Sábado, 28 Diciembre, 2013 - 18:49

Pobreza habrá siempre. Hipocresía y mentira, también
Por Luis Tarullo

Mandá tu info, fotos, videos o audios al 3624518042
 
 
Entre las frases ya tradicionales que destilan una agria resignación, sobre todo en los países subdesarrollados, se anotan "pobres habrá siempre" y "antes había pobreza pero con dignidad".
 
Nada más errado e inaceptable, pues muchas otras naciones se esfuerzan por desterrar ese flagelo y también están las que prácticamente lo han logrado, sobre todo las nórdicas.
 
En los países como la Argentina no sólo no ha habido éxito en la lucha contra la pobreza, sino, por el contrario, el drama se ha multiplicado hasta llegar a los actuales niveles alarmantes y exasperantes. 
 
Los estudios siempre certeros de la Universidad Católica Argentina (UCA) volvieron a demostrar la masividad del agudo problema, que según sus cálculos alcanza a alrededor de un cuarto de la población del país.
 
Obviamente, las estadísticas del Gobierno reducen el problema a apenas una porción de lo que indica el análisis de la prestigiosa casa de estudios, avalado siempre, ni más ni menos, que por la inobjetable realidad cotidiana.
 
La administración de Cristina Fernández considera que ese tipo de trabajos que muestra la verdad desnuda es producto de mentes afiebradas que quieren hacerle mal al Gobierno o desprestigiarlo. Y entonces las autoridades salen a coro -un coro actualmente bastante diezmado- a mostrar los números ridículos del INDEC.
 
Pero más allá de este contrapunto a esta altura estéril -ya se sabe que no hay peor sordo que el que no quiere oír- vale sí internarse en los efectos directos y colaterales de ese estado de situación de millones de compatriotas y no compatriotas.
 
La dignidad de la persona queda absolutamente pisoteada, con el nefasto adicional de la pérdida de la cultura del trabajo, no solo por problemas propios de la economía sino por la persistencia del asistencialismo más básico y cruel que lacera al ser humano, aunque el supuesto beneficiario no lo perciba de manera consciente.
 
La degradación educativa va de la mano con otros factores, y llega un punto en que se plantea el dilema del huevo o la gallina. Y la conclusión es que la cuestión se transforma en una venenosa retroalimentación.
 
Otra consecuencia es la destrucción de la célula familiar, pues las condiciones de carencia y marginalidad no pueden hacer otra cosa que minar las estructuras de esos núcleos que, en no pocos casos, ya van por la tercera o cuarta generación que se "desarrolla" en ese ambiente.
 
Ni hablar de la indigencia, un estadio deplorable que sume a la gente -o lo que queda de ella- en un universo subterráneo, fuera de los límites ya bastante difusos de la sociedad actual, en una virtual desaparición.
 
Todo este combo, con más o menos virulencia en las diversas épocas, demuestra además que no hay "pobreza con dignidad".
 
Por ello, dicho respetuosamente, provoca estados de ánimo compuestos por gracia, bronca e impotencia el argumento de este Gobierno -y de cualquiera- acerca del éxito de las políticas de inclusión.
 
La extensión aparentemente ad eternum de la dádiva, establecida inicialmente con criterio en momentos de crisis extrema, permite además inferir que entonces siguen habiendo situaciones calamitosas que ese instrumento pretende resolver, ya que no hay solución posible a través de otros mecanismos o políticas.
 
También se desploma la versión oficial cuando queda al descubierto la tremenda imagen de cuatro de cada diez trabajadores en negro. Eso también forma parte del capítulo de la pobreza y la marginalidad, pues una persona no registrada no obtiene más que una remuneración generalmente escasa, sin los beneficios del sistema normal, lo que la coloca en los umbrales del averno de la inexistencia, más allá de que tenga nombres y cara visible.
 
Claro, como devolución de las tantas ironías que el poder sacude sobre la población, podría decirse que ahora sí, en los próximos dos años, se va a morigerar el tema del empleo en negro, cuando no se lo hizo durante gran parte de la última década. Es el objetivo que se han trazado los funcionarios que deberán dejar sus sillones.
 
Es como el jugador que le protesta al referí porque terminó el partido cinco segundos antes, después de ir perdiendo el encuentro durante todo el tiempo reglamentario y el alargue, y como si, salvo con un zapatazo de mitad de cancha, pudiera ser posible empatar el cotejo en esa ínfima fracción.
 
Entonces, el Gobierno debe darse cuenta de que a poco del pitazo final, si directamente no modifica de raíz el planteo de su juego no podrá revertir el resultado. No alcanza con un agónico cambio de jugadores.
 
Claro que siempre están los recursos fáciles y justificadores, como aquello de que pobreza y pobres "habrá siempre", principio que así continuará siendo parte de la estructura del concepto y la percepción de la realidad de algunos sobre la sociedad argentina. También es bueno recordar que lo que sí habrá siempre es hipocresía y mentira, y eso es más difícil de erradicar que la pobreza.
 
Fuente: 
Agencia DyN