Sábado, 15 Abril, 2017 - 21:43

Los precios, los docentes, Micaela y el Incaa: el Gobierno y los K conviven polarizados bajo el signo del manoseo
Por Hugo E.Grimaldi

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Es casi una marca registrada. Cuando las inseguridades terminan con los procesos que trabajosamente elaboró, el macrismo gobernante mete un elefante en el bazar y adiós cristalería: no prevé las consecuencias, gestiona mal las crisis y comunica peor. La chapucería en su máxima expresión.
 
Así, perdiendo habitualmente la iniciativa del discurso, ha logrado que en muchas cuestiones los victimarios se transformen en víctimas y en otros casos más, ha sabido dejar la mesa convenientemente servida para que las inevitables críticas (y hasta algunas operaciones de prensa) diluyan lo tan trabajosamente conseguido.
 
La mejor imagen del Presidente, el aura de María Eugenia Vidal tras haber doblegado la resistencia de los maestros a volver a dar clases y el compromiso del jefe del BCRA, Federico Sturzenegger, con la baja de la inflación, pueden dar fe en sus desdibujamientos del cambio de los vientos en apenas una semana. Y, lo peor, sin vocación de parte del Gobierno de torcer luego lo que le echan a correr. 
 
Puntualmente, esto le sucedió a Cambiemos con el apaleo a los docentes, con la destitución del titular del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA), Alejandro Cacetta, con la suba de las tasas de interés y hasta con la vejación que sufrió un periodista en las puertas del ministerio de Energía, que derivó en la renuncia de un secretario del equipo de Juan José Aranguren.
 
A la hora de comparar desaguisados en una balanza de dos platos, el Gobierno ha tenido la suerte en estos días que los manoseos se han replicado también del lado opositor, más específicamente desde el costado kirchnerista. El vergonzoso uso político y de adoctrinamiento de la “escuela itinerante”, la aparición regimentada de opinadores dedicados a promocionar el advenimiento de una “guerra civil” y la deleznable actitud de hacer un acto partidario en medio del sepelio de Micaela García le cayeron como anillo al dedo al oficialismo porque compensaron sus torpezas.
 
Y eso, sin considerar las debilidades propias de los Kirchner, con procesos que se acumulan en la Justicia y que van dejando a la vista de todos negocios hechos a la sombra del poder, las largas parrafadas de Cristina en las redes sociales o la desastrosa administración de la provincia de Santa Cruz. Lo concreto es que ambas partes de la polarización se han comportado como si fuesen los dos únicos habitantes a cada lado de la grieta y se endilgan mutuamente su profundización. Este recurrente defecto que signa a la sociedad de los argentinos tiene muchos cultores, desde las inscripciones de las remeras que se venden en la denigrante feria en que han convertido a la sucesora de la Carpa Blanca en el Congreso, hasta el pedido de mano férrea del Gobierno contra todo lo que huela a kirchnerismo, tal como hizo mucha gente que salió a la calle el 1-A.
 
 
En este aspecto, por tener la responsabilidad de gobernar, antes que poner algún granito de arena para profundizar las divisiones, los hombres del Presidente deberían avanzar en diálogos con la oposición responsable hacia temas de fondo que aseguren que este año no será perdido, sobre todo porque se han sacado de encima a la CGT al menos hasta octubre y las discusiones con los sindicalistas serán sectoriales a la hora de homologar tal o cuál paritaria. El resultado de las legislativas de octubre es tomado en la Casa Rosada como un test fundamental para saber si Cambiemos podrá avanzar en las reformas que aún tiene pendientes y, por eso, la campaña ya hace bastante que está en marcha. Hay consenso entre los analistas que una cosa serán los dos últimos años de Mauricio Macri si gana la elección, aunque en cantidad de bancas no parece que pudiere haber cambios espectaculares, que si queda atrás aunque sea por un voto especialmente en la provincia de Buenos Aires, más allá de que la actitud de los inversores ya no será la misma en prevención al retorno de algún tipo de populismo en 2019. Lo cierto es que, atribulado por la encrucijada, el Gobierno se la pasa de enamoramiento en enamoramiento, deshojando la margarita entre la política y la economía, para ver si es mejor encarar las elecciones avalando esa mayor dureza que le piden muchos para confrontar con el kirchnerismo o esperando el efecto benéfico de los “brotes verdes” que, ciertamente, tardan demasiado en aparecer.
 
Justamente, lo que demora en encauzarse esta última cuestión ha puesto al Gobierno todo, durante la semana que pasó, al borde de un ataque de nervios. La cuestión no es sencilla, ya que, más que divergencias internas de ejecución de la política económica, quedó expuesta una de las debilidades de diseño, como es la falta de un programa que coordine lo fiscal, la política de ingresos, las tarifas y el financiamiento con las variables que maneja el BCRA, es decir la expansión monetaria, lo cambiario y las tasas de interés como represora de la inflación.
 
