Domingo, 26 Julio, 2020 - 19:28

La renuncia de Evita, una pequeña gran mujer
Por Juan C. Starchevich (*)

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Desde la humildad surge la grandeza porque la verdadera grandeza es la humildad como contenido auténtico que llena de valores haciendo grande a quién la posee. Aquí mismo radica la fortaleza, la piedad como causa irrenunciable en favor de los más necesitados que convierte a la necesidad en un derecho. Radica también el total rechazo a las adulaciones que consiste en alabanzas mentirosas porque entiende que el valor de un cargo público es un honor que exige donarse a sí misma evitando ser exaltada con vanos elogios que fácilmente se disipan y evitando estipendios materiales como pago del amor hacia los que sufren.
 
Esta simple y pequeña mujer era tan grande que se la veía como en lo más alto del país flameando como bandera de un pueblo que no tenía nombre ni dignidad ni respeto; bandera del hombre simple que gana el pan con el sudor de su frente, bandera de la mujer sin derechos, bandera de los indefensos niños desde el vientre materno, bandera de justicia que se alzaba muy alto y sonaba como un trueno; bandera muy suave que acariciaba con dulzura, que cubría a los desamparados y cobijaba a los enfermos.
 
Bandera de banderas en una misión tan fuerte que era más importante que cualquier cargo público. Tantos sufrientes consolados la sienten con la dignidad de ser presentada en los altares, por querer verla en millones de argentinos; por verla madre, hermana, amiga; por verla santa.
 
La exaltaron con la propuesta de la vice presidencia que justificadamente no la ha aceptado y sin lugar a dudas rechazaría con mayor firmeza el estar en los altares. Es evidente que estos la han escuchado, pero no han comprendido.
 
El renunciamiento de Evita no es una renuncia escapista sino una confirmación de aquello irrenunciable que es su causa por Perón y su pueblo, donándose así misma mientras se desvanecía su vida hasta su último suspiro.
 
Ella quería que la mujer sea verdaderamente mujer, femenina y no feminista, desechaba de plano a las feministas por afear el rostro de la mujer y odiar al hombre por no ser como él. Quería un pueblo peronista con sensibilidad, generosidad y grandeza humana capaz de construir una comunidad organizada.
 
Era muy grande, aunque simplemente, era Evita.
 
Flameante bandera abrías el paso
abriste la puerta de la libertad
rompiendo tranqueras y las alambradas
mujer y peones podían votar.
 
Robaste esclavos de estancias y campos
hoy ellos, sus hijos, podrán estudiar.
 
¡Qué rabia tenían los esclavizantes!
por generaciones enseñan a odiar
Algunos obreros, mujeres y pobres
por ir a esa escuela no saben amar.
 
Tremenda grandeza de estampa y bandera
legado de un trono de la dignidad
hoy pisan y escupen tu causa y esmero
el cargo y la plata,
el robo y mentira,
como otra bandera la quieren izar.
 
(*) Ingeniero