Jueves, 20 Agosto, 2020 - 12:01

Relativismo moral
Por Luis Rodríguez Martínez

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Si existe un fenómeno que se repite en las doctrinas políticas de izquierda no es sino el relativismo ético, moral, de sus cultores. El peronismo de turno, concretamente el kirchnerismo, abreva en esa tendencia de pensamiento (por lo pronto, es lo que Cristina y sus acólitos declaman), expresión cabal de una cosmovisión política que no admite valores absolutos, universales, sino aquéllos que en cada coyuntura histórica devienen útiles para su proyecto de gobierno.

Es imposible conocer qué valores defienden, pues en cada momento sus opciones mutan en función de la urgencia de sus ambiciones políticas, de su plan de poder. No pueden los gobernados vislumbrar qué rumbo adoptarán frente a los desafíos que presenta la praxis política.

Lo que es positivo hoy puede ser lo contrario mañana; las personas respetadas, alabadas y objeto de culto, pueden serlo de escarnio, abominación cuando la conveniencia política aconseje lo contrario. RELATIVISMO MORAL A FULL.

Es difícil tomar en serio sus posturas ante los problemas que aquejan a la sociedad; condenan la violencia del proceso militar que ejerció el poder entre 1976 y 1983, mientras que exaltan el carácter épico de los crímenes perpetrados por las organizaciones guerrilleras que detonaron la denominada “guerra sucia”.

El gobierno de Raúl Alfonsín fue calificado de reaccionario, desestabilizado por múltiples paros generales realizados por los sindicatos de la CGT, boicoteado económicamente, saboteado con pillaje, saqueos, violencia, caos social, instigados por el justicialismo; finalmente, desalojado del poder seis meses antes de concluir el mandato presidencial.

Vaya a saber por qué misterio insondable son los mismos golpistas de ayer quienes hacen en la actualidad un culto de la figura de Alfonsín, a punto tal que exceden con sus adulaciones y lisonjas las que simultáneamente le profesan las huestes radicales. Antaño, un personaje que era menester denostar, derrocar; hogaño, un político al que rinden pleitesía y califican como “padre de la democracia”. 

Prescindir de un plan económico, falencia que atribuían al presidente Macri, era una perversión política; ahora, que el presidente Fernández de modo imperturbable confiesa a un periódico extranjero que “no cree en los planes”, se trata de una nota simpática del gobierno nacional y popular.

El frente de todos ha subrayado hasta el hartazgo la “irresponsabilidad” del gobierno de Cambiemos por haber endeudado al país, actitud en que no incurrió la administración Cristina Fernández.

En realidad, si no contrajeron deudas, obedeció a que Argentina en “default” tenía cerrado los mercados de crédito. En breve, cuando concluya el acuerdo con el Fondo Monetario y, eventualmente, pueda acceder al financiamiento internacional, la alternativa va a ser ponderada positivamente por los políticos del oficialismo y su vocero periodístico, Página 12. El endeudamiento dejará de ser apátrida para mutar patriótico.

El “imperialismo” es un tópico siempre presente en el ideario peronista, asociado a EEUU y Europa; es el imperialismo salvaje, destructor de identidades nacionales, que empobrece al pueblo e impide el desarrollo de una magnífica nación como Argentina.

Sin embargo, no todo imperialismo es negativo, pues existe uno edificante, virtuoso, en esta etapa histórica representado por China y Rusia. A la primera, se le ha concedido dentro de nuestro territorio un inmueble con beneficio de extraterritorialidad, es decir, sometido a soberanía China e inaccesible para las autoridades argentinas. En este caso, el poder arrasador del pseudo comunismo chino no implica peligro para la autonomía e independencia argentinas.

La presidencia de Piñera en Chile es un régimen fascista retrógrado (Página 12 dixit), en tanto que el de Maduro en Venezuela es una democracia “social”, igualitaria, aunque haya desmantelado el estado de derecho, condenado a millones de ciudadanos a la miseria y el exilio. 

La muerte de Maldonado fue un acontecimiento empleado por el kirchnerismo para atacar al gobierno de Mauricio Macri; se llegó incluso a calificarlo de represor, identificándolo con la dictadura militar (esto mueve a risa, porque no hubo aspecto más destacable en su gestión que el apego al orden jurídico y el clima de concordia política reinante en los cuatro años de mandato). Fue una lamentable “muerte en democracia”.

En estos momentos, en que el kirchnerismo detenta nuevamente el poder, hubo múltiples muertes producidas por excesos policiales vinculados a la aplicación de las normas de la cuarentena; el ejemplo paradigmático es el de Espinosa, ocurrido en la provincia de Tucumán, quien falleció en virtud de un disparo de arma de fuego de la policía de la provincia. Espinoza fue literalmente ejecutado por la espalda y su cadáver arrojado a un precipicio en una provincia vecina, con el fin de ocultar el crimen.

