Sábado, 5 Octubre, 2019 - 18:39

Religión y pobreza
Por Luis Rodríguez Martínez (*)

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A propósito de la visita de Mauricio Macri a Salta por los festejos de la Virgen de los Milagros, he vuelto en reiteradas oportunidades a revisar la amonestación del arzobispo de esa ciudad al presidente. Vale la pena recordarla: “Mauricio, has hablado de la pobreza, llévate el rostro de los pobres. Son dignos, son argentinos y son respetuosos; merecen que nos pongamos de rodillas delante de ellos”.
 
En verdad, no salgo del asombro. ¿Nos dice el prelado que la pobreza es un valor apreciable intrínsicamente, per se, o que debe ser abordada con caridad, solidaridad, como grupo humano vulnerable que deber ser rescatado de esa situación?
 
Si el mensaje que quiso transmitir es el indicado en la primera disyuntiva, estamos en problemas, porque la mera exaltación de los pobres por su condición de tales es un desatino irreproducible.
 
“Merecen que nos pongamos de rodillas frente a ellos” pontifica el arzobispo con elocuencia. Sin desconocer la gran labor que lleva a cabo la Iglesia en todo el mundo respecto de los sumergidos y desvalidos, esta veneración de los pobres, por ende, de “la pobreza” a secas, trae a la memoria las conclusiones y enseñanzas de Max Weber en su obra “La ética protestante y el espíritu del capitalismo”, donde señala que la clave de la primacía económica del mundo protestante anglosajón, respecto del latino católico, está fundada predominantemente en factores religiosos.
 
En efecto, en EEUU los inmigrantes eran mayoritariamente puritanos calvinistas, una de las diversas ramas que fueron prohijadas por el cisma protestante. Ítalo Calvino creía que la suerte de las personas estaba signada por el destino, todas estaban predestinadas, luego de la muerte, al paraíso o al infierno, siendo imposible torcer los designios de Dios. Frente a semejante dogma aterrador, los recién llegados a América se preguntaban, naturalmente, si ellos irían al cielo o a las tinieblas. Los pastores comenzaron a calmar las inquietudes de los fieles enseñando que en este mundo cada individuo podía experimentar signos o indicios de su suerte en el más allá. La vida honesta, ordenada, disciplinada, con contracción al trabajo y, sobre todo, coronada por el éxito económico, era un indicio categórico de que el individuo tenía asegurada una parcela en el Reino de los Cielos.
 
En una palabra, según Max Weber, el protestantismo creó un cúmulo de creencias, valores, representaciones, una cosmovisión favorable al desarrollo de la economía y el mundo capitalista.
 
El catolicismo, que comparte con el protestantismo su fidelidad al Viejo y Nuevo Testamento, ha llegado a difundir, con fundamento en los mismos libros sagrados,  principios absolutamente opuestos, pues puso énfasis en consignas bíblicas como: “De los pobres será el reino de los cielos”, “Los últimos serán los primeros”, “Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja a que un rico entre en el reino de los cielos”; “Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos será el reino de los cielos”.
 
Inmediatamente podemos inferir que, sobre la base de tales postulados, el desarrollo económico no puede ser alentador, pues el pobre se siente justificado en su pobreza y el rico concibe su prosperidad material como un pecado que es menester expiar distribuyendo sus bienes entre los menesterosos.
 
La filípica del arzobispo de Salta condensa en una frase el pensamiento de la Iglesia Católica (concordante con el del Papa Francisco) sobre el tema de la pobreza. De allí su aversión a un presidente que, aunque haya fracasado, se autoimpuso como objetivo primordial de su gobierno terminar con ella. Ninguna inquietud manifestó este dignatario durante los gobiernos de Néstor y Cristina cuando se negaron a abordar este flagelo; máxime cuando, no obstante, el apagón estadístico del Indec, jamás fue inferior al treinta por ciento; tampoco alzó su voz cuando Aníbal Fernández cínicamente alegaba que en nuestro país había menos pobres que en Alemania.
 
El peronismo astutamente se las arregló para tener el apoyo de la Iglesia Católica y la alianza clerical justicialista permanece incólume desde la creación del partido del primer trabajador. Bastó que el General expresase que abrazaba la “doctrina social de la Iglesia” para ganar su apoyo incondicional canalizado desde el púlpito.
 
El pensamiento de Max Weber ha sido sometido a infinidad de críticas y cuestionamientos, pero el devenir histórico parece darle la razón.
 
En un Municipio de poco más de cien mil habitantes como Sáenz Peña, con una gran incidencia de la inmigración eslava, se ha concedido personería municipal a más de ochenta cultos religiosos, mayoritariamente evangelistas (protestantes). Es el Municipio del país que tiene mayor cantidad de organizaciones confesionales, siendo el segundo Oberá, Misiones (capital nacional del inmigrante), que tiene aproximadamente sesenta. ¿A qué se debe que en los lugares donde hubo gran caudal de inmigrantes eslavos proliferan estos cultos? Porque traían además de sus valijas sus credos religiosos incorporados a su identidad. Pues bien, puede ser esta afirmación frívola e inexacta, pero basta recorrer en Sáenz Peña las Iglesias y parroquias católicas y los templos evangélicos para comprobar que en los segundos se aprecia una exhibición de riqueza mayor (obsérvese el parque automotor nada más).
 
Cada cual sacará sus conclusiones y Max Weber las obtuvo de la minuciosa observación de las comunidades católica y protestante de su propio país, Alemania, advirtiendo que la última tenía mayor facilidad para el éxito económico. Pudiera haber sido acusado de chauvinista si aducía que países católicos como Portugal, España, Italia, eran inferiores por el sustrato humano con que contaban; sin embargo, atribuyó a la atmósfera religiosa, al sistema de creencias y valores la causa decisiva de su inferioridad en orden al desarrollo económico. Sintetizó su pensamiento diciendo que existen dos formas religiosas de vida, la primera de ellas “resistente” (catolicismo) y la segunda “favorable” a la prosperidad económica (protestantismo).
 
(*) Abogado - Presidencia Roque Sáenz Peña