Jueves, 7 Diciembre, 2017 - 17:44

No es Macri, no es Cristina, es la política
Por Santiago Piñero (*)

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¿Hasta cuándo seguiremos discutiendo candidatos y exigiendo el cumplimiento de las promesas políticas? La salida no es política sino apolítica. Entendámoslo de una vez: El gobierno, del color que sea, no puede hacer ni darte nada sin quitárselo primero a alguien más.
 
La relación entre el hombre y el Estado es un tanto histérica en estas tierras: pretendemos que nos asegure bienestar pero no queremos ser controlados (pensemos en los cotidianos casos de controles de tránsito), pretendemos calidad en las instituciones pero acceso libre para todos, exigimos buenos servicios pero no queremos pagar impuestos, criticamos las designaciones a dedo pero las utilizamos cada vez que podemos; en suma: queremos utilizar al Estado en nuestro favor y en detrimento de los demás.Pareciera que el debate político entre nosotros se limitara constantemente a determinar a quién queremos beneficiar y a quién expoliar.
 
Si partimos de la base de que la existencia de una autoridad X demanda la pérdida de cierta porción de libertad de parte de los gobernados, ¿no sería lógico limitar al máximo las facultades de esta autoridad y conservar así el máximo de libertad posible? ¡Nos hemos malacostumbrado tanto a la idea del “estado de bienestar” que entendemos que tal bienestar sólo puede ser provisto por el gobierno! El comportamiento servil que refleja la sociedad es lamentable y se acentúa no sólo por aquellos que de esta situación se aprovechan sino incluso por quienes la sirven a cambio de migajas.
 
Las personas y la sociedad que forman son previas al Estado, no existen por este sino que este existe por ellas. En este sentido, la cooperación social y el progreso son inherentes a ellas y no requieren ser provistos por el Estado sino más bien todo lo contrario, deben ser permitidas y no obstaculizadas por éste. El ser humano necesita cooperar para progresar y en eso se basa la idea de división del trabajo; esta cooperación es espontánea y no la genera ninguna autoridad. Por el contrario, es la explotación de unos sobre otros la que no puede persistir en el tiempo sino a través del amparo que le otorga el Estado.
 
En tanto mal necesario, el Estado debiera estar limitado exclusivamente a proveer justicia, en el sentido de simplemente administrar el monopolio de la fuerza a los efectos de proveer a la legítima defensa de los derechos individualidades elementales (libertad, personalidad y propiedad, entendida esta última como el fruto del trabajo en todas sus formas). Pero justicia es igualdad ante la ley y no igualdad real. La libertad implica necesariamente desigualdad, es decir diversidad, y he ahí precisamente la riqueza de la vida. Pretender la igualación real de las individualidades mediante la justicia es quitarle la venda de los ojos a la figura que la representa y pretender utilizar su espada a gusto del gobernante de turno, lo cual no puede sino degenerar en una eterna lucha de las diversas facciones por el poder público y el dominio sobre los demás.
 
Esta reflexión puede parecer muy teórica y alejada de la realidad que nos rodea, sin embargo, las ideas, más allá de las lógicas complejidades que implican su puesta en práctica, sirven como un norte hacia el cual avanzar. Pienso que todos podremos acordar en que la libertad es el valor más apreciado por cada uno de nosotros, ahora bien, para hacerla funcionar sin hipocresía tendremos que aceptar que la responsabilidad en su contracara. No existe libertad sin responsabilidad. Cuanto más espacio cedemos al Estado menos espacio tenemos para nosotros mismos. La idea de un Estado que no sólo provea justicia sino que además nos asegure bienestar implica necesariamente degradar la justicia y enemistar a la sociedad. Divide y reinarás.
 
 
(*) Abogado