Miércoles, 5 Agosto, 2020 - 08:16

Guerra de la Triple Alianza
El día de la caída de Humaitá
Por: Vidal Mario (*)

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El 5 de agosto de 1868 tuvo lugar uno de los episodios más impactantes de la Guerra de la Triple Alianza: la caída tras intenso asedio de la célebre fortaleza de Humaitá.
 
El ataque final contra la misma comenzó el 17 de julio anterior cuando Caxías, jefe del ejército brasileño, ordenó a su general Osorio atacarla y tomarla de una vez por todas. 
 
Los atacantes recibieron una violenta réplica de parte de los defensores de la plaza. En cuanto los brasileños abandonaron el bosque y salieron al descubierto, recibieron un fuego tremendo. 
 
Osorio retiró sus hombres al bosque, los reagrupó y volvió a mandarlos al ataque. De nuevo los paraguayos los acribillaron a quemarropa y los pusieron en fuga.
 
Osorio repitió el ataque por tercera vez, inútilmente. En esta tercera oportunidad perdió no solamente a sus tres ayudantes sino también a su caballo. 
 
Caxías ordenó entonces suspender los ataques, y Osorio regresó al lugar de donde había salido, San Francisco Solano. En pocas horas los brasileños habían perdido tres mil hombres y el terreno que se veía desde la trinchera estaba sembrado de cadáveres.
 
Pero el 5 de agosto de 1868, casi sin hombres, armas y alimentos, los paraguayos no aguantaron más y se rindieron.
 
Unos mil sobrevivientes y el jefe de la plaza, coronel Francisco Martínez, entregaron las armas. 
 
Tan heroica había sido la resistencia que cuando estos supervivientes se rindieron fueron recibidos con honores por el enemigo, en reconocimiento a su valor en combate.
 
Humaitá, cuya caída despejó el camino de los aliados hacia Asunción, soportó un sitio de dos años y cuatro meses. Por ello los historiadores la llaman la “Sebastopol de América del Sur”.
 
López, furioso, declaró “traidor a la patria” al coronel Martínez por rendirse.
 
Pero no pudiendo tomar represalias contra él, ordenó que apresaran a su esposa, Juliana Isfrán de Martínez.
 
Ésta pobre mujer recibió ochenta latigazos y torturas antes de ser condenada a muerte. Fue fusilada días antes de la batalla de Lomas Valentinas.
El motivo de su sentencia a muerte era el mismo de siempre: conspiración y traición a la patria.
 
Sobre su injusta muerte, el libro El Napoleón del Plata, de Manlio Cancogni e Iván Boris, relata:
 
“Casi en la víspera de la partida de López de San Fernando, fue detenida también Juliana Insfrán de Martínez, esposa del coronel caído prisionero en Humaitá, que así pagaba por la presunta culpa de su marido.
 
Ella había formado parte siempre de la corte de los López, como dama de compañía de madama Lynch. Éste pasado no le sirvió de nada. Interrogada por Serrano, rechazó todas las acusaciones.
 
Le pegaron bofetones y puñetazos, y como se negaba a toda confesión, incluso cuando la careaban con sus acusadores (entre ellos Benigno López) Serrano le hizo dar ochenta latigazos.
 
Continuó negando. Le aplicaron el cepo. Nunca dijo una palabra, y la condenaron a muerte.
 
Fue la única entre todos los detenidos que no admitió lo que sus acusadores querían que reconociera, la única que no dio nombres y que honró siempre la memoria del heroico marido que ellos habían querido infamar como traidor”.
 
Ella no sería la única víctima de la danza de conspiradores y supuestos conspiradores que López, a esa altura ya desestabilizado emocionalmente, veía por todas partes.
 
Después ejecutó a centenares más, durante el episodio denominado que “proceso de San Fernando”.
 
Entre las víctimas de López incluso estuvieron sus hermanos, Benigno y Venancio.
 
También estuvieron en capilla, esperando que llegue su hora, Inocencia y Rafaela, hermanas del Mariscal, y hasta su mismísima madre, Juana Pabla Carrillo.
 
Afortunadamente estas tres mujeres escaparon de la muerte “en atención a su sexo”, aunque donde fuera el ejército en su retirada ellas también eran llevadas en una carreta.
 
(*) Periodista, escritor e historiador.