Miércoles, 28 Octubre, 2020 - 18:29

El diálogo de sordos
(*) Por Elina Nicoloff

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Cristina, la dueña de la pelota, dejó entrever que se la puede prestar un ratito al nene que tiene patio suficiente para armar una canchita de fútbol, pero el nene no se decide porque antes de llamar a los chicos del barrio tiene que pedir permiso para cortar el pasto y tapar algunos pozos que pueden lesionar a los que se animen a jugar con él.

Podríamos comenzar a describir la situación del llamado al diálogo de la Sra. de Kirchner de ésta manera.

El diálogo es una manera de comunicación verbal o escrita en la que se comunican dos o más personas en un intercambio de información, alternándose el papel de emisor y receptor. No siempre se escucha lo que se quiere, pero si hay verdadera voluntad de intercambio de ideas, respetando las reglas de juego, el  cambio de papeles entre emisor y receptor se denomina turnos de palabra o intervenciones.

Estrictamente el diálogo es oral, pero también puede encontrarse escrito, como ocurre en las novelas o en los Pactos que pueden ser cimientos de salud institucional.

Un diálogo puede consistir desde una amable conversación hasta una acalorada discusión sostenida entre los interlocutores; empleado en géneros literarios como la novela, el cuento, la fábula, el teatro o la poesía. En una obra literaria, un buen diálogo permite definir el carácter de los personajes: la palabra revela intenciones y estados de ánimo, en definitiva, lo que no se puede ver, por consiguiente en ello radica su importancia.

El tema sobre el que se desarrolla el diálogo también es de vital importancia. Las cosas deben decirse claramente porque si no, puede ocurrir como en los culebrones televisivos que los malos entendidos dan paso a situaciones embarazosas que muchas veces desembocan en tragedias.

Va de nuevo: el tema de la convocatoria al diálogo no debe dejar lugar a dudas, los gestos de los personajes deben ser confiables, el ambiente debería ser armónico, las palabras deben ser claras, con buena dicción, y el acuerdo aunque tarde, será provechoso y puede llevar a certezas que harían brillar el sol.

El Acuerdo es, en Derecho, la decisión tomada en común por dos o más personas, o por una junta, asamblea o tribunal. Es un pacto, tratado, convenio, convención o resolución tomada en el seno de una institución. Es, por lo tanto, la manifestación de una convergencia de voluntades (decisión por consenso) con la finalidad de producir efectos jurídicos. El principal efecto jurídico del acuerdo es su obligatoriedad para las partes que lo otorgan (Pacta sunt servanda) naciendo para las mismas obligaciones y derechos.

Pero el acuerdo también necesita de legitimación, es decir de la facultad o derecho atribuido a una persona para reclamar alguna cosa por un lado y la que es receptora de dicho requerimiento por el otro (legitimación pasiva).- Las personas legítimas serán quienes se muestren parte en el proceso siendo los titulares del derecho o de la cosa que se discute en el proceso.

Algo parecido sucedió el 9 de julio de 2009 después de que Néstor Kirchner fuera derrotado en las elecciones de medio término por De Narváez. Cristina ejercía la Presidencia y Néstor era su jefe. La convocatoria resultó una puesta en escena para ganar tiempo y cambiar de estrategia.- De diálogo nada, de ceder posiciones ante el interlocutor, menos.

Lo loco del tema que nos ocupa es que la que reclama, la que se pone en el papel de legítima poseedora del derecho a reclamar es Autoridad electa, miembro de la fórmula presidencial, que deja en off side a un presidente reclamado (legitimación pasiva) que queda como pintado en una relación sin respaldo, donde el que manda no es él.

Cristina lo hizo de nuevo: recuperó una supuesta “iniciativa” política, confundiendo sobre todo a la gente de su gobierno, debilitando aún más sus ya magras fuerzas. Del otro lado, Alberto aún no reacciona, y los que deberían ser convocados al gran diálogo siguen mirando absortos, porque ni siquiera les quedó claro sobre que se va a hablar, cuanto podrán decir y que chances de llegar a un acuerdo tienen, porque creer que el problema del dólar o mejor dicho la inconsistencia del peso es sólo económico, sería suicida, aún para la dueña de la pelota.

En un horizonte lejano sigue quedando el sueño de un Pacto similar al de la Moncloa (que formalmente fueron dos, denominados Acuerdo sobre el programa de saneamiento y reforma de la economía y Acuerdo sobre el programa de actuación jurídica y política) firmados en el Palacio de la Moncloa durante la transición española el 25 de octubre de 1977, entre el Gobierno de España de la legislatura constituyente, presidido por Adolfo Suárez, los principales partidos políticos con representación parlamentaria en el Congreso de los Diputados, con el apoyo de las asociaciones empresariales y el sindicato Comisiones Obreras, con el objetivo de procurar la estabilización del proceso de transición al sistema democrático, así como adoptar una política económica que contuviera la gran inflación española de aquellos años que alcanzaba el 26,39 %.

La coyuntura económica era grave: el desempleo, la inflación (que se temía que se convirtiera en hiperinflación), la fuga de capitales, el intervencionismo que presidía las relaciones económicas y sociales durante el franquismo, los nuevos interlocutores sociales que a veces era tomada por revolucionaria conformaban una bomba de tiempo.

En el terreno político se acordó modificar las restricciones de la libertad de prensa, quedando prohibida la censura previa y dejando al poder judicial las decisiones sobre la misma; se permitió a la oposición el acceso a la información, se reconocieron derechos de defensa y debido proceso  a las personas, se reguló también algo de derecho laboral, se estableció una contención de la masa monetaria y la devaluación de la peseta para contener la inflación; en lo social hubo reconocimiento en relación a los derechos de las mujeres y varios temas más que hacían a la vida en sociedad en forma pacífica con reglas claras.

Los firmantes fueron Adolfo Suárez en nombre del gobierno (porque era quien realmente tenía el ejercicio del poder) y miembros de los distintos partidos políticos reconocidos y con representatividad. Fueron consultados e invitados todos los sectores sociales de la España dialoguista de los 70.

Nosotros tenemos algunos pasos adelantados, tenemos fijadas algunas de éstas  normas en nuestra Carta Magna, pero lo que sigo añorando es la capacidad de los españoles para bajarse del caballo y considerar al de al lado un igual para hablar, intercambiar y así de una vez por toda salir del estancamiento que sólo un diálogo de sordos puede ocasionar.-

Por ELINA NICOLOFF (*)

(*) Abogada
Expresidente UCR Chaco