Jueves, 12 Octubre, 2017 - 11:50

La deuda interna de Messi y la obsesión por conquistar el Mundial de Rusia 2018

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Si quisieron consolarlo, le abrieron la herida. Cuando la FIFA lo distinguió como el mejor jugador de la Copa del Mundo de Brasil, mientras los alemanes festejaban el título, hasta a él le pareció una burla. "Este premio no me importa nada", confesó. Y créale, fue así. Quizá nunca más volvería a estar tan cerca de consagrarse. Más allá de cinco o mil Balones de Oro. Era ése día y en el Maracaná para rubricar la victoria más trascendente de la historia del deporte argentino. Pero jugó mal. Desfavorecido por el dibujo y las circunstancias, Lionel Messi igual debió insubordinarse. Condujo a la Argentina hasta un lugar inhabitado por años, y ahí falló. Le dolió más que a nadie. Ya era leyenda, quería ser campeón del mundo.

Acaba de olfatear otra oportunidad. Peligro: genio trabajando. Rusia 2018 ya es su obsesión. Él nos acostumbró a lo extraordinario y cometemos el desliz de pedírselo a toda hora. Habrá que reconocerle varios méritos al catalán antes de despellejarlo. Él sostiene la marca argentina en el mundo y en Quito le evitó a la selección el disgusto de su vida. "Alguna vez llegué a pensar si yo era el problema, si era la causa de los malos momentos que atravesaba el equipo". Vaya autoflagelación, ¿no? La frase se la confió Messi a la nacion antes de Brasil 2014 y retrata su identificación con la camiseta albiceleste. Siempre le dolió el destrato, pero nunca se escondió. Fue despellejado y desacreditado. Jamás abandonó. Atención: no es rencoroso, pero tiene la terquedad de los inconformes.

El asalto final de su carrera

¿Que todavía no ganó nada? Ese simplismo aburre. Tranquilos: otra vez está intentándolo. Es ingrato reducir las culpas a él. Al menos, ahora encuentra en Sampaoli a un entrenador esforzado y permeable a las necesidades del crack.

"Messi no le debe un Mundial a la Argentina, el fútbol le debe un Mundial a Messi. Él es el mejor de la historia", jugueteó con las palabras Sampaoli. Messi siente que se lo debe a sí mismo, nada más esperanzador e inspirador. "Es importante que todos nos unamos, que a la selección le vaya bien. Si todos vamos de la mano es mucho más fácil", arengó e invitó a la vez después del desahogo en Quito. Cumplirá 31 en Rusia. Quizá llegue a Qatar 2022, pero tendrá 35 y ya será otro tipo de futbolista. Si los mundiales fueran su kryptonita, tiene lista la capa para dar la gran batalla. Después de 2014, 2010, 2006. Rusia será el asalto final.

Llorar por la selección

Messi fue de mayor a menor en el Mundial de Brasil. Necesitaba cómplices para su cacería, pero terminó desabastecido en un desierto. El capitán hizo una enorme concesión en beneficio del estilo colectivo que tomó la selección de Sabella. Y la Argentina lo consiguió, a medida que Messi iba quedando como un paria. Así de involucrado estaba detrás de la causa común, que era también la de él: coronarse campeón del mundo.

"Yo todavía tengo en mis oídos el llanto de Lío cuando quedamos eliminados contra Alemania. Yo lo vi llorar a Messi por la selección. Me acerqué y le dije que iba a tener un montón de mundiales de revancha. Se lo dije con el corazón. Todos estaban pensando en la vuelta, en los pasajes... Y él estaba tirado boca abajo, en un costado del vestuario, llorando. Eso es algo que los argentinos deben saber", recordó Maradona cuando la despedida de Sudáfrica 2010 lo dejó vació al capitán. Justo Maradona, que tanto hizo desde su incapacidad para desaprovecharlo.

Cuatro años antes, cuando los penales sacaron a la Argentina de Alemania 2006, mientras sus compañeros se juntaban para consolarse, Messi seguía sentado en el banco de los suplentes, ausente, con los brazos cruzados y las piernas estiradas. Ni un minuto lo había puesto Pekerman. Cuando varios futbolistas caminaron hasta una de las cabeceras para agradecerle al público argentino su aliento, Messi prefirió perderse por las entrañas del estadio de Berlín. Solo. Las críticas no tardaron en crucificar su actitud distante.

"Me fastidió la impotencia que sentí por no poder ayudar al equipo. Pareciera que yo no siento nada, que soy de piedra, que no tengo permitido sufrir a mi manera... La gente que no vivió la intimidad del vestuario desconoce cómo quedé hecho mierda... Y si es por mí, me quedo a vivir en la selección... Mi vieja me contó que en la Argentina estaban todos pendientes de nosotros y...". A Messi se le cortó la voz en diálogo con la nación, al día siguiente, en el aeropuerto de Francfort, antes de tomar el vuelo 4513 de Iberia.

Un héroe contracultural

La deuda interna le quema, tanto como lo amargaba no atrapar el cariño de su país. Discutirlo a Messi era una imprudencia que la sensatez tardó más de lo aconsejable en reparar. ¿Qué sería de la Argentina sin Messi? Asusta pensarlo. El seleccionado, que arrastra déficits muy anteriores al ciclo de Sampaoli, estaría retrasada en el contexto global sin el crack. Sería un equipo de reparto. ¿Le hubiese ganado a Ecuador en la altura? Probablemente no. Es sencillo: sin él, la selección no iba a Rusia. Como siempre, se escapa de la lógica. En nuestro fútbol envilecido en sus valores, Messi es un héroe contracultural porque sostiene a la Argentina.

Lo hizo de nuevo. Asumió la responsabilidad y dejó a resguardo la clasificación más traumática de la historia. Por octava ocasión en su carrera en la selección, la nación lo calificó con un 10. Con Messi se atropellan las estadísticas. Si a sus 61 tantos con la selección mayor se suman los otros 16 oficiales que convirtió con el Sub 20 y el Sub 23, ya son 77 festejos enfundado en celeste y blanco. Messi es tan fascinante que amenaza marcas que están protegidas por décadas. Ya trepó al podio de los matadores entre los países campeones del mundo: Pelé, con 77; el alemán Miroslav Klose, con 71, y él. ¿Atrás? El español David Villa (59), el inglés Wayne Rooney (53), el francés Thierry Henry (51), el uruguayo Luis Suárez (48) y el italiano Luigi Riva (35).

"No es de este planeta, no señor. Quizá sea de Marte o de Júpiter..., pero de acá no es", repetía un hincha a la salida del estadio Atahualpa, de Quito. Messi había subsanado casi todo lo que estuvo a su alcance. En realidad, lo consiguió muchas más veces de las que se le reconoce. Él mantiene viva la esperanza. Eso sí, nunca puede contemplar su obra porque la selección siempre se entrega a su don restaurador.

Él no se persigna cuando pisa la cancha, no entra con el pie derecho, no hace una arenga visceral cuando termina el himno. Gobierna sin estridencias. Su compromiso con la selección es incuestionable. Se sabe que Messi no tiene un don en la expresividad, pero igual atrapa. "Sueño con darle títulos a la selección. Lo que más quiero es que la Argentina gane. Lo diré siempre: cambiaría todos los récords por consagrarnos en un Mundial".

Siempre va por algo más y calibró la mira. Será porque lo que no se permite el genio es descansar. Sentirse cómodo con lo que sabe y le da éxito hasta lo puede aburrir; entonces evoluciona y su ambición lo guía. Rusia ya es su obsesión.

Fuente: 
La Nación