Sábado, 4 Enero, 2014 - 17:27

El estruendoso ruido del silencio presidencial: aun con tremendo desgaste, Cristina siguió dando que hablar
Por Hugo E. Grimaldi

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Cuando Cristina Fernández decidió no sólo tomar unas reparadoras y más que lícitas vacaciones en El Calafate, sino desaparecer de la escena tras haber sobrellevado una delicadísima cuestión de salud, quizás no midió del todo ese sano consejo de sus médicos, en especial desde el ángulo de la imagen.
 
Probablemente, el respeto por la enfermedad que le inculcaron los profesionales o la presión de su familia más directa o ambas cosas a la vez la hicieron avanzar en una línea de estudiado silencio que, por extensión, la llevó al desgaste que le ha sumado la lejanía o, si se atienden las voces críticas, la indiferencia. Y aunque no parece ser bueno para ella, igualmente y por omisión, ese estudiado mutis le sigue dando presencia. Si bien la Presidenta no podía saber de antemano que las no refutadas denuncias que involucraron al empresario Lázaro Báez en relación a los hoteles de su propiedad en el Sur o que la rebelión policial primero, los interminables cortes de luz y agua en Capital Federal y GBA o la explosión inflacionaria, los ataques físicos y los despidos ideológicos que sufrieron algunos periodistas o los sucesivos traspiés de sus funcionarios que se verificaron en medio de su descanso iban a generar muchísima bronca entre la gente, tanta mudez terminó por complicarlo todo. 
 
Además, para la tradición personalista de los argentinos, no tener la referencia casi cotidiana de la mandataria (sólo le interesó difundir que no va a ser candidata en 2015) ha provocado por estos días un enorme hueco ya que, al callar Cristina, muchos kirchneristas durmieron a la intemperie sin saber qué hacer o qué decir, mientras que la oposición se quedó con las ganas de refutarla de modo directo.
 
Esta vez y frente a tan notorio paso al costado de la Presidenta, sin un vice con autoridad para hacerse cargo, con un Jefe de Gabinete desgastado en algo más de un mes y con ministros acostumbrados a que todo lo resuelva y lo ordene "la Señora", los opositores más belicosos y las redes sociales se hicieron un picnic hablando de "vacío de poder", mientras la prensa destacó esa falta de exposición como algo extraño a la comunicativa personalidad presidencial. En ese sentido, seguramente para no ofrecerse como trofeo, Cristina no le dio el gusto a nadie, aunque a la larga fue peor, porque lo que se escuchó con más estruendo fue su silencio y de esa forma se potenciaron las especulaciones.
 
No obstante, entre los políticos profesionales hubo mayor comprensión por el ostracismo presidencial, porque seguramente ninguno quiso cargar con el mote de "destituyente" que siempre está presto a ponerle el oficialismo a todos los que ven la realidad de manera diferente.
 
Las reuniones opositoras formales de fines de año tuvieron en realidad más propósitos constructivos de sus propios espacios mirando 2014, antes de pensar en 2015. Hace una semana, el massismo lanzó la Mesa Nacional de Frente Renovador y reunió al senador Carlos Reutemann y a Roberto Lavagna con los diputados electos, los intendentes de la primera hora y los economistas más representativos del espacio, junto a los ex gobernadores Jorge Busti, Mario Das Neves, Juan Carlos Romero y el ex jefe de Gabinete, Alberto Fernández. "Nosotros nos repartimos tareas, no cargos", precisó Sergio Massa.
 
En tanto, los principales dirigentes del Frente Amplio Progresista (FAP) que integran socialistas, radicales, el GEN, Libres del Sur y el Frente Cívico cordobés se reunieron en Rosario, plantearon acercamientos con Elisa Carrió y Fernando Solanas y le exigieron en bloque al gobierno nacional que "asuma su responsabilidad" en la crisis energética, al tiempo que advirtieron que la inflación y la inseguridad tampoco admiten "ausencias" por parte de la Jefa del Estado.
 
En esta materia de repliegue presidencial, pese a que no ha sido del todo habitual en años anteriores, también llamó la atención que, tras haber celebrado con una producción cinematográfica familiar su vuelta a la actividad, con pingüino de peluche y perro bolivariano incluido, aunque el horno no estaba para bollos en los últimos días, la Presidenta no se dirigiera a la opinión pública para decir algo, aunque sea de circunstancias, para las Fiestas.
 
Debido a las características de paranoia que aqueja a los políticos de todas las latitudes, no sería extraño que en el ánimo de los asesores haya pesado el recuerdo de aquel discurso de Fernando de la Rúa por cadena nacional que llevó a la protesta del 19 de diciembre de 2001, cacerolazo que viajó esa noche de balcón a balcón y que, desafiando el estado de sitio, provocó aquella marcha hacia la Plaza de Mayo que fue el principio del fin. Una parte de lo sucedido en estos últimos días ha sido de rutina y no puede extrañar, ya que en materia de alejamiento de hechos conflictivos o dolorosos, los antecedentes de los Kirchner señalan de modo objetivo que ante Cromañón, el trágico accidente de Once, las inundaciones de abril o las últimas muertes por los saqueos el matrimonio siguió una coherente línea de conducta de extrema frialdad: nunca mezclarse en cuestiones donde alguien puede llegar a hacerlos responsables directa o indirectamente.
 