En este último tema tan delicado para el bolsillo, el martes pasado, el INDEC registró para el tercer mes de año un aumento general de precios de 2,4 por ciento y para el trimestre una suba de 6,3 por ciento, frente a una pauta de 17 por ciento para todo el año por lo que, para cumplirla, se necesitaría en el resto de 2017 un nivel promedio apenas superior al 1 por ciento mensual. Si bien se sabía que el valor final de marzo iba a estar condicionado por las suba de tarifas, el principal problema de las autoridades fue observar que la llamada inflación núcleo (que no considera precios regulados ni estacionales) se despachó con 1,8 por ciento.
En este contexto, se registró una andanada de críticas de opositores y de sectores productivos y, sobre todo, del lobby de las grandes empresas, hacia la suba de un punto y medio porcentual, hasta un nivel de 26,25 por ciento anual, de la tasa de Política Monetaria que instrumentó Sturzenegger a partir de observar los precios. De acuerdo al principio de la “manta corta”, los críticos estimaron que esa decisión inhibiría de aquí en más cualquier recuperación económica. Como si hubiese reparos o sintieran alguna culpa en un tema tan acuciante, nadie salió desde el Gobierno a copar el discurso, salvo un tímido acompañamiento del titular de Hacienda, Nicolás Dujovne y una referencia más bien voluntarista del Jefe de Gabinete, Marcos Peña, quien aseguró que “el camino” para lograr que descienda el nivel inflacionario “está garantizado”.
 
Más allá del irónico tuit del presidente del Central sobre la “sorprendente cantidad de defensores que tiene la inflación”, quienes descartan los beneficios que tendría sacarse de encima tamaño lastre ya cultural en la Argentina, allegados a la entidad explicaron como ejemplos la performance positiva de Chile, Israel y sobre todo de Perú, “país que bajó la inflación de 84 a 17 por ciento en un año y creció 12 por ciento”.
 
También desde el BCRA suponen que el debate se ha sesgado en su contra y seguramente, porque se sienten solos, defienden a rajatabla la necesidad de “balancear” el discurso: “Todos destacan los costos de
bajar la inflación, pero ninguno de sus beneficios. No sólo genera más crecimiento sino más equidad y no es cierto que estos niveles enfríen la economía”, argumentan con el caso peruano como ejemplo. Y remiten a “mil citas” de Sturzenegger al respecto en todas sus intervenciones públicas. “Nuestra capacidad para contribuir al bienestar de la sociedad es dotarla de una moneda con poder de compra estable como resultado de un entorno de baja inflación. Hemos pasado de un Banco Central que pensaba que podía hacer de todo y que no tenía nada que ver con la inflación a otro que piensa que no puede hacer casi nada, excepto bajar la inflación”, había avisado el presidente de la autoridad monetaria cuando cumplió 100 días de mandato.
 
Para el economista Luis Secco, hoy “la política monetaria está demasiado sola. La recomendación de libros de texto para países emergentes era en los ‘90 que para salir de alta inflación se necesitaba una política fiscal restrictiva y una monetaria expansiva. Hoy, acá es al revés y son incompatibles”, dispara.
 
Si en estos líos de la economía que atacan el bolsillo hay una actitud errática del Gobierno en su conjunto, no menos complicada fue la puesta en debate del caso del INCAA, un agujero negro que viene de muchísimos años y que no puede ser vulnerado aunque pasen los gobiernos, ya que siempre ha servido de caja para los vivos bajo la excusa de la promoción del cine nacional, tema exacerbado por la decisión política del kirchnerismo de reclutar actores para su causa. En este tema, una vez más, el Gobierno equivocó la estrategia y se fue por las ramas sin explicar nada. En vez de denunciar la composición de los comités de selección y las componendas para filmar y recibir subsidios o el modo en que se estrenan películas que en una semana no llegan a ocupar el total de una sala, por culpa del manejo de la comunicación, el debate se instaló en la figura irreprochable del último director, Alejandro Cacetta, a quien el Gobierno primero tiró debajo de un camión y luego rescató como una persona “honorable”.
 
Fue lógico, entonces, que toda la industria saliera a respaldar al cesanteado, como un modo de denunciar que se intentaba desarmar el sistema, aunque la defensa es a todas luces corporativa, con algunas falsedades que nadie en el Gobierno sale a cruzar. Como en el caso de los docentes bonaerenses, que ya se da por hecho que tendrán una suba de 19 por ciento en sus haberes y nadie explica desde la administración Vidal que se les aumentará eso como piso o lo que marque la inflación, en el tema del INCAA también las autoridades se han dejado primerear.
 
Un panfleto interesado que circula y muchas declaraciones que quizás se hacen por ignorancia buscan instalar que el Instituto de Cine es “autárquico” y que, por lo tanto, “no es financiado con nuestros impuestos”. Más allá de una parte que surge de dinero que paga la industria del cable vía ENACOM, según la Ley 24377, el Fondo de Fomento Cinematográfico se nutre de “un impuesto” equivalente al diez por ciento aplicable sobre el precio básico de las entradas de cine “en todo el país, cualquiera sea el ámbito donde se realicen”. Al ser un impuesto sin ningún tipo de dudas pagados por los privados, resulta lógico que la misma Ley mande a que sea verificado por la AFIP. Y si de esmerilamientos se habla, el gran manoseado de la semana fue Edgardo Bauza, un personaje al que las nuevas autoridades de la AFA desgastaron de modo inhumano durante varios días y que terminó demostrándole a los dirigentes que era mejor que ellos. Aparentemente, el caso no tiene mucho que ver con el mundo de la política, pero nunca se sabe.
Fuente: 
Diarios y Noticias