Domingo, 12 Enero, 2014 - 09:41

Inversión de la causa
Por Jorge Fontevecchia

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Las limitaciones cognitivas del pensamiento humano no pocas veces nos hacen caer en una circularidad donde aquello que fue pensado para solucionar un problema termina fomentándolo. 
Esta es una reflexión que cabe para el futuro del peronismo, que, nacido para combatir la injusticia social, logró muchos avances en esa materia durante sus primeros años, pero cada vez hay más evidencia de su estancamiento en las mejoras y hasta de que pueda impedir que otras mejoras continúen produciéndose. El kirchnerismo, como un eslabón de la cadena peronista, reproduce la misma dinámica: obtuvo progresos en su primera fase, luego se estancó y desde hace años administra un ciclo de deterioro dedicado a la reducción de daños.

Podría decirse que todos los gobiernos tienen su momento de enamoramiento y de desilusión, y uno de los servicios de la democracia a la sociedad es producir el continuo recambio con transiciones ordenadas. Pero en Argentina asistimos al fenómeno de la continua sucesión de gobiernos peronistas, y donde en el mayor distrito electoral del país, la provincia de Buenos Aires, en las últimas elecciones los candidatos de distintas corrientes peronistas superaron el 80% de los votos. 
La tentación de caer también en la circularidad, explicando que cada vez obtienen más votos porque cristalizan un número creciente de pobres, resulta una simplificación. Es, a lo sumo, una consecuencia.

El peronismo surgió transformando en sujeto político a los pobres, que hasta entonces estaban carentes de representación, y últimamente pareciera no tener más recetas que la repetición de aquellas que fueron útiles hace décadas y que ahora, en su obsolescencia, terminan retroalimentando el problema.

Pero también es responsabilidad de la sociedad, que con su voto elige ese camino probablemente porque ya a esta altura ser peronista y ser argentino vayan confluyendo en un punto de indeterminación, o estuvo siempre latente y Perón tuvo el genio de sintetizarlo en su partido.

Esta semana, 200 mil personas fueron a transmitir su devoción por el Gauchito Gil, el santo rebelde. Llevamos la transgresión en el alma haciéndola nuestra característica ideológica más significativa.

Si no fuera por las consecuencias en el conjunto, resultaría tragicómico una primera semana del año con el Rally Dakar cortado por un piquete de trabajadores tabacaleros que en Tucumán reclamaban el pago del subsidio del Fondo Especial del Tabaco que paga la Nación (Argentina es uno de los pocos países del mundo que no aprobaron el Convenio Marco para el Control del Tabaco de la ONU, que prohíbe el subsidio a la producción de tabaco) o que la segunda autopista más transitada de la capital del país fuera cortada durante ocho días por un piquete de apenas veinte personas.

No se trata de tener una visión antiprogresista, sino de preguntarse si finalmente contribuimos al progreso de los más necesitados y con ellos, como no podría de ser de ninguna otra forma, al conjunto de la sociedad, defendiendo con tanta exclusión el derecho a la protesta sin poner el mismo énfasis en generar la riqueza que combata la pobreza desde sus cimientos.

Tampoco se trata de adscribir a la teoría del derrame, enarbolada como fundamento monomaníaco por el neoliberalismo, sino de la lógica del sentido común que enseña que cualquier virtud que se extreme se convierte en defecto y agrava lo que viene a reparar.

La inflación es uno de los tantos ejemplos de esa rebeldía, que nace como una búsqueda de poder aumentar el gasto público y mejorar las condiciones de vida de alguna parte de la sociedad para luego terminar en la inversión de la causa, con los sectores de menos recursos más castigados. El ahora opositor Hugo Moyano decía al comienzo del kirchnerismo que un poco de inflación era bueno. En aquellos primeros años los aumentos salariales comenzaron siendo el 6%, luego el 12%, más tarde el 20%, y ahora si no llegan al 30% los sueldos perderán poder de compra, que es lo que está sucediendo.

La enorme mayoría de los primeros mandatarios del mundo querría mejorarles la vida a sus ciudadanos rápidamente para luego cosechar su aprobación en votos. Pero el sentido común enseña que no crece más rápido la flor tirando de su tallo. Se la termina cortando.

Otro ejemplo actual es el descrédito de las Madres de Plaza de Mayo, cuando se pretendía glorificar su causa. Es que la herencia transgresora se esparce en todos los campos. Gran parte de la dirigencia del país también practica una forma de ser por la cual casi siempre todos los fines justifican los medios, lo importante es el resultado actual y no la forma en que se lo obtuvo o la durabilidad de ese logro en el futuro.

Podría decirse que Perón fracasa de éxito al convencer a casi toda la Argentina con su prédica, dejando de ser un partido político para pasar a ser una cultura: Macri, Massa, Scioli o Clarín, por poner sólo cuatro ejemplos de los más importantes actores políticos actuales, se comportan de la misma manera. Combatir sin cuartel al kirchnerismo, creyendo que los principales problemas se solucionarán cuando se vaya, es otra forma de inversión de la causa.

Al presidente que surja en 2015 le tocará un tiempo en el que generacionalmente ya casi no quedarán peronistas de pura cepa. Pero permanecerá ese rasgo cultural transgresor, tan bueno en tantos aspectos sociales y más aún para construcción de talentos individuales, pero contraproducente en todos aquellos campos donde lo que se termina fomentando es la inversión de la causa.

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