Desde ese punto de vista, este aislamiento de fin de año resultó más de lo mismo, aunque hay otras hipótesis que van más allá del reposo. Como que pudo haber existido un cálculo de parte de la propia Presidenta quien, en su pasión por ejercer su voluntad de cualquier forma y para evitar que le marquen la cancha, se arriesgó a dejar a la intemperie inclusive a muchos seguidores. O quizás como otra posibilidad extrema, sí se piensa que ella lo evaluó a partir de la malevolencia, estimando que Cristina pudo haber presumido que, ante el contexto de un desgajamiento irreversible del modelo, era mejor dejar que los ánimos se exacerben y minar el terreno para que el ajuste lo pague otro.
 
En este sentido, los déficits que se acumulan (fiscales, monetarios, cambiarios, agropecuarios o energéticos) van saltando de a uno, tal como la pasó al sistema de distribución eléctrica en estos días de calor. Pero, si bien la energía puso al Gobierno en la picota y aunque el ministro Julio De Vido no reconoció ni un solo error y se desgañitó echándole la culpas a las empresas y a los periodistas por los cortes de luz, es evidente que si el año se inicia con más subas para las naftas y con 66% de aumento para los colectivos en la Capital Federal y el Conurbano, el tema de los precios desbocados es el más relevante por su incidencia en las capas más humildes de la población.
 
Según estudios privados, esos dos rubros sumados a la incidencia estacional del turismo le van a aportar a la inflación de enero un piso que la puede llevar a un valor superior a 4% y en el año a crecer por encima de 30%, toda una mala noticia a la hora de encarar las negociaciones paritarias, ya complicadas sobremanera en el capítulo de los estatales por el aumento a las policías provinciales. En tanto, también los consultores consideraron que en diciembre los precios subieron cerca de 3,5% en promedio debido a los incrementos sobre todo en alimentos que motorizó preventivamente el demorado "acuerdo de precios" que, ahora se supo, no va ser para todo el país por el momento, sino sólo para el área metropolitana, la misma zona que durante tanto tiempo se benefició con los subsidios al transporte y la energía.
 
Un estudio de la Asociación de Consumidores y Usuarios de la Argentina (ADECUA) identificó que en el nuevo listado acotado a 100 productos y 194 precios únicos para todas las bocas de expendio que anunció el gobierno nacional (frente a 10 mil que se ofrecen en las góndolas) hubo "aumentos indiscriminados" en relación al último que pilotó Guillermo Moreno, algo que el "control popular" nunca llegará a constatar. En la nueva lista de precios de revisión trimestral, que suma como novedad un set de alimentos frescos, pero que no incluye ni mate cocido ni aguas minerales, mientras ofrece un solo tipo de yogur a 8 pesos, hay harinas o galletitas a las que, según ADECUA, se les permitió anotar una suba mayor a 140% en relación a junio, situación que, en menores porcentajes, se repite en muchos otros rubros y productos, incluidos aceite y azúcar para evitar faltantes.
 
Ante tanto disloque, es imposible que la Presidenta diga algo puntualmente en este tema, ante la incomodidad que debe producirle aceptar personalmente el fracaso de una política de precios construida sobre la base de un mal diagnóstico y de la negación permanente. En todo caso, fue el propio sistema de control central de matriz conservadora impuesto por el populismo, autoreferencial, verticalista y discrecional por definición, el que le quitó margen de maniobra para deslindar responsabilidades. Así, Cristina ha quedado atrapada en su propia trampa: poner la cara para dar malas noticias no es algo que en la tradición kirchnerista sea de la competencia presidencial.
 
¿Qué pasa por la cabeza de un líder a la hora de hacer silencio y ponerse la soga del deterioro al cuello? ¿Es no querer retractarse jamás o se trata de una subestimación de la ciudadanía? ¿Ha perdido reflejos Cristina o siente vergüenza por haber tomado conciencia de los innumerables problemas que el derrape del modelo le está generando a los argentinos, especialmente a los más pobres? ¿Es una situación táctica o es haber tirado la toalla? ¿Hay angustia o hay alivio en ella? Tal como se observa, la cerrazón presidencial da para hacer interpretaciones diferentes y sobre este punto no cabría hacer especulaciones médicas y ni siquiera otras de carácter sicológico, sino que parece claro que, a la luz de los hechos, lo que aqueja por estos días a la Presidenta es un problema de neto carácter político.
 
Fuente: 
Agencia DyN