta. 
 
Es un gentilicio, una forma rápida de hablar del Coronavirus Covid-19, del mismo modo que yo le digo bicho, otros le dice cosa. Incluso llamarle virus chino es una forma de bajarle el precio, y no por los chinos. En tiempos en los que todos estamos asustados, bajarle el precio a las cosas es una forma de supervivencia. Lo último que hace falta es que alguien venga a dar clases de moral. Menos con quienes no tienen moral alguna.
 
Y no hablo de los habitantes chinos ni de sus emigrantes ni de sus descendientes, si no de los otros gentilicios asociados. Surgen miles de preguntas. ¿No es racista confundir una nacionalidad con una raza? ¿Es racista hablar de razas en 2020? ¿También es discriminatorio llamarle “dictadura comunista china” a la dictadura comunista china? Si le decimos “dictadura comunista” a secas no sabemos si hablamos de Corea del Norte, Cuba o lo que sea que hoy se llame Venezuela. 
 
Supongo que para las organizaciones que fueron creadas para velar por los derechos humanos debe quedar recontra discriminatorio decirle “campos de concentración chinos” a los campos de concentración chinos, ahí donde “reeducaron” a más de un millón de una minoría étnica. Cuando decimos virus chino ¿discriminamos a esa minoría también? Quizá eso no sea un acto discriminatorio, o entre actos discriminatorios se anulan. Pueden chequearlo en los mismos informes de derechos humanos sobre China que publican. 
 
No es mi interés hablar de discriminación por raza, concepto arcaico que Amnesty debería tener tan en cuenta como sus informes sobre los derechos humanos en China, sino preguntarme, preguntarles, si –ya que estamos con tanto al tiempo al pedo– no es hora de barajar y dar de nuevo los roles que les damos a cada país.
 
Desde hace ya unos cuántos años está muy bien hablar muy bien de la China comunista, así que paso a plantear un escenario: 
 
Viene a golpearnos la puerta un señor extranjero y se presenta. Nos ponemos a charlar y resulta que en su país hay campos de concentración destinados a una minoría, que se ejerce una política etnocida, que tienen control sobre los contenidos que se pueden ver en Internet, y que no solo no se toleran los derechos LGBT sino que se persigue a cualquiera que parezca medio puto. Un país en el que no existen elecciones democráticas, no hay más que un partido político burocrático, donde las leyes surgen de la voluntad de unos pocos y las garantías ocupan el mismo casillero que el ratón Pérez, los Reyes Magos y ganar un Mundial con Sampaoli.
 
No se puede jugar al fútbol con dos reglamentos distintos y después quejarnos porque el rival nos mete los goles con la mano. Creer que se puede hacer negocios capitalistas entre dos mundos en los cuales en uno rige el Estado de Derecho y en el otro rige la voluntad del líder es, cuanto menos, risueño y basta con ver cómo se utilizan eufemismos para cosas prohibidas en cualquier ley penal, como “transferencia tecnológica” al choreo de patentes o “mano de obra accesible” a la semiesclavización sin un derecho laboral. He visto hasta liberales festejando ese videito en el que se muestra como la dictadura construye un hospital en diez días gracias a que “no tienen sindicatos”. Bueno, tampoco tienen liberales ni derecho a opinar libremente en Internet, pero eso es un detalle menor.
 
Y encima tenemos que pedir disculpas o cuidarnos en cómo llamamos a un virus que tiene al mundo viviendo el sueño húmedo de los dictadores comunistas chinos: todos encerrados, todos sospechados, con democracias que se vuelven cada vez más autoritarias y en las que se justifican hasta los ciberpatrullajes, la geolocalización de las personas, los señalamientos de casas de infectados y las detenciones porque pintó.
 
Mientras tanto el régimen comunista chino sigue celebrando cómo se la puso a occidente. No voy a caer en teorías conspiranoicas sobre si fue una creación realizada a propósito. Solo se les puede reclamar por lo que sí sabemos: que desde 2007 se sabía que esto podía pasar, que cuatro de los investigadores que lo advirtieron son de Hong Kong, que las autoridades chinas conocían de la situación mucho antes de contarla al mundo y que la blanquearon cuando ya era tan difícil de ocultar como un elefante con diarrea en el living de un monoambiente. Se lo ocultaron a su propia población ¿qué podía esperar el mundo?
 
Hoy hasta sus medios oficiales lo celebran. Nos llevaron a todos puestos, aunque en la Argentina mucha diferencia no notemos: se nos cae la baba por cualquier entongado con China y sin distinción de credo o ideología. De Videla –sí, Videla– a Fernández, pasando por Menem, Kirchner y Macri, todos han intentado conseguir algún negocio con China sin que nadie se pregunte jamás por qué deberíamos hacerlo. Es tan normal escuchar “no se puede desperdiciar un mercado de 1.400 millones de habitantes” como “hoy no importa la economía, primero la salud”. Bueno, ahí estamos: sin Poder Judicial, sin Poder Legislativo y comprándole insumos a China. Y yéndolos a buscar.
 
Te pido mil disculpas, China. Mildis, man. Gracias por todo, sobre todo por los 1.500 camisolines que le regalaste al gobierno argentino luego de que te compráramos todos los insumos para tratar de hacer algo contra el virus que ni te calentaste en avisar que tenías. 1.500 camisolines que seguramente habrán costado 10 centavos de dólar en total gracias a tus políticas laborales esclavistas. Pero cuánta generosidad.
 
¿Saben qué sería realmente generoso, revolucionariamente generoso? Que el mundo, por una puta vez, deje de ver la billetera antes que los derechos humanos. Estamos todos privados de nuestro derecho a la libertad, estamos todos con nuestro derecho a la propiedad en riesgo y estamos todos con nuestro derecho a la vida dependiendo de la ruleta rusa, sin ánimo de ofender también a los rusos. Métanse los camisolines en el ocote y salgan a compensar las pérdidas de todos los países a los que hicieron mierda por su irresponsabilidad.
 
Ahí, recién ahí vamos a ver si es justo o no es justo lo que ha sucedido.
 
Y por si hiciera falta, vuelvo a repetir: no es con los chinos, cultura a la que admiro y conozco y he visitado, sino por unos pocos dictadores. Por lo pronto, a todo aquel que haya leído este texto y no coincida, le pido un pequeño favor: antes de putearme o refutarme, fíjese si no está defendiendo una dictadura.
 
Si no le molesta, el problema es peor de lo que creía.
 
Y si acaso alguien se siente ofendido, le pido mildis: fue un error involuntario.
 
PD: Este texto fue escrito en una computadora diseñada en California, con microchips fabricados en Taiwán y ensamblada en China.

 

(*) Publicado en Relato del Presente