Miércoles, 26 Junio, 2019 - 18:54

Kirchnerismo y “hegemonía”
Por Luis Rodríguez Martínez (*)

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A ningún observador precavido le escapa que, durante los últimos años, sobre todo desde que Mauricio Macri asumió la presidencia, se han multiplicado los conflictos sociales protagonizados por diversos colectivos vinculados al ecologismo, indigenismo, organizaciones sociales, piqueteros, ideología de género, asociaciones de actores y demás trabajadores de la cultura, etc., con el aditamento de la clásica e inveterada presión sindical ejercida por los gremios peronistas cuando el justicialismo no detenta el poder.
 
Tampoco, que el ritmo y efervescencia de la protesta por momentos se va incrementando de manera vertebrada, generando la sensación de que el gobierno carece de capacidad para controlar la situación e imponer su autoridad. Esta fotografía, consecuente con la máxima peronista que predica “ganar la calle” como método de control político, no es casual o fortuita, sino que obedece a un plan pergeñado por los teóricos del kirchnerismo y del “socialismo del siglo XXI”.
 
Cualquier ciudadano advertirá que los diversos grupos sociales que expresan estas demandas y reivindicaciones han sido cooptados por personas y dirigentes de izquierda. Sin perjuicio de la justicia y legitimidad de los reclamos para el conjunto de la sociedad, quienes usufructúan política y mediáticamente estas luchas son los partidos de izquierda liderados por el kirchnerismo. Allí donde florece o incuba un descontento popular aparece, por arte de magia, un dirigente de izquierda que se transforma en cabeza visible de la protesta.
 
Como dice Agustín Laje, en coautoría con Nicolás Márquez, en su obra “El libro negro de la nueva izquierda”, 2016, ed. Grupo Unión, el proletariado en el mundo actual no puede ser sujeto de la revolución socialista como enseñaba Marx, pues en los países desarrollados el obrero, más que en la lucha revolucionaria, piensa en cambiar de vehículo.
 
Luego de la caída del muro de Berlín e implosión de la Unión soviética, la izquierda abandonó la lucha armada como estrategia para acceder al poder y la sustituyó por una batalla cultural a la que asistimos en la actualidad. Ya no es la clase obrera la que lucha para desalojar a la burguesía del poder, sino los diversos grupos sociales portadores de reivindicaciones que van ganando terreno “dentro” del sistema democrático hasta lograr su destrucción. Es evidente la mutación respecto del marxismo leninismo que propugnaba expulsar del poder a la oligarquía mediante la guerra revolucionaria, vale decir, desde fuera y contra el orden institucional.
 
En apariencia, las minorías que agitan las protestas marchan separadas y carecen de vinculación, pero tienen todas un componente ideológico y político común: el odio a la sociedad capitalista occidental.
 
Todas se solidarizan en su cruzada contra el mundo desarrollado (Norteamérica y Europa); en todos los movimientos sociales subyace la pretensión explícita o solapada de sepultar el capitalismo bajo diversos argumentos. Las feministas dirán que el sometimiento de la mujer es una perversión que debemos a la sociedad capitalista que instauró el patriarcado; los indigenistas, que el avasallamiento de sus derechos proviene del imperialismo europeo, ahora capitalista, ya que cuando España descubre América el capitalismo no había nacido; los ecologistas, que la depredación del medio ambiente es una derivación de la voracidad industrial capitalista (con sobradas razones); los movimientos sociales radicales, que el orden vigente es repudiable por injusto, propugnando su reemplazo por un sistema socialista, e idéntica postura adoptan algunos sectores de la Iglesia Católica.
 
Ahora cabe preguntarse, ante tal pluralidad de actores y diversidad de protestas, supuestamente atomizadas, ¿cómo se conduce la izquierda para lograr su objetivo que no es otro que destruir el orden burgués imperante?
 
La respuesta la da Ernesto Laclau en su obra “Hegemonía y estrategia socialista”, 1986, autor de cabecera del kirchnerismo, en cuyo criterio el proletariado ha dejado de ser el sujeto de la revolución como postulaban Marx y Gramsci, siendo sustituido por diversos actores sociales, cada uno con su discurso ideológico particular, acentuando los conflictos hasta el paroxismo, librando una “batalla cultural” contra el capitalismo.
 
Es difícil conocer si las multitudes que encarnan los diversos grupos contestatarios tienen conciencia o están persuadidas de formar parte de un plan que pretende otorgar certificado de defunción el mundo capitalista y a su sustento jurídico que es la democracia republicana, fundada en los derechos individuales, la propiedad privada, la división de poderes y la independencia del poder judicial. No pretendo en este artículo abrir juicio sobre el marxismo o sobre la justicia de las reivindicaciones de las minorías (a veces mayorías, como en el caso de las mujeres), sino describir o explicar los acontecimientos y su sentido político. Más que un análisis valorativo o axiológico se trata de un abordaje fenomenológico.
 
(*) Abogado. Presidencia Roque Sáenz Peña