Domingo, 29 Septiembre, 2013 - 10:49

Por Roberto Caballero
Cruzar el Rubicón

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Si Obama negocia con Irán es "histórico", pero si lo intenta Cristina es "diabólico".

De las retóricas envenenadas a la comprensión de un mundo inestable, multipolar y complejo.

Después de 34 años de guerra fría, Estados Unidos e Irán retomaron conversaciones diplomáticas. Desde la revolución islámica del ’79 que esto no sucedía. La "reconciliación Washington-Teherán" se convirtió en tapa de todos los diarios del mundo. No es para menos. El sorprendente deshielo en las relaciones bilaterales para tratar la controversia nuclear –en teoría– promete distender una agenda conflictiva que año tras año alentaba a los halcones con propuestas belicistas. Los presidentes Barack Obama y Hassan Rohani, máximos representantes de dos naciones enemistadas y con razones para la desconfianza, decidieron esta vez explorar una posibilidad impensada: darle una oportunidad a la paz en Medio Oriente. Es una noticia esperanzadora. Un paso decisivo, que entraña riesgos. Como cruzar el Río Rubicón.

El tratamiento que el tema recibió en la prensa hegemónica local, si se lo compara con el que recibió el esfuerzo diplomático argentino con Irán por la causa AMIA, desnuda hasta qué punto el antikirchnerismo obsesivo de sus lineamientos editoriales envilece el debate público con un inútil oportunismo tribunero. Cuando Estados Unidos ensaya una política aperturista con Rohani por la cuestión atómica, admiten estar en presencia de un hecho "histórico". Si es la Argentina la que promueve un acuerdo con Teherán para profundizar la pesquisa internacional por el atentado del 18 de julio de 1994, todo es "polémico", "vergonzoso" y hasta "diabólico".

En sus ediciones sabatinas, tanto Clarín como La Nación dedicaron elogiosos comentarios al contacto iraní-estadounidense. El primero puso ayer en tapa: "Histórico diálogo de EE.UU. con Irán después de 34 años", bajo una volanta que decía "Conmoción mundial por el inesperado contacto". El segundo, "Obama y Rohani ponen fin a 34 años de silencio entre EE.UU. e Irán", y habló de "histórico diálogo" y llevó al columnista del The New York Times, Roger Cohen, a su tapa con una columna de opinión titulada "La mejor oportunidad de cambiar de juego". En sus coberturas interiores, también pueden leerse frases como "encuentros que cambiaron el mundo", "posibilita reconciliaciones", "puede transformar el escenario" y "diplomacia de señales y gestos elocuentes", entre otras igual de halagüeñas. Todo es positivo, no hay críticas, no hay planteos de precipicio, no hay peligro de emboscada. Es una realidad de terciopelo.

Sin embargo, cuando Cristina Kirchner impulsó el memorándum de entendimiento con Teherán para indagar a los iraníes presuntamente implicados en la voladura de la AMIA, el esfuerzo diplomático de los cancilleres de ambos países recibió de estos mismos diarios una lluvia de artillería verbal pesada. No hubo nada bueno, nada rescatable, aunque el acuerdo tenía y tiene como propósito avanzar en la investigación de un hecho criminal producido hace 19 años, que lleva una década de parálisis judicial. Todas fueron espinas. Así se instaló la idea de un "pacto", se habló de Irán como "Estado terrorista" y de la Argentina como "cómplice", se denunció que todo era por el comercio bilateral y hasta Héctor Timerman fue apuntado como traidor al pueblo judío víctima de la Shoá.

