Domingo, 29 Diciembre, 2013 - 10:48

Luces y sombras de 2013
Por Eduardo Anguita

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Uno de los mayores desafíos del oficialismo para el 2014 será el de tratar de mantener al peronismo en la perspectiva de profundizar el cambio y sostener una dirigencia justicialista unida y capaz de convocar al diálogo social y político.

Sin perjuicio de los temblores de fin de año, se cumplieron 30 años continuos de democracia y eso, en perspectiva, será uno de los motivos por los cuales será recordado 2013. Si se toman como puntos de referencias la primera y la segunda décadas de este nuevo período de la vida política argentina, este añofue un buen cierre para la tercera década.

Sin embargo, al fin de este año, una pregunta recorre los análisis de propios y ajenos al kirchnerismo: por qué un gobierno que acumuló tanto consenso social y tanto poder político a lo largo de tres gestiones se encuentra hoy ante una encrucijada. Hay dificultades económicas, se expande un humor social ríspido y el clima político muestra escenarios difíciles de configurar. Hoy nadie puede hacer previsiones para el 2014.

El kirchnerismo cuenta con un electorado fiel que ronda un tercio del total y tiene una estructura política cuyo mayor desafío es tratar de mantener al peronismo unido en la perspectiva de hacer frente a demandas sectoriales muy diversas con un grado de presiones y extorsiones muy distintas del clima que se vivió durante las protestas contra la resolución 125 en 2008. Entonces, el país estaba dividido, ahora las protestas y reclamos no responden a una identidad ideológica ni tienen una conducción clara.

La llegada de Jorge Capitanich y las tensiones persistentes de la Casa Rosada con Daniel Scioli pusieron en evidencia los límites de la centralidad del kirchnerismo. El quiebre fueron las elecciones legislativas del 27 de octubre y el intento de recomponer un cambio de estilo tuvo como figura emblemática a Guillermo Moreno, corrido de la gestión pública. La reciente decisión de Cristina Fernández de Kirchner de anunciar que en 2015 no será candidata a ningún cargo electivo confirma ese escenario distinto.

Treinta años. En 1993, con el menemismo en el gobierno, la diferencia con la dictadura estaba bastante difusa: abrazo con Isaac Rojas, indultos a los genocidas, Domingo Cavallo al timón de la economía, relaciones carnales con Estados Unidos y, lo que es más doloroso, una farandulización de la política que servía para anestesiar la entrega a los grandes poderes transnacionales. Luego, veinte años después de aquel histórico 10 de diciembre del ’83, el país vivía en el descrédito y no sabía si podía confiar o no en la promesa de que era posible salir del infierno.

Néstor Kirchner inauguró una etapa inesperada. Nadie lo conocía hasta fines de 2002 y en abril apenas sacaba 21% de los votos. El país quebrado a fines de 2001, pese a las advertencias reiteradas de que la convertibilidad llevaba años desfasada. Nadie podrá comprobar cómo hubiera sido una salida gradual del uno a uno, si tras la crisis mexicana –el Tequila– de 1994, si con las de las bolsas asiáticas de 1997, si con la rusa –la vodka– de 1998 o si con la brasileña –la caipiriña– de 1999.

No se trata de hacer historia contrafáctica pero es preciso mirar en perspectiva para entender los días que corren en un país en el que, tras 30 años de elecciones continuas, despidió anticipadamente a dos presidentes. En ambos casos, la economía fue decisiva. Fuera por la hiperinflación o por la salida de la convertibilidad. En un contexto menos dramático, hoy la inflación está tan presente como lo estuvieron históricamente el endeudamiento externo o el deterioro de los términos de intercambio.

Deuda externa, paridad del dólar, precios y salarios estuvieron presentes en los escenarios más complejos de estos 30 años. El ahogo del endeudamiento fue encarado con valentía y creatividad hace una década por Néstor Kirchner, que encaró la renegociación de pasivos externos más importante que cualquier nación haya encarado en las últimas décadas. Al respecto, vale la pena subrayar que la decisión fue política y no económica, pese a que requería una ingeniería financiera muy precisas para poder prever cómo podían comportarse los grandes números de la macroeconomía tras asumir compromisos de pago con plazos inmediatos y ciudadanos argentinos nada dispuestos a un nuevo default.

