Jueves, 16 Abril, 2020 - 14:44

Servicios esenciales y cambio de época
Por Aldo Daniel Avila (*)

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Qué significaba ser cajero/a de un supermercado, de una farmacia, de un local de comidas…?
Con toda honestidad y respeto, un cargo vulgar, de escasa trascendencia. Un/a simple empleado de comercio. De una consideración menor.
 
Un Policía, un Gendarme? Uniformados, siempre al borde del exceso y a los que tenemos que vigilar constantemente. Gente poco confiable, enseguida te piden una moneda.
 
Obsérvese que utilizo el pretérito imperfecto. Es decir, me estoy refiriendo a épocas y estigmas, probablemente superados. Del pasado. O camino al pasado.
Hoy por hoy, no diría que son unos rockstars, pero su valoración, registró un notable crecimiento y con justa causa.
 
En este mundo dinámico, fíjense como han cambiado las perspectivas, las miradas tienen un color diferente.
 
Quizás -como en otros momentos- ya a nadie alegra tanto ver a su médico. Es más, se retrajo la consulta. O, a pocos le interesa ir a la consulta como otrora. Conocer realmente su estado de salud. 
 
Nos da mayor satisfacción la sonrisa de la cajera/o del supermercado o de la farmacia, a pesar del barbijo. 
Tener varios paquetes de papel higiénico o frascos de alcohol en gel, otorga más seguridad que el rivotril.
 
Ninguno piensa que pueda morir de un infarto o un ACV, o un pico de hipertensión o un coma diabético. La cuestión es no morir a causa del coronavirus. Estamos obsesionados con el COVID-19.
Nos aterra la idea de morir en soledad.  
 
Y que representaba integrar el Poder Judicial o ser Diputado o Senador? Prestigio. Trascendencia. Sin dudas, un sitio de privilegio.
Sin embargo, les llegó su devaluación temprana. Letal. Impiadosa.
 
En primer lugar por su falta de compromiso en la emergencia y, además, por ausencia de empatía y falta de sensibilidad; pero, también, y sobre todo porque se hicieron visibles otros actores sociales en los que nunca, antes, habíamos reparado.
 
Que las góndolas estén llenas y ofrezcan los productos que buscamos con ansiedad nos da mayor bienestar que tener la tensión arterial en los números correctos.
 
Un sanatorio ya no es un sitio amigable. Es un foco de contagio.
Ver un retén de control es más contenedor.
 
Se defiende con fiereza la cuarentena decretada por el Ejecutivo, más allá de las nefastas consecuencias que habrá a nivel económico con 350.000 pymes al borde del no retorno y un 10% más de pobres, en la certeza de que nuestro sistema sanitario colapsaría si la contagiosidad escala y que quedaríamos, seriamente, inmersos en alguna situación desgraciada o infausta. Es el pánico quien provoca este convencimiento. El miedo no sabe de ideologías.
 
Tampoco visualizan activa participación de los legisladores que han dejado todo en manos de un solo poder, y el otro de los tres poderes (el judicial) hace manifiestos públicos antes más bien para justificar su ausencia que por la muy flaca labor cumplida hasta el momento. Allá vos Mostesquieu y tus ideas sobre la garantía de la libertad y el freno contra el despotismo.
 
Nadie conoce cómo será el final de la obra. No hay peor cosa, para los humanos, que la incertidumbre.
 
De este modo es que con alegría vamos de compras, un poco para salir del encierro y otro poco para asegurarnos sostener el aislamiento pues adquirir mercaderías hasta innecesarias nos hace pensar que habrá mañana, y nada resulta más agradable que ver a la policía patrullando la ciudad o a los muchachos y las chicas detrás de sus cajas registradoras compartiendo la desdicha que nos hermana en la pandemia. 
 
Y así, y de a poco, estos servicios que siempre nos parecieron menores y, a veces, vilipendiados injustamente, ingresaron a nuestras vidas y cotidianidad, del modo menos pensado.
 
Pasaron de ser cenicientas, a recibir el mayor de los respetos. 
 
(*) Abogado.