Nada dicen los órganos propagandísticos oficiales respecto de estos lamentables sucesos, tampoco de los excesos policiales de que fueron víctimas en Chaco integrantes de la comunidad Quom con el pretexto de hacer observar las reglas del confinamiento domiciliario; además, se reportaron supuestos abusos sexuales cometidos por los agentes del orden.

En este ejercicio maniqueo, en que los acontecimientos y conductas son valorados con el prisma de la ideología, ninguna ponderación está exenta de prejuicios. Los colectivos que adhieren explícitamente al kirchnerismo defienden sus intereses con enjundia cuando gobierna otro partido, en tanto, guardan silencio cuando las mismas perversiones sociales que denuncian se producen bajo administraciones peronistas.

La militancia feminista es un ejemplo de este relativismo moral, muy activas durante el gobierno de Macri y llamadas a cuarteles de invierno desde que Fernández accedió a la casa rosada; lo mismo es predicable respecto del colectivo de artistas, proclives a exhibir su histrionismo con vídeos y proclamas televisivas, actualmente condescendientes con todos los exabruptos del poder.

El 17 de agosto se conmemoró un nuevo aniversario de la muerte del General San Martín, “padre de la patria”, cuya figura ha sido eclipsada por un nuevo culto inaugurado por el kirchnerismo: la exaltación como figura excluyente de la historia argentina de Manuel Belgrano.

Todavía no acierto a identificar el motivo o intencionalidad de semejante revisionismo histórico, pues el sitial que se atribuye a Belgrano era ocupado de manera incuestionada por San Martín, libertador de cuatro naciones, ícono de nuestra educación patriótica. Nueva dicotomía para profundizar la brecha, cuyo fundamento desconozco, pero irrefutablemente inspirada en prejuicios ideológicos   

Es imposible prestarle seriedad, atención, a un partido político que ha defendido medidas políticas, económicas, diplomáticas, contradictorias a lo largo de su existencia. No se puede estar bien con Dios y el diablo; algunos valores deben ser propugnados como horizonte a alcanzar mediante la gestión pública.

“El relativismo deja sin fundamentación objetiva y universal a valores como la libertad, la igualdad, la justicia, los derechos humanos. Al quitarles toda base objetiva los arroja al campo de lo irracional y vuelve imposible condenar -ni moral ni políticamente – la injusticia o la opresión” (Juan José Sebreli, “El malestar de la política”, pág. 307, ed. Sudamericana).

Podrá la izquierda alegar que la noción y contenido de los valores ha evolucionado con la historia de la humanidad, afirmación cierta y comprobable. La esclavitud, que en estos días se nos ocurre una institución cruel, inhumana, fue hace mucho tiempo un notable avance para la humanidad, porque antes de ella la guerra entre los pueblos finalizaba con el exterminio físico del vencido. El valor vida fue dejado a salvo, sin perjuicio de las monstruosidades que la esclavitud trajo consigo.

En derecho, los valores jurídicos están asociados al concepto de “orden público”, constituido por normas imperativas, no susceptibles de ser transgredidas por estipulaciones privadas en los contratos.

También esta noción ha experimentado un cambio acorde a las valoraciones imperantes en cada momento histórico. Verbigracia, hace treinta años el corretaje matrimonial (la realización de gestiones para acercar solteros con fines de contraer matrimonio) estaba prohibida por el código civil, en tanto que en estos tiempos el orden jurídico lo tolera y contempla favorablemente, como reflejan los múltiples sitios web de citas que existen en internet.

No sólo el curso de la historia condiciona los valores, sino que su alcance jamás ha sido uniforme, universal, idéntico en todos los países y culturas. Sería imposible exigir a los pueblos musulmanes que garanticen la igualdad de la mujer cuando las normas sagradas del Corán dicen lo contrario. Ello no obstante, la igualdad de derechos entre hombre y mujer es un valor irrenunciable; es de esperar una superación de las condiciones de vida de la mujer en los pueblos que adhieren al islam.

Desde que los estoicos enseñaron en Grecia que el hombre tiene una esencia inmutable en todo país, civilización o circunstancia histórica, los valores tienen una base objetiva, no es posible desnaturalizarlos con teorías políticas o dogmas religiosos reñidos con ellos.

La racionalidad, cualidad específica del género humano, es la que equipara los hombres en cuanto derechos según esta corriente filosófica (estoicismo), primera en condenar la esclavitud.

Para evitar que los mortales que habitamos Argentina continuemos desorientados, sería deseable que el gobierno de Alberto Fernández brinde señales claras de los valores y objetivos políticos que persigue: su ponderación de la democracia, el estado de derecho, la libertad, igualdad, la globalización, la constitución de una comunidad universal en contraposición al nacionalismo. En lo que discurrió del mandato, las piruetas, vaivenes, gatopardismo, claudicaciones, se han transformado en un estilo de ejercicio del poder.  

(*) Abogado. Presidencia Roque Sáenz Peña.