Miércoles, 1 Enero, 2014 - 17:42

La caída: autoengaño y ensoñaciones mentirosas buscan tapar el fracaso de la experiencia populista
Por Aleardo F. Laría

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La película "La caída" -protagonizada por Bruno Ganz en el papel de Hitler- narra de forma magistral los últimos días de un Führer agobiado frente a las evidencias del inminente derrumbe del régimen. Lo que el filme destaca es el grado de autoengaño en el que había incurrido el grupo de dirigentes nazis que comenzaron a mentirse entre sí de modo sistemático, incapaces de reconocer una realidad que no guardaba la menor relación con la que habían imaginado. Salvando las obvias distancias históricas con la actual situación argentina, existe sin embargo una brizna de polvo común que muestra la dificultad de los hombres que están en el poder para reconocer las señales que indican su inexorable fracaso. 
 
Cabe analizar en este contexto de final de ciclo la devoción casi religiosa que ha venido profesando por este gobierno conservador un sector de intelectuales argentinos que se autocalifican de progresistas. Es un agrupamiento que se sintió tempranamente entusiasmado con la convocatoria efectuada por Néstor Kirchner a crear un movimiento transversal en el que iba a confluir el peronismo tradicional y la izquierda. Se trataba de repetir el oxímoron de crear un "partido auténtico" peronista de izquierda, experimento que en los años setenta fuera literalmente enterrado por las Tres A.
 
Ideológicamente, estos sectores provenían, en su gran mayoría, de un conglomerado que por esos tiempos se identificaba como la "izquierda nacional". Habían abrevado en el marxismo-leninismo pero marcaron distancias con la izquierda tradicional -integrada por comunistas y trotskistas- a la que descalificaban por "gorila". Las señas de identidad de esta izquierda nacional eran su desprecio por la democracia liberal; la adopción de un programa que sin mayores precisiones proclamaba la instauración del "socialismo nacional" y, fundamentalmente, su embeleso con los liderazgos populares, al estilo de Juan Perón y Mao.
 
El entusiasmo revolucionario de aquellos jóvenes imberbes era comprensible. En los '70 no se había producido el derrumbe del régimen soviético y tanto la Unión Soviética como la China maoísta parecían regímenes de una enorme solidez. Muchos intelectuales, aún conservadores, pensaban que el mundo marchaba en forma inexorable hacia el socialismo.
 
En América latina, la Cuba revolucionaria de Fidel Castro era mirada con indulgencia no exenta de admiración, pese a sus prematuros pecados de autoritarismo. Era una época en la que los jóvenes creían en que la clase obrera tenía reservado un lugar en el paraíso.
 
Producida la caída del Muro de Berlín, toda aquella fantasía se derrumbó. Cuando se conocieron los millones de seres humanos exterminados en el gulag soviético, los ideales revolucionarios se marchitaron. Los hermanos Castro, en Cuba, no pudieron ocultar por más tiempo las viejas arrugas de los dictadores. En la Argentina, el único resultado visible que obtuvieron las organizaciones armadas que predicaban su amor por la revolución fue la instauración de una feroz dictadura autoritaria que vulneró todos los derechos humanos imaginables. De todo aquel bagaje ideológico, lo único que esa izquierda nacional conserva en la actualidad es la estructura del gastado discurso emancipatorio y su fobia hacia el liberalismo político.
 
Según su particular visión maniquea, lo determinante sigue siendo "a quien se saca y a quien se da". Es una arraigada convicción proveniente de la teoría de la lucha de clases que entiende a la política como un juego de suma cero, donde todo gira alrededor del reparto de la riqueza, no de su creación. De allí, que resulten fácilmente cooptadas por los discursos populistas que aparecen disputando el poder a los grupos dominantes. Es una izquierda que se siente enormemente seducida por los líderes mesiánicos que hacen un llamado al pueblo a "combatir al capital", aunque luego esos líderes se cuiden de llevar adelante sus amenazas y en lo personal adopten comportamientos propios de los más voraces tiburones capitalistas. Han pasado, sin hacer estación, de predicar la lucha armada a convertirse en evangelistas de los derechos humanos; de defender la dictadura del proletariado a reivindicar los treinta años de democracia. Los pocos que han hecho una autocrítica rigurosa son descalificados como "conversos".
 
En definitiva, es una izquierda enamorada de la retórica y por consiguiente muy poco dispuesta a reconocer la realidad y a levantar las pesadas hipotecas de su pasado. La consecuencia indeseada de este autoengaño colectivo es la enorme dificultad que tiene para examinar los resultados de la gestión del gobierno "nacional y popular" y hacer un uso didáctico de sus incuestionables errores. El convencimiento de que se está librando una dura batalla épica por la emancipación de los pobres los lleva a perderse en las brumas de una burbuja cognitiva que les impide apreciar cualquier realidad que difiera del idílico relato.
 
Se asiste ahora al fracaso estruendoso de la experiencia populista. Los cortes de luz, los luctuosos accidentes ferroviarios, el déficit energético, la inflación desbocada, la falta de inversión productiva, la irreductibilidad de la pobreza estructural, la inseguridad, los saqueos y la expansión exasperante de la protesta extorsiva son todos síntomas elocuentes de gruesos errores gubernamentales que se fueron acumulando a lo largo de una década. La retórica sólo ha servido para ocultar los problemas de gestión o dejarlos crecer abandonados a su propia dinámica.
 
Como acontecía en las postrimerías del régimen nazi, ha imperado el autoengaño y las ensoñaciones mentirosas. Los costos mayores recaerán sobre los sectores más humildes, los supuestos destinatarios de los beneficios de la "década ganada". Tal vez, el único saldo positivo que deje esta experiencia populista sea un cierto aprendizaje colectivo.
Es probable que la sociedad argentina, en lo sucesivo, preste mayor atención a las cuestiones pragmáticas de la gestión y rechace las sonoras convocatorias a librar batallas contra los "enemigos del pueblo". No es seguro que tal efecto se verifique, pero luego de tantas tribulaciones es plausible pensar que por fin se está mucho más cerca del acierto que del error.