Sábado, 28 Septiembre, 2013 - 20:50

Divorcio
Por Luis Tarullo

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En todos los rincones del mundo hay muchas palabras que están divorciadas de los hechos, pero en la Argentina evidentemente esa costumbre está más arraigada.

En el mundo del trabajo esa disociación suele verse con bastante frecuencia, sobre todo cuando se abordan cuestiones como la inclusión, el empleo en blanco, el poder adquisitivo y las obras sociales.
 
La "década ganada" con la cual se regodea el Gobierno contiene hasta ahora un sinnúmero de contradicciones en materia laboral. Vale aclarar de entrada que, si hay honestidad intelectual, debe quedar definitivamente excluido de las comparaciones el período inicial del decenio, ya que cualquier acción que cualquiera adoptara iba a significar una mejoría con respecto al estado precedente. 
 
Además, la salida de las catacumbas fue con el sacrificio de todos, y no merced al mérito de un selecto grupo de iluminados, como siempre se pretende instalar en el pensamiento colectivo.
En todo caso, la plataforma desde la cual comenzar el análisis corresponde situarla en el nivel de una moderada normalidad tras el alejamiento del precipicio. Así, las palabras empiezan a deshilacharse, y con más intensidad a medida que pasa el tiempo y las situaciones no cambian de matiz.
 
A diez años del comienzo del kirchnerismo, debe decirse además que, aunque con números innegablemente críticos, el Presidente traído desde la Patagonia heredó del Gobierno de emergencia de Eduardo Duhalde un clima también innegablemente más benigno que el existente en 2001, con los focos de incendio más graves ya extinguidos.
 
Era un secreto a voces que apenas hiciera un mínimo recorrido, Kirchner iba a desconocer a su predecesor y mentor, pero superó las expectativas la saña que el kirchnerismo y más tarde el cristinismo derramaron sobre la etapa inmediatamente anterior a su arribo al poder.
 
Entre 2003 y 2013 hubo bruscos movimientos de las estadísticas -las reales, claro-, que no están mostrando precisamente el mismo firmamento paradisíaco que se empeñan en describir la presidenta Cristina Fernández y sus más empecinados adláteres.
 
Los números del desempleo, del trabajo en negro, de la pobreza y la indigencia, del efecto de la inflación y algunos otros factores (como el Impuesto a las Ganancias) en los salarios y las crisis recurrentes del sistema de obras sociales son incontrastablemente superiores a los que señala el increíble y desprestigiado INDEC.
 
Una simple recorrida callejera pone en evidencia esa realidad que se pretende a diario mantener contenida con fórceps. Aunque también en el oficialismo, y sobre todo en esta época preelectoral, estas cuestiones abrieron grietas y obligan a su reconocimiento, lo cual no significa que la sociedad premie esa tardía actitud.
 
Hace rato que los sindicalistas han tomado nota de esta situación, pero también por razones políticas no encaran una acción colectiva conjunta y varios de ellos siguen inmersos en la especulación.
La CGT y la CTA oficialistas saben que se terminó el margen para hacerse las distraídas, pero su compromiso con la Casa Rosada ha sido muy férreo y sería por lo menos grosero cambiar de vereda abruptamente. Igualmente, si se tiene en cuenta el histórico pragmatismo de la dirigencia gremial, bien vale decir -aunque suene obvio- que el 28 de octubre será otro día.
 
Para las centrales opositoras la cuestión política está simplificada, pues ya muchos de sus dirigentes se subieron a la ola "massista", y el intendente de Tigre ha sabido hábilmente contactarse con los principales referentes para tenerlos de su lado y, en caso de repetir su éxito de las primarias, ir planificando un futuro sin sobresaltos y con apoyo de la siempre bienvenida estructura gremial.
 
Sergio Massa corre con la ventaja de que conoce a la grey sindical desde sus gestiones en la ANSES y en la Jefatura de Gabinete de Ministros. Y para ello también tiene claro lo fundamental: que no debe poner piedras en el camino con iniciativas que generen urticaria en la piel gremial.
 
Al contrario, debe impulsar proyectos que alivien la situación de los trabajadores y de las organizaciones, como los salarios y las obras sociales.
 
Pero como se ha dicho, la bisagra es el 27 de octubre. Lo definitivamente concreto en el estricto hoy, es que, como ocurre desde hace varios años, en el mundo laboral las palabras están divorciadas de los hechos. Y el desafío de los que lleguen será, como siempre, recomponer ese matrimonio del cual ya casi no se tiene recuerdo.
 
Fuente: 
DYN