Viernes, 22 Marzo, 2019 - 09:04

China encierra a cientos de miles de musulmanes en campos de reeducación: el trauma de un sobreviviente

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En los centros de "reeducación" para las minorías musulmanas de China, el día empieza con cantos patrióticos y sigue con sesiones de autocrítica y comidas a base de cerdo, cuyo consumo está prohibido en el islam, explica a la AFP un superviviente.
   
Omir Bekali, un hombre de 42 años con el rostro marcado, dice haber pasado varias semanas en otoño de 2017 en uno de estos campos en Karamay, en Xinjiang, en el oeste de China, donde viven varias minorías musulmanas, entre ellos los uigures y los kazajos.
   
En esta región, bajo una fuerte vigilancia policial, estarían detenidos hasta un millón de musulmanes dentro de estos centros de "reeducación política", según expertos y organizaciones de defensa de los derechos humanos.
   
Pekín desmiente estas acusaciones y afirma que se trata de "centros de formación profesional" contra la "radicalización" islamista. Una especie de "campus", declaró la semana pasada el viceministro chino de Relaciones Exteriores, Le Yucheng.
   
De este "campus", Bekali salió traumatizado. Él es uno de los pocos supervivientes que, a través de conferencias en el extranjero, quiere dar a conocer su paso por estos centros. La mayoría prefieren mantenerse en silencio, por miedo a poner en peligro a sus familias en China.
   
Bekali describe un día a día basado en las humillaciones, todas con un mismo objetivo: extirpar de los internos la mínima presencia de creencia religiosa.
   
"Cada mañana, de 7h a 7h30, se tenía que cantar el himno nacional chino. Cantábamos juntos, 40 o 50 personas, frente a un muro", explica, mientras revive la escena en el salón de su modesto apartamento, en un barrio popular de Estambul.
   
"No quería realmente cantar. Pero a fuerza de repetirlo a diario, entró. Hace más de un año que salí, pero la música sigue resonando en mi cabeza", insiste.
 
 Prohibida la oración y la barba 
Nacido en Xinjiang de padres uigur y kazajo, dos de las principales etnias musulmanas que viven en la zona, Bekali emigró a Kazajistán en 2006 para buscar trabajo, como gran parte de los kazajos nacidos en China, y obtuvo la nacionalidad de este país.
   
Los problemas empezaron para él el 23 de marzo de 2017, cuando fue detenido en Xinjiang durante un viaje de trabajo para su agencia de turismo kazaja.
   
Tras pasar siete meses en la cárcel por acusaciones de ayuda al "terrorismo", fue enviado a un campo de "reeducación".
   
"Había profesores, artistas, personas mayores. ¿Eran terroristas?", se pregunta.
   
Entre las obligaciones que tenían que cumplir todos los internos, sea cual fuera su edad, figuraba la de que el viernes, día santo para los musulmanes, "te obligaban a comer cerdo", según Bekali.
   
A estos "estudiantes" también se les prohibía hablar en