Van algunos de los argumentos potenciados desde los títulos, copetes y editoriales de Clarín y La Nación, son de notas tomadas al azar, con la ayuda de Google: "Es una muy mala decisión", "es un inexplicable pacto con Irán, que los amanuenses legisladores kirchneristas convirtieron en ley y tratado internacional. No con cualquiera, con el mismo Estado que se supone sospechoso del brutal ataque", "hay dichos que solo siembran confusión", "es el fruto amargo de la inexperiencia de los negociadores argentinos", "polémico memorándum", "tiene letra chica, que huele por lo común a razones ocultas y a veces hasta a negociados contrarios a la ética", "Genera preguntas que no tienen respuesta", "significó una divisoria de aguas", "¿Señor Timerman, usted aceptaría acordar con los genocidas del proceso?", "critican en EEUU el giro de Cristina hacia Irán", "más preocupación en EEUU por el memorándum con Irán", "el oficialismo mudó la verdad y la justicia a Teherán", "Israel se expresó decepcionado por el acuerdo", "fuerte rechazo opositor", "Laura Ginsberg: Van a votar el punto final en el atentado a la AMIA", "el gobierno tergiversa las grandes causas nacionales", "divide a la Argentina", "no se tomaron los recaudos mínimos", "tan inconstitucional como inconveniente", "está plagado de postulados jurídicos que atentan contra nuestra ley mayor", "decadencia política detrás del escándalo", "en un país normal, Héctor Timerman ya no sería canciller. Con entusiasmo, ha contribuido a aislarnos del mundo y a incrementar la falta de credibilidad en la Argentina", "Irán impone condiciones y encierra a Cristina", "es un verso", "un nuevo engaño oficial", "es la diplomacia de la vergüenza", "un acto político que no garantiza nada", "los riesgos de negociar con un régimen apremiado", "traiciona la Justicia", "Macri cuestionó a Cristina por la política con Irán: 'Yo he estado encontra de ese acuerdo. Es una falta de respeto hacia los argentinos y especialmente a la comunidad judía. Lo he sentido como un agravio, no entiendo por qué insistir en algo que se ve que a los iraníes no les preocupa mucho, y acá nos hace sentir muy mortificados'", "Carrió: Timerman ha entregado a su pueblo. Cometió traición a la patria", "Gerardo Morales: nos pusimos de rodillas ante Irán. El Gobierno se entregó, claudicaron".

Esto, por lo bajo. Se dijeron cosas aún peores. Pero la idea de esta nota no es confirmar cuál es el grado de antikirchnerismo que destilan Clarín y La Nación y los opositores que orbitan alrededor de sus enfoques, sino desmalezar y rescatar por indispensable un modo racional, menos histérico, menos insuflado de paranoiquismo, más nacional en su perspectiva, para analizar e informar a la sociedad sobre las decisiones que nuestro país toma en un contexto global cambiante donde en muchos casos las certezas de ayer se volvieron incógnitas del presente.

No ayuda a nadie que Timerman, el canciller argentino, haya sido presentado como un "sonderkommando" –así se llamaba el cuerpo de judíos que llevaba engañados a otros judíos a los hornos crematorios en los campos de concentración nazi– en medio del debate por el memorándum. Habla muy mal de los que hablan mal de él, no de Timerman, claro. Pero que el rol del ministro de Relaciones Exteriores en una negociación diplomática, como la que lleva el de Obama ahora adelante, haya sido asociada a una abyecta práctica de alguien que lleva a su propio pueblo al cadalso, es para reflexionar sobre las consecuencias en el debate público de las retóricas envenenadas habilitadas por los medios concentrados.

¿Qué dirían sobre Cristina Kirchner si se sentara a tomar mate con David Rockefeller, como hizo el ex guerrillero Pepe Mujica? Por la concesión de Vaca Muerta a Chevrón, los que callaron el saqueo de Repsol a cambio de pauta publicitaria, por poco la trataron de cipaya. De compartir bombilla con Rockefeller, otra que el escándalo de las calzas. A propósito, un comentario al margen: el día que Cristina inauguró el Centro de Ensayos de Alta Tecnología en el INVAP y la puesta en marcha del satélite Ar-Sat 1, el diario de Magnetto decidió titular esa noticia con un textual de Cristina: "El gas que nos falta es el que se vendió a Chile a precio irrisorio". ¿Y el satélite? La tecnología que va a usar es nacional y en América hay sólo dos países que la desarrollaron y la controlan, Argentina y Estados Unidos. Pero para Clarín nos falta algo, gas. Quizá sea cierto, pero lo anterior también es verdad y merece algún título. Argentina va a poder lanzar un satélite propio al espacio, es un logro de nuestros científicos. Volvamos a Irán.

Es plausible que Barack Obama levante el teléfono y hable con su par iraní para detener una escalada bélica y no para lanzar la bomba, sea cual fuere la opinión que se tenga sobre los Estados Unidos y sobre el régimen islámico que gobierna en Teherán. La paz es un bien preciado. Cualquier esfuerzo diplomático que evite la guerra, es reivindicable. También lo es que Argentina intente un acuerdo con Irán para destrabar la causa AMIA en procura de justicia, otro bien preciado. En ambos casos, además, ni Estados Unidos ni Argentina resignan sus reclamos originales. Washington ya dijo que no permitirá que Teherán use la energía nuclear con fines militares y Argentina no bajó las cédulas rojas de Interpol sobre los sospechosos iraníes que pretende indagar. Lo que cambió es el instrumento para alcanzar los objetivos previos.

Es más, en este nuevo escenario, en el que Irán también está poniendo su parte, la Argentina pidió a los Estados Unidos que el memorándum por AMIA se incluya en el debate y el canciller iraní volvió a reunirse con el argentino para hablar del asunto. El escepticismo es grande, claro que sí. Los familiares de las víctimas de la AMIA llevan 19 años pidiendo justicia. Están hartos de la impunidad y el manoseo. Pero por ahora hay una pequeña grieta y lo único reprobable para los funcionarios argentinos sería no tratar de ensancharla.

Aunque la negativa al acuerdo siempre sea respetable desde la lógica de los principios que levantan algunos familiares, es cierto que refuerza lo que hay y lo que hay es muy poco. En cambio, si la crítica proviene de los medios concentrados en pelea abierta con el gobierno democrático, los que alaban a Barack Obama por lo mismo que castigan a Cristina Kirchner, todo indica que el camino diplomático que comenzó a transitarse en marzo para saldar con Memoria, Verdad y Justicia una herida lacerante como la de AMIA es la que mejor comprende el mundo complejo, multipolar y sumamente inestable que nos toca vivir. Donde a veces no queda otra que cruzar el Rubicón y ver qué había detrás de nuestros propios prejuicios.

De cómo la tele elige presidentes

Sergio Massa acaba de incorporar una complicación más a su difusa candidatura. Sumó como "asesor de lujo" a su equipo de campaña a Santiago Cantón, el primer relator especial para la libertad de expresión de la CIDH (Comisión Interamericana de Derechos Humanos), de la cual fue luego secretario ejecutivo durante once años. De máxima, podría decirse que Cantón acertó en la elección del candidato que va a apoyar: se dice que Massa es el Capriles argentino y Cantón sería un antichavista, a quien el gobierno de Venezuela acusó de conspirar en el intento de golpe del 2011. De mínima, cuando se repasa el archivo, también puede inferirse que se equivocó de apuesta o resignó sus propias creencias, o no conoce o no sabe quién es Massa, a quien cuando era jefe de Gabinete de Cristina Kirchner le decían "Rendito", por sus vínculos con Jorge Rendo, el operador judicial del Grupo Clarín SA, el más concentrado de la Argentina.

Entrevistado hace menos de un mes por el periodista Enrique Patriau para un periódico peruano, Cantón dijo que la democratización de los medios en América Latina es difícil.

–¿Por qué motivos?

–La concentración de medios lo hace muy difícil. Que una empresa concentre el 60% o el 70% (de medios), complica que otros puedan acceder a ellos. El reto es lograr la pluralidad sin atacar el ejercicio de la libertad de la expresión.

–Porque detrás de la excusa de romper monopolios, el objetivo real puede ser la persecución a medios críticos.

–¿Dónde se traza la línea? ¿En qué punto se dice: esto es demasiado para un solo medio? El Estado no debe intervenir de manera tal que se afecte a la libertad de expresión, pero tampoco es aceptable que exista una sola voz. En cada país el acceso a los medios difiere. Y es difícil establecer una regla general que abarque a todos. Pero lo que sí es una regla general, o debería serlo al menos, es que haya pluralidad. Y que exista un medio que tenga predominio casi absoluto sobre otros, es perjudicial para la libertad de expresión. Estamos frente a una distorsión cuando la gente escucha a una sola fuente de información. Supongamos que hay dos personas. Una tiene un altavoz, un altoparlante, y la otra tiene que hablar a boca de jarro. Entre las dos, la única voz que será escuchada será la del altoparlante, a la otra no la escuchará nadie. Y esto no es correcto porque todos deberían estar en igualdad de condiciones.

–El poder económico en la concentración mediática es decisivo. ¿Imponer límites desde el Estado no afectaría el derecho a la libre empresa?

–Es que es un problema cuando el único factor que hace que uno acceda o no a los medios es lo económico. Nuevamente, eso perjudica a la pluralidad. El Estado tiene la obligación de regular los criterios para distribuir licencias de radios y televisión abierta, sin embargo esa regulación no puede basarse simplemente en función de quién es el que paga más. Hay que tener en cuenta otros factores más democráticos y eso, en general, no ocurre en la región. En algunos países una sola persona es dueña de los cuatro o cinco canales de televisión más importantes, ¿y eso qué implica? Que esa persona decide prácticamente quién va a ser el próximo presidente.

Lo dice Cantón, que aceptó ser fotografiado sonriente con Sergio Massa por Clarín, Página/12 de ayer. A confesión de parte…

Fuente: 
Infonews