Viernes, 3 Enero, 2014 - 09:51

Secheep a los tumbos, a oscuras y a manija
Por Cristian Muriel (*)

Mandá tu info, fotos, videos o audios al 3624518042

Usted dirá, estimado Coticelli, que soy un insensible, un típico exponente de la clase media que se queja solamente cuando le toca a él. Será que me aferro a ciertos privilegios de la clase media, como la luz eléctrica y el agua potable. Por cierto, vivo en el centro de Resistencia frente a Casa de Gobierno.

La siguiente es una queja en dos actos.

DÍA UNO

Anoche, a las veinte más o menos, cuando la bendición de la lluvia se transformó en azote, el farolito que cuelga de unos cables sostenidos en un extremo por un ala del edificio gubernamental y en el otro por la percudida pared de mi casa, empezó a estremecerse. La lluvia y el viento (sucundúm sucundúm) lo pusieron en cortocircuito. Parecía el “Prende y Apaga” de Lapegüe.

En casa estábamos mi esposa, mi beba y yo. Era nuestro primer día de vacaciones y pensábamos pasarla a lo grande comiendo unas pizzas bien clasemedieras, pero el cortocircuito se trasladó a la maroma de cables y fierros retorcidos que Secheep colocó en el extremo de mi balcón. Le dejo unas fotos: es una instalación precaria, peligrosa, quizá uno o dos homicidios culposos en potencia, supongo que la obra indolente de algún técnico rozista.

Después de los chispazos en el balcón se cortó la luz. El departamento de al lado, el local comercial de planta baja, el estacionamiento de junto, la Casa de Gobierno, todo alrededor estaba con las luces encendidas excepto mi domicilio.

Quiero que paladee la situación.

Llamé al 0-800 al que más de una vez destaqué como la trinchera más humana y sensible de una empresa que no es ninguna de las dos cosas. Tardaron diez minutos en atenderme. Les conté que no tenía luz y que podía producirse un siniestro; me explicaron que la ciudad estaba sumergida en la oscuridad y que por eso la ayuda tardaría en llegar; les dije que hasta donde me alcanzaba la vista la ciudad estaba bien iluminada; me enumeraron los barrios en tinieblas, como el Santa Inés, Villa Don Alberto y seis o siete más; les dije que bueno, que entonces me dijeran si las cuadrillas iban a venir porque hacía horas que estaba parado en el balcón, empapado, esperando; me dijeron que harían lo humanamente posible.

(En este punto borro los párrafos en los que le contaba las conversaciones que tuve entre las 21 de anoche y las 8 de este viernes con las chicas de atención al cliente; el número de reclamo es el 742264, por si gusta).

Concluyo la historia del DÍA UNO: dormimos a la luz de las velas, todo muy romántico. Nos morfaron los mosquitos y probablemente se nos echaron a perder algún que otro alimento y varias ampollas de insulina.

DÍA DOS

Le confieso que su empresa me indujo a odiar el carnavalito, esa música incidental que han puesto para desmoralizar a los usuarios que llaman al 0-800. Lara, Hilda, Camila –póngales los nombres que quiera- me hicieron sentir como Prometeo, condenado a que un águila le comiera el hígado por toda la eternidad (el ave devoraba el órgano durante el día pero a la noche le volvía a crecer; la operación se repetía al día siguiente, y al siguiente…). Cada llamada que hice empezaba con el número de reclamo y seguía con la misma cantinela: los barrios permanecen sin luz, esta vez no por culpa de Transener, Transnea y toda la comunidad Trans sino por la lluvia; las cuadrillas no dan abasto. Al parecer mi pedido figura en algún lugar de una lista secreta cuya ubicación exacta nadie puede revelar, pero tarde o temprano será atendido.

En fin, estimado Coticelli: estoy seguro de que usted es un buen hombre y que si pudiera refundar Secheep evitando todos los errores y atropellos cometidos durante décadas, lo haría bien. Pero le tocó conducir la empresa en esta etapa, cuando los cables que sus antecesores mandaron poner en cualquier pared se empiezan a prender fuego; cuando el país atraviesa una crisis energética sin precedentes y cuando la factura de luz sólo puede aumentar. Lo siento por usted. Espero que al menos el sueldo valga la pena.

Déjeme desearle, eso sí, un 2014 con varios días sin electricidad para usted y toda su familia, así de paso (siempre que la justicia poética sea realmente Justicia) sufre también por los apagones de cuando no llueve y sale el sol. Se lo deseo a usted y a todo el Directorio de su empresa, respetuosamente. Es lo menos que puedo hacer en mi segundo día de vacaciones, como buen llorón de clase media.

 

(*) De la Redacción de Diario Chaco.