Lunes, 16 Septiembre, 2019 - 22:13

Condenados por ser jóvenes, militantes y soñar con una patria más justa, libre y soberana.
Por María Elena Vargas (*)

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Se conoce como "la Noche de los lápices" en Argentina, a una serie de secuestros y asesinatos de estudiantes de secundaria, ocurridos durante la noche del 16 de septiembre de 1976 y días posteriores, en la ciudad de La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires. Pablo Díaz, Emilce Moler, Patricia Miranda, María Claudia Falcone, María Clara Ciocchini, Francisco López Muntaner, Daniel Racero, Horacio Ungaro y Claudio de Acha fueron secuestrados y torturados. De todos ellos, solo los tres primeros lograron sobrevivir, así como también lo hizo Gustavo Calotti quien había sido secuestrado una semana antes que sus compañeros. 
 
Los jóvenes  desplegaban su militancia en centros de estudiantes y entre sus pares de los colegios secundarios, participaban de tareas de alfabetización en barrios pobres. No eran temibles, ni enemigos armados. Muchos habían participado, durante la primavera de 1975, en las movilizaciones que reclamaban el BES (Boleto Estudiantil Secundario), un beneficio conseguido durante aquel gobierno democrático y que el gobierno militar de la provincia fue quitando de a poco subiendo paulatinamente el precio del boleto a partir del golpe del 24 de marzo de 1976.
 
El mundo ha sido testigo de la fuerza creciente de los jóvenes en la lucha por sus derechos y la defensa de éstos y por cambiar sus comunidades. Las personas jóvenes movilizan a las masas para que los gobiernos rindan cuentas, exigiéndoles que respeten, protejan y realicen los derechos humanos.
 
Los jóvenes siempre han desempeñado un papel clave en los movimientos sociales, donde tienen una enorme participación. 
 
Pero ahora están asumiendo cada vez más funciones de liderazgo en movimientos de protesta pacíficos e impulsando el cambio. Los jóvenes no se limitan a quedarse al margen y jugar con sus artilugios, sino que organizan sentadas y protestas, ocupan espacios públicos y mantienen conversaciones directas con los gobiernos.
 
La fecha de La noche de los lápices permite condenar al terrorismo de Estado. Es, a su vez, una invitación a recordar la vida de aquellos jóvenes que lucharon y participaron para construir un futuro mejor. Y puede, por último, constituirse en una ocasión propicia para acompañar el homenaje con un ejercicio reflexivo en torno a la construcción social de la memoria. La lectura de estos relatos ayuda a visualizar que la memoria, en tanto objeto de disputa, reclama nuestra activa participación para arribar al piso de verdad y justicia que anhelamos.
 
(*) Diputada provincial