Miércoles, 13 Mayo, 2020 - 12:11

Épica ausente
Por Luis Rodríguez Martínez (*)

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La pandemia de coronavirus pone en evidencia múltiples miserias humanas, conductas heroicas, temores, angustias, sobremanera, la madera de la cual están hechas las naciones. Las respuestas de los diversos países al flagelo, sus reacciones, están signadas por su historia, su pasado, su bagaje de valores y creencias.

Esto es incuestionable si ponemos atención en el grado de temor con que afrontan la posible propagación del virus. Hay sociedades que se han acuartelado por el pánico, que soportan todo tipo de medidas restrictivas de sus libertades dispuestas por el poder del estado en que confían ciegamente (caso de Argentina); otras, sólo inducen a sus pueblos a tomar conductas de precaución, pero han limitado las libertades en la menor medida posible, en lo indispensable para evitar una catástrofe (EEUU y países que fueron parte del imperio británico, Australia, Nueva Zelandia); países que, no obstante la amenaza del coronavirus, han continuado su ritmo de vida habitual, sin imponer cortapisa a los derechos de sus ciudadanos, verbigracia, Suecia.

Observando lo que acontece en estas latitudes, no me parece digno de destacar el comportamiento del pueblo argentino; aceptó pasivamente, sin protesta, una suerte de pena privativa de libertad impuesta por el poder de turno.

El bombardeo mediático de la TV nacional hizo su labor: imágenes de camillas trasladando muertos; videos de médicos y enfermeros exhaustos y desfigurados por los barbijos; construcción de fosas para entierros masivos; gobiernos que anuncian la compra de bolsas para cadáveres; paranoia de vecinos que no admiten en la proximidad de sus domicilios agentes de salud; profecías apocalípticas de científicos que afirman que el contagio masivo, universal, es inevitable.

Como en la era en que vivimos la realidad no es tal si no es reflejada por los medios audiovisuales, un pueblo cómodo, no dispuesto al sacrificio, se entregó a la histeria colectiva generada por interminables horas de TV en las que desfilan personajes variopintos que dan cátedra sobre la gravedad de la pandemia o la manera de hacer más placentera la cuarentena.

En el interior del país los territorios están fraccionados, incomunicados; muchos intendentes han fortificado los límites de sus municipios con barricadas; ciudades que no tienen casos positivos no admiten la entrada de ciudadanos de otras que sí los tienen; en esto Chaco es paradigmático, Sáenz Peña rechaza gente de Resistencia, pero surgido un caso de coronavirus en La Termal, son las demás ciudades las que prohíben el ingreso de saenzpeñenses.

Me pregunto, ¿no es esto por ventura una locura? Dónde quedaron archivados los principios de solidaridad, patriotismo, unidad nacional, que aprendimos en la escuela. Ante un desafío importante, que ni remotamente tiene la gravedad de una guerra, terremoto, ni nada que se le parezca, Argentina se transforma en el pueblo más pusilánime del planeta, donde el interés personal, el miedo, propicia una suerte de anarquía, de sálvese quien pueda a todo evento, aunque ello signifique arrasar con la constitución, las libertades y el sentido común.

Nuestro país enfrentó epidemias más letales y devastadoras que la actual. En 1871 Buenos Aires fue asolada por una epidemia de fiebre amarilla que produjo, según las estadísticas más confiables, quince mil muertos, casi el diez por ciento de la población de la ciudad. El país luchó valerosamente con los medios con que contaba; se formaron comisiones de salud pública que asistían a los enfermos, aislaban los barrios con mayores contagios, hubo bajas entre los integrantes de la comisión, la imagen del ex presidente Mitre creció exponencialmente, pues personalmente participó de la lucha contra la epidemia, lo que fue resaltado por la prensa de la época.

Por contrapartida, fue muy criticado el presidente (en ejercicio) Sarmiento quien, apenas iniciada la epidemia, se trasladó en tren hacia los suburbios de Buenos Aires con sus cinco ministros e integrantes de la Corte Suprema de justicia. Los diarios entendieron que era una decisión reñida con la valentía y honor que se esperaba del presidente en circunstancia tan dramática.

A ciento cincuenta años de la masacre de fiebre amarilla, pereciera que el espíritu patriótico, la épica de nuestros gobernantes, está ausente; ni siquiera se animan a sesionar con tapabocas y distancia física; en el mejor de los casos, pretenden hacerlo on line, no quiera la providencia divina que alguno fuere afectado por el virus asesino. 

La sociedad no le va en zaga; nadie se conmueve con las víctimas de accidentes de tránsito que ascienden a miles por año, suma considerablemente mayor a las que ocasionará la actual pandemia; con las muertes vinculadas al consumo y tráfico de estupefacientes; con las víctimas de la inseguridad; con los desnutridos del norte que el periodismo porteño cada tanto pone en el candelero.

La atención está concentrada en forma exclusiva en el coronavirus que ha cosechado hasta el momento trescientas muertes, sobre una población estimada de cuarenta y cuatro millones de habitantes; casi todos los fallecidos, de edad superior a la esperanza de vida  argentina, setenta y seis años.

La moraleja no es otra que comprobar el éxito y eficacia extraordinarios que tienen los estados nacionales para orientar la opinión pública y la manera distante de la crítica, del análisis, con que los pueblos asimilan sus mensajes.

En un reportaje que recientemente hicieron al escritor y periodista Jorge Asís, expresó:  "Hay un tráfico de angustias existenciales, te corren con los muertos de otros países. De los que dan positivo, el cinco por ciento llega a terapia intensiva y sólo muere el cuatro por ciento de ese cinco por ciento. El actual gobierno actúa en función de muertos imaginarios”.

¿Se justifica una cuarentena tan estricta como la decretada por el gobierno argentino, y sus diversas prórrogas, cuando el número de fallecimientos es ínfimo en relación a la población total? ¿Es efectivamente proporcionado el bloqueo total respecto de las proyecciones que se manejan? ¿No es acaso posible que el sistema sanitario argentino pueda atender satisfactoriamente las necesidades que demanda la circunstancia y resulta absurdo sembrar espanto?

Estas preguntas serán respondidas con el tiempo, más lo que asombra es el pánico de los ciudadanos frente a un desafío que no tiene la dimensión fantasmagórica que la prensa le ha asignado.

Quedó en evidencia que no estamos los argentinos para ninguna cruzada que demande sacrificios y grandeza; para emular epopeyas de generaciones pretéritas que llevaron al país a ser uno de los más importantes de la tierra. También, que la democracia, las libertades, el respeto de la ley, no son una prioridad en el imaginario popular, que una epidemia puede ser la oportunidad para sacrificarlas sin sentido en favor de gobiernos autoritarios.

Es comprensible el pavor que siente el ciudadano común, pero haciendo una simulación que quizás no venga al caso, es una nimiedad en comparación con el que debieron experimentar los soldados que acudieron a la guerra de Malvinas, el que actualmente sufren los agentes del sistema de salud, médicos enfermeros, auxiliares, etc.

Al comienzo de esta nota hice mención a la madera de la que están hechas las naciones, muchas de ellas inmortalizadas por gestas militares como las dos guerras mundiales; hay otras que a su vez pretenden la inmortalidad de sus ciudadanos, pero sin épica, sin grandeza, y en este grupo está Argentina.

(*) Abogado.
Presidencia Roque Sáenz Peña