Viernes, 30 Julio, 2021 - 14:19

Fue víctima de trata y logró sobrevivir: la historia de Sonia, una chaqueña que agradece "la desobediencia"

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Sonia Sánchez, es una militante feminista oriunda de Chaco, aunque con apenas 16 años llegó a Buenos Aires. Con el peso del hambre y la falta de trabajo, sumado a la de un techo y una educación, Sonia fue víctima de trata de personas, donde una organización la obligó a prostituirse y sufrió violaciones.
 
“Cuando hay hambre no hay libertad”
 
En una entrevista realizada por Mariana Fernández Camacho para Infobae, Sonia comienza el diálogo con una dura declaración, “el Estado es el primer proxeneta, el dueño de la fábrica de putas. Son los gobernantes de turno los que violan nuestros derechos, nos empobrecen con políticas públicas vacías de inclusión y queda únicamente sometimiento. Los demás entonces hacen uso y abuso de nosotras, las pobres. Es que cuando hay hambre no hay libertad”.
 
“Fui puta porque me faltaron tres centímetros”
 
Sonia contó que tuvo intenciones de ser Policía pero que a causa de su estatura no lo logró. “Antes de viajar a Buenos Aires me enteré de una convocatoria en Resistencia para ser policía. No teníamos dinero para pagar el pasaje, por eso mi papá me llevó a hacer dedo en la ruta. Cuando llegué había tres cuadras de cola. Después de presentar DNI y partida de nacimiento, nos tomaron una prueba de matemática, historia y lenguaje. Aprobé y me pasaron a otro cuarto para medirme. Recuerdo que pidieron que me sacara los tacones. Medía 1.57 y el mínimo para ser policía era de 1.60 metros. No pude entrar. Así que volví a la ruta, a dedo hasta Villa Ángela otra vez y a los tres meses me subí a un micro a Buenos Aires donde terminé siendo prostituida. Fui puta porque me faltaron tres centímetros”.
 
 
La entrevista, publicada en Infobae, continúa y Sonia relata cómo fue su estadía, en un principio, en Buenos Aire. “Una de mis seis hermanas ya trabajaba en la capital cama adentro y me recomendó con una amiga de su patrona. Me tomaron como la única empleada para una casa muy grande. Me acostaba a la una de la madrugada y a las 05.30 am ya estaba arriba. Tenía libre la tarde de los domingos nada más y aprovechaba para leer diarios. Ahí empecé a darme cuenta de que encima me pagaban muy poco en comparación con lo que ofrecían en otros lugares. Pedí un aumento, no me lo quisieron dar y me fui”.
 
No lo dudó, pagó una habitación en Flores y con algunos pesos que le quedaban compró leche y el diario para ver los clasificados.
 
“Tenía miedo, hambre, frío… y nadie me veía”
 
“Nadie me conocía ni podía dar referencias sobre mí. Al poco tiempo terminé en la calle. Ni siquiera me dejaron entrar a la habitación para sacar mis cosas. Solo la ropa puesta y la cartera con mi documento. Se me apareció una realidad que desconocía en esta gran ciudad que es un monstruo, sin saber a dónde ir. Recuerdo que me senté en la plaza Flores. Estaba desesperada, pero nadie me veía. Tenía miedo, hambre, frío… y nadie me veía”.
 
“`Nada, sentate, los hombres van a hacer todo´”
 
Una noche, con apenas 16 años, Sonia se encontró en Plaza Miserere, donde sobrevivió durante algunos meses. Allí aprendió a revolver la basura de la cual se alimentaba y conoció a una mujer que la indujo, según cuenta en la entrevista publicada en Infobae, a prostituirse.
 
 “En Miserere se me cortó la menstruación, aprendí a revolver la basura para comer y se fortaleció el miedo. Un día me acerqué a una mujer que andaba seguido por ahí y le conté lo que me estaba pasando. Ella me dio unas monedas, me dijo que comprara un champú, jabón y que me duchara en el baño de la estación. Volví a la plaza y le pregunté: `¿Ahora qué hago?´ Me dijo: `Nada, sentate, los hombres van a hacer todo´. Tal como ocurrió. En ese lugar de expulsión que estaba, me prostituyeron”.
 
Lo que comúnmente se conoce como “clientes”, Sonia los llama “torturadores-prostituyentes”, es que, desde su lugar, Sonia milita un feminismo abolicionista que entiende la prostitución como una forma de violencia contra las mujeres. Algo que está íntimamente relacionado con la trata de personas.
 
Pasaron meses y Sonia logró conseguir una oferta laboral como camarera, pero había un inconveniente, era en Río Gallegos, aunque la otra parte del anunció fue lo que más importó a Sonia “buen pego”. Tras una entrevista con el hombre, acordaron que el viaje sería costeado con el sueldo, ya que Sonia no tenía dinero. 
 
“Donde me dejaron a mí era el prostíbulo vip, porque era el único con todas chicas menores de edad”
 
A la madrugada del día siguiente Sonia subió a un avión con destino a Río Gallegos. Tenía miedo. Al aterrizar la esperaba un remisero con un letrero con su nombre, según cuenta el portal.
 
“Cuando estábamos llegando noté que era una zona de bares. Más tarde supe que lo llaman `las casitas de tolerancia´. Dos cuadras de prostíbulos pegados. Donde me dejaron a mí era el prostíbulo vip, porque era el único con todas chicas menores de edad. Éramos muy delgadas y nos vendían ropa de cuero y tacones de muy buena calidad. Obvio que nos descontaban. Igual que los artículos de limpieza y la comida”.
 