Esta decisión coincidió con la revaluación de los precios internacionales de los commodities. Argentina tenía problemas de balanza comercial y en estos últimos años cambió la ecuación: el aumento del precio de la soja contribuyó a esta ecuación que permitió pagar deuda. El aumento del consumo interno, en paralelo, contribuyó a crear empleo y dejó un nuevo dilema: una industrialización desordenada que demanda muchos insumos externos y mucha energía.

Más allá de lo imprevisible del escenario económico internacional, la política fue en estos años un terreno donde se logró la participación popular y un lugar autónomo para la toma de decisiones en un país donde una pequeña minoría de hombres y mujeres de negocios condicionaron un desarrollo autónomo que pueda proyectarse en el largo plazo. Argentina renació más por la capacidad de liderar que tuvo Kirchner que por la maquinaria de las formas de representación tradicional, léase los partidos políticos.

Es más, cuando Kirchner decía transversalidad muchos no sabían qué quería decir, pero todos sabían lo que no quería decir. Entre esos no estaban los partidos tradicionales. Ahora, en cambio, el panradicalismo logró un crecimiento en las urnas que volvió a ponerlo en carrera. En cuanto al peronismo, es lejos la fuerza mayoritaria y está en plena efervescencia. Los movimientos de Sergio Massa, como opositor, están al compás del peronismo opositor. Los de Jorge Capitanich, Daniel Scioli y otra cantidad de gobernadores, lo hacen al compás del kirchnerismo. Parece prematuro saber si se mantendrán totalmente distanciados estos dos espacios.

Volviendo a los primeros años de Kirchner, si bien mantenía un ojo en el justicialismo y en el sindicalismo peronista, solía repetir un lema poco criollo: “Que florezcan mil flores”. Nadie sabía si salía de lecturas propias de la historia de la revolución china o de la boca de un estrecho colaborador de origen maoísta. Lo cierto es que todos entendían que el kirchnerismo era un hervidero de vertientes, un territorio diverso que contaba con un dirigente capaz de sintetizar lo distinto y que era un tiempista notable. Kirchner fue esperando el momento que creía oportuno ante una sociedad que parecía –y sigue pareciendo– no poder esperar un solo minuto.

Los argentinos, en aquellos años de Kirchner, parecían gritar a coro ese hit de la mítica banda Queen: “Lo quiero todo y lo quiero ahora”. Motivos para pedir y exigir no faltaban. Desde los piqueteros, que ya existían y mostraban la vereda izquierda, hasta los seguidores del falso ingeniero Juan Carlos Bloomberg, que replicaban la vieja ideología autoritaria. El Gobierno tomó todos los asuntos, con una agenda diversa.

Recordar aquellos primeros años del kirchnerismo no es un ejercicio de hedonismo ni de melancolía. Para nada. Resultan años interesantes para formularse algunas de las preguntas que permitan entender dónde estamos parados los argentinos en este fin de diciembre, marcado por las rebeliones policiales, los saqueos con no menos de 14 muertos y la deserción de las autoridades y de las empresas distribuidoras de electricidad incapaces de dar respuesta a las emergencias de vecinos que reclaman por la falta de luz.

Momento de transición. Nadie aconseja hacer balance de cuál es la capacidad del kirchnerismo, sin saber si la decisión de dejar a Jorge Capitanich al frente del ejercicio diario de gobierno es una transición breve a la espera de que Cristina retome sus funciones, o si se va a prolongar en el tiempo. Podrá pensarse que es un detalle en un contexto mayor, pero lo cierto es que, tras una década, la centralidad fue una característica marcada tanto de Néstor como de Cristina. No hay antecedentes de una delegación –al menos parcial– de la toma de decisiones. Pasaron apenas 38 días de que el gobernador chaqueño es jefe de Gabinete y en esos días sucedieron demasiadas cosas. Desde cambios de estilo con los tradicionales de Cristina hasta modificaciones que va haciendo Capitanich a medida que se presentan los acontecimientos.

Al principio recibía movileros en el palier de su casa, luego armó salón para conferencias de prensa, en el medio de sus contactos con los medios recibía dirigentes y gobernadores opositores que no pisaban desde hacía años la Casa Rosada. Su antecesor en el cargo jamás hablaba con otros medios que no fueran los estrictamente afines y le propinaba a Clarín en cada aparición dos o tres acusaciones de intentos desestabilizadores. Nadie va a creer que Juan Abal Medina aplicaba su propia medicina. En cambio, cualquiera sabe que Capitanich –ganador en los comicios de noviembre y que transitó diversas etapas del justicialismo– pone en juego sus propias ambiciones.

