Sábado, 17 Febrero, 2018 - 17:52

La doble vida del doctor Zaffaroni

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Por Fernando Iglesias (*)

¿Qué pensaría un marciano si descendiera con su plato volador en Argentina y le explicaran que alguien que fue juez de dos dictaduras, rechazó hábeas corpus de desaparecidos y juró por el estatuto de un gobierno genocida es hoy mandatario de una corte internacional encargada de defender los Derechos Humanos? ¿Qué diría si le contaran que alguien que según su mandato debe combatir la trata de personas alquilaba propiedades donde se ejercía la prostitución? ¿Cuánto se sorprendería de saber que quien debe velar por la Justicia internacional asesora a una ex presidenta nacional procesada por múltiples delitos y la acompaña en sus paseos por Tribunales? ¿Qué conclusión sacaría sobre el funcionamiento de las instituciones interamericanas si supiera que quien por su rol debe abstenerse de participar en cuestiones políticas internas critica diariamente al gobierno argentino y se dedica a anunciar inminentes cataclismos económicos? ¿Qué pensaría del estado mental de un país, nuestro país, si quien debiera ser un guardián celoso de la democracia participa de proclamas golpistas junto a personalidades académicas de la talla de Hugo Moyano y Luis Barrionuevo?
 
No son preguntas retóricas, es claro. Estoy hablando de la rutina diaria del doctor Zafarrancho, alias Eugenio Raúl Zaffaroni. Y todo esto ha hecho, y todo esto ha sucedido y sigue sucediendo en este país después de ocho décadas de alternancia entre dictaduras elitistas y regímenes populistas, terminados con un cuarto de siglo de votar corruptos a sabiendas. Y sin embargo, ¿quién le pone cascabel a Zaffaroni? ¿Quién proclama, como el niño del cuento de Andersen, que el célebre doctor está desnudo y que sus políticas abolicionistas -que el kirchnerismo impuso como doctrina oficial del Estado argentino durante doce años- son causa principalísima de al menos tres de los grandes dramas que enfrenta este país: la inseguridad, la corrupción y el narcotráfico?
 
Conocí al doctor Zaffaroni en el fatídico año de 2001, cuando ocupaba el cargo de interventor del Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo por cuenta de la Alianza. Él no se acuerda, claro. No de mí, lo que sería explicable. De lo que no se acuerda Zaffaroni es de que él fue funcionario de la Alianza y parte del proceso político que llevó a la Alianza. Desde 1994, cuando fue convencional constituyente de la Nación por el Frente Grande. O desde 1997, cuando fue elegido legislador de la Ciudad de Buenos Aires por el Frepaso. Allí estuvo Zaffaroni hasta que De la Rúa lo puso al frente del INADI. Pero no se acuerda, seguro. De otra manera sería incomprensible o canallesco que se escandalizara por los resultados ruinosos de la Alianza y se los endilgara ahora a sus enemigos políticos. Un pequeño olvido. Un fallo de la siempre homenajeada Memoria que le impide también recordar que en 1982, en plena dictadura, era Juez Nacional en lo Criminal de la Capital Federal. De otra manera su reciente declaración "Esto no termina bien. Ya pasó en 1982 y en 2001. Evitemos una catástrofe" resultaría doblemente inexplicable… o canallesca.
 
Y es que el doctor Zafarrancho es el hombre de las mil contradicciones. Lo pintó de cuerpo entero, sin saberlo, Joaquín Sabina, en "Doble Vida": "El juez justo y severo / cada noche devuelve la toga y la ley al baúl… y al ritmo pegajoso de un bolero / en la ciudad prohibida / olvida su disfraz de caballero / lleva una doble vida". No lo digo para censurar comportamientos que al ámbito privado pertenecen, sino por la inocultable y pública duplicidad que es el signo inconfundible de la vida de Zaffaroni; un día, implacable gladiador contra la discriminación sexista, el otro, empresario de una inmobiliaria proxeneta; una década, juez de un poder dictatorial, la otra, jurisconsulto de los Derechos Humanos; por la mañana, magistrado de una prestigiosa corte internacional, a la tarde, puntero de la única abogada exitosa que jamás litigó en corte alguna; un año, autoridad planetaria en Teoría de la Justicia, el año siguiente, confeso populista. "Soy populista. Para mí, el populismo no es una peyoración" afirmó en un reciente reportaje. Populista. Lo que a menos de que haya yo malentendido a Laclau y sus cómplices intelectuales implica considerar a la división de poderes y la independencia judicial como simples máscaras de un poder elitista.
 
¿En qué país del mundo es posible un juez internacional populista? ¿De dónde pudo surgir un personaje como Zaffaroni sino de la Argentina que supimos conseguir, de esta República en disolución desde 1930, de esta tierra del realismo mágico poblada de delirantes que pasaron de apoyar una revolución armada a pedir que liquidaran a como diera lugar a sus heraldos, de esta nación culpógena en la que descolgar un cuadro bastó para exculpar a militantes de la 1050 y votantes de la amnistía militar de Luder devenidos presidentes de la República, a redactores de revistas videlistas llegados a cancilleres, a representantes de la Dictadura ante la OIT que llegaron a ser ministros de Trabajo, a viceministras provinciales de la Dictadura ascendidas a ministras de Desarrollo Social de una revolución imaginaria, a acusados de delitos de lesa humanidad celebrados en la revista de las Madres de Plaza de Mayo y promovidos a jefe del Ejército? ¿Qué otro país pudo ignorar la espeluznante doble vida del doctor Zaffaroni sino esa Argentina naufragada en la alternancia entre dictaduras y populismos que lavó sus culpas con Néstor Kirchner al grito de "¡Las cosas que nos pasaron a los argentinos!" y pasó a considerar campeón de los Derechos Humanos al kirchnerismo, el grupo político que mayor cantidad de eminentes funcionarios proveyó a la Dictadura?
 
No es nada personal con Zaffaroni. Es que la demolición metódica del sistema institucional argentino y el exterminio de todo elemento de civilidad de nuestra vida pública llevaron inevitablemente a una sociedad donde la doble vida es la norma y llamamos política a la aplicación militante de paradojas. Por ejemplo, en todo el mundo se considera que la Izquierda encarna los intereses de la sociedad, y el liberalismo, los del individuo. Aquí, no. Aquí, la doctrina zaffaroniana por la cual los derechos individuales de criminales que atentaron contra la sociedad son considerados absolutos, precedentes e intocables es considerada "de Izquierda". Aquí, defender el derecho de la sociedad a protegerse de asesinos, vándalos y violadores es considerado "liberal", y quienes lo sostenemos somos acusados de fascistas. Aquí habitamos un país donde es posible decirle liberal y fascista a la misma persona. Aquí vivimos en el mundo al revés de María Elena Walsh, donde nada el pájaro y vuela el pez; la fabulosa tierra en la que el perro pekinés se cae para arriba y no puede bajar después; el país donde logró obtener un éxito fenomenal la doble vida del doctor Zaffaroni.
 
(*) Publicado en Infobae