Las casitas de la tolerancia: cinco habitaciones alrededor del bar, dos chicas por pieza y 24 horas de música fuerte y luces de colores.
 
“Entre nosotras no hablábamos. Teníamos mucho miedo. En la prostitución hay mucho silencio y soledad. Pasábamos la mayor parte del tiempo acostadas, por el cansancio físico y emocional. Salíamos a la calle cada 15 días a actualizar la libreta sanitaria, que en realidad era un tipo que cobraba y ponía un sello. Nunca nos revisaron ni nos hicieron estudios”.
 
El rito del bautismo
 
“Quedé internada. A las dos semanas volvieron a buscarme y me llevaron de vuelta al prostíbulo”
 
Así lo llamaban a la violación masiva de las nuevas. Sonia quedó capturada un lunes en el prostíbulo de Río Gallegos y el viernes el lugar cerró al público. Había que cumplir con “el rito del bautismo”.
 
“Fue una violación masiva y a la vista. 25 varones de distintas edades. Todos pasaron por mí, más de una vez. Se arengaban. Le decían el `bautismo´, y a todas les habían hecho lo mismo. Quedé internada. En el hospital sabían de dónde me habían traído lastimada, sin embargo, ninguna enfermera o enfermero, ningún doctor ni las personas que limpiaban me ayudaron. Porque era una puta y a nadie le importa una puta. A las dos semanas volvieron a buscarme y me llevaron de vuelta al prostíbulo”.
 
Sonia No recuerda cuándo, ni cómo, ni en qué tiempo sucedió, pero logró volver a Buenos Aires. Tiene apenas recuerdos sueltos y vivencias negadas. 
 
“Pude decir basta después de una tremenda golpiza que me dio un torturador prostituyente una tarde en un albergue transitorio en Condarco y Bacacay. Me animé a decirle que no a una de las prácticas violentas sexuales que me pidió y el tipo empezó a pegarme, porque la puta debe obedecer y yo desobedecí. Me salvó el conserje. Vinieron de la comisaría 50, lo arreglaron con una coima y el tipo se volvió a la oficina. Yo, en cambio, volví al hotel donde estaba alquilando y entré en un shock emocional muy profundo. Hasta ese momento nunca había llorado. No tenía tiempo para llorar, tenía que ser fuerte, tenía que sobrevivir, porque cuando sos puta estás en riesgo todo el tiempo. Pero ese día me lloré la vida. No escapé y me quedé frente al espejo para ver lo que habían hecho de mí. Ahí comencé a decir basta”.
 
 
El siguiente paso era reconstruirse, un procesos doloroso y largo, que según cuenta a Infobae, aún no lo terminó. “Tenía que reconstruirme. El largo camino a casa, que no es la casa material sino aprender a habitar mi cuerpo. Es el ejercicio más largo que hice y el que todavía no terminé. Recuperar mi cuerpo, porque en la prostitución tu cuerpo es alquilado, es expropiado por el proxeneta. La puta no conoce su cuerpo. Yo tenía que conocer mi cuerpo, dejar de rechazarlo. Ni siquiera lo miraba cuando me duchaba. Ejercité recuperar mi cuerpo bajo largas y muchas duchas. Me obligué a mirarme. La primera vez que me vi desnuda no aguanté, me largué a llorar y salí rápido de la ducha a secarme. Insistí. Lo volví a hacer hasta tolerar mirar mi cuerpo, y aceptarlo para así aceptarme”.
 
"Aprendí a acariciar acariciándome, también tuve que aprender a abrazar, porque a la puta nadie la abraza, solo hay violencia"
 
En ese lapso, Sonia se permitió sentir amor, debió ejercitarlo consigo misma ya que “a la puta nadie abraza, solo hay violencia”. 
 
“Yo necesitaba aprender a acariciar, porque desde los 16 años que solo conocía manoseos. Entonces aprendí a acariciar acariciándome. También tuve que aprender a abrazar, porque a la puta nadie la abraza, solo hay violencia. Entonces aprendí a abrazar abrazándome. Fueron ejercicios maravillosos que me llevaron varios meses. Cuando aprendí a abrazar abrazándome y a acariciar acariciándome entendí que había empezado a quererme”.
 
Otra de las cosas que se permitió fue alzar la voz y tomarla como herramienta de lucha. Comenzó así a recorrer librerías por calle Corrientes hojeando libros a la salida de su trabajo, en la fábrica de cucuruchos de helados donde consiguió finalmente, un trabajo. 
 
“La próxima posta, en la que estoy hoy, es aprender a desear. Porque dentro de la prostitución no deseas nada, sobrevivís. Pero entendí que desear es estar viva, y yo estoy viva y aprendiendo a desear sin miedo. Desear amar, desear ser amada. Desear mientras trabajo los dolores y los miedos para poder ser libre”.
 
La representa una frase guía: “Desobediencia, por tu culpa soy feliz”.
 
“Si no hubiera desobedecido a la sumisión que me habían inyectado dentro de la prostitución hubiera seguido siendo puta. Por eso para mí la desobediencia es fundamental. Me permitió mover del lugar de explotación donde estaba para cuestionar y exigir al Estado y a mis gobernantes una vida libre de violencias. Gracias a la desobediencia hoy ya no soy puta”.