Nada de esto sería grave si la salud de Cristina no hubiera atravesado problemas. Alejada de la gestión por prescripción médica y sin duda afectada emocionalmente por el curso que tomaban los acontecimientos, la Presidenta tomó una de las decisiones que nadie quiere tomar en ejercicio pleno de una función de altísimo compromiso: tomó distancia, dejó que las cosas fluyeran y, además, delegó responsabilidades. Las tensiones entre Capitanich, el núcleo más cercano a la Presidenta y otros ministros con poder dejan más de una vez al jefe de Gabinete a mitad de camino y sin capacidad de dar respuesta urgente.

El caso testigo es el de Córdoba: apenas se produjo la rebelión policial, en horas de la madrugada, Capitanich recibió un mensaje de texto en su celular enviado por un ex diputado peronista que actúa de nexo entre él y Juan Manuel De la Sota. Capitanich consultó con Sergio Berni quien vio acertado mandar efectivos de Gendarmería asentados en Jesús María.

Sin embargo, otro funcionario, de origen cordobés, se opuso, en la convicción de que De la Sota debía hacerse plenamente cargo de ese tema. Fue el principio de una semana de terror. Éste y otros problemas actuales se proyectan a marzo, por decir una fecha que se presenta como la rompiente de una ola, donde el Gobierno deberá actuar con músculo y con inteligencia, para hacer frente a unas negociaciones salariales en un escenario social caldeado.

La palabra extorsión puede decir muchas cosas. No parece haber un complot organizado pero queda claro que muchos confían en cortar una calle o promover un saqueo como el camino para obtener rédito. Los buenos modales –como sentarse con los supermercadistas para su adhesión voluntaria a una lista de precios de unos pocos artículos– parecen no contagiar confianza.

De la profunda crisis energética, con una balanza comercial hiperdeficitaria y con subsidios que se eternizaron, se vio la peor cara: concesionarios que presionan para aumentos de tarifas.

Dos años en uno. En el país que tiene mayor coeficiente de psicólogos por habitante es inevitable que los balances giren, en buena medida, en las intenciones y las motivaciones más que en los resultados contrastables con datos precisos. Entre otras cosas, porque es difícil saber cuáles fueron las motivaciones que llevaron al Gobierno a manipular las estadísticas públicas. Entre los resultados está que no se sabe cómo se medirán en 2014 ni quiénes estarán al frente del Indec o nuevo Indec.

Los primeros seis meses de 2013 estuvieron al compás de una oposición bastante deslucida y de un frente interno que la Presidenta mantuvo no tanto por liderazgo político, sino por la capacidad del Ejecutivo nacional de distribuir partidas presupuestarias o financiar planes provinciales o municipales para fortalecer sus vínculos políticos con propios y ajenos.

País unitario, país centralista, país disminuido en sus organismos de planificación y control. O, mejor dicho, una República que tiene unas instituciones donde quedan en pie, todavía, decretos de la última dictadura y leyes de jibarización del menemismo. El kirchnerismo hizo mucho para cambiar la cultura política nacional pero, convengamos, hacer un nuevo pacto federal con gobernadores mayoritariamente atados a las viejas oligarquías provinciales o los nuevos ricos sojeros es como meterse en la boca del lobo.

Y, además, sin lugar a dudas, el kirchnerismo se pasó años fortaleciendo sus propio liderazgo con la expectativa de crear un nuevo escenario político que habilitara una reforma constitucional. En vez de dar un debate frontal, los voceros de esa propuesta apenas insistían con que Cristina era imprescindible.

De aquella cintura de Kirchner, de que florezcan mil flores, pasados los años, los primeros meses de este 2013 fueron los momentos en los que el oficialismo no vio todas las señales de dificultades. En el núcleo del poder hubo una percepción equivocada de sus propias fuerzas.

El detalle no es menor y es uno de los momentos clave de este año: al día siguiente del comienzo del invierno vencía el plazo para inscribir fórmulas para las elecciones primarias y la ruptura de Sergio Massa no era esperada por Cristina. Pese a algunas advertencias públicas por parte del entonces intendente de Tigre, el oficialismo confiaba en que no saltaría del Frente para la Victoria. Ése fue uno de los acontecimientos más significativos del año y plantea todavía un escenario dentro del peronismo –y del kirchnerismo– que está en pleno cambio.

Massa, apoyado en estudios de opinión pública, tenía en claro que asumía un desafío muy importante aunque con un terreno fértil apoyado en tres temas que habían ganado el imaginario popular y contra los cuales el kirchnerismo no actuó con energía. A caballo de la comunicación con periodistas cancheros y programas pasatistas, Massa prefirió esquivar un poco la pelea Gobierno-Clarín. Inseguridad, inflación y diálogo con todos. Eso enarboló Massa. No era paz, pan y trabajo ni alguna otra trilogía épica para terminar con un régimen absolutista o terminar con un período de guerra.

No eran siquiera las llamadas consignas de transición para lograr amalgamar fuerzas dispersas en un frente político. Massa está a la cabeza de un Frente Renovador que no tiene autoridades, sedes, programas, ni siquiera una página web con sus proyectos. Sin embargo, sin atravesar los Andes, se convirtió en el héroe de un sector de la sociedad.

La herida narcisista en el kirchnerismo fue dura. La lógica de muchos seguidores de Cristina era comparar las dotes de estadista de uno y de otro. Con el diario del lunes cualquiera lo dice, pero quien crea que una elección –legislativa o presidencial– es una disputa de figuras trascendentes, de líderes de Estado, deberá recordar, por ejemplo, que Erman González ganó una elección legislativa en la Ciudad de Buenos Aires y que Fernando De la Rúa ganó una presidencial. Dicho sea de paso, una pésima noticia para la sociedad: el ex presidente, escapado en helicóptero, fue absuelto en la causa por coimas en el Senado para aprobar una reforma laboral regresiva.

Desde aquel 8 de octubre, cuando la Presidenta fue operada en la Fundación Favaloro, hasta el reciente 20 de noviembre, en que asumió Capitanich, se vivió una incertidumbre que combinaba la angustia por la salud de Cristina con las dudas sobre cómo seguiría el funcionamiento del Gobierno.

En cambio, en diciembre, la agenda política gira en torno de la capacidad de distintas áreas nacionales y provinciales de hacer frente a las demandas. La intolerancia de las hinchadas de fútbol es, básicamente, la incapacidad de los clubes y las policías de frenar a las barras bravas y/o desligarse de los negocios que les habilitan a esos grupos de lúmpenes con poder.

La transa de la droga tiene a los mismos actores, a los que se suman armas, muertes y mucha plata. Los barras y los narcos son parte de un tejido social complejo: no es sólo el trabajo en negro, sino ocupaciones e identidades de otras culturas, distintas a las del trabajo organizado, distintas a la lógica de la asistencia pública, con planes como la Asignación Universal por Hijo. Esas culturas, violentas, tienen ramificaciones en sindicatos y espacios políticos. La centralidad del poder los tiene sin cuidado.

Perspectivas. Es difícil hacer pronósticos. Desde el Gobierno se notan los esfuerzos por abrir la agenda, por buscar nivelar las cuentas externas, por aumentar la devaluación del peso sabiendo que eso presiona a los precios, por negociar con empresarios y sindicalistas para sumarlos a un tejido de toma de decisiones compartidas.

En estos años se mejoraron los coeficientes de empleo genuino, de matrícula en secundarios, terciarios y universidades, se dio contención social y mejoras a los jubilados, pero la política se fue convirtiendo en algo endogámico. El nervio puesto por Capitanich y algunos otros funcionarios para cargarse en la espalda las demandas sociales es un buen síntoma. Imprescindible. El diálogo aceptado por el resto de las parcialidades políticas, sindicales y empresariales abre un camino interesante.

Se podrá discutir cuántos puntos porcentuales de pobreza hay en el país, lo que no está en duda es la cantidad de deudas sociales postergadas y la gran inequidad. Termina un año largo, lo que muchos se preguntan es si este verano será largo y si en marzo la pulseada por actualizar los salarios de los trabajadores encontrará a empleadores dispuestos a mantener los precios acotados. El aumento del transporte es un dato difícil de soslayar.  

Fuente: 
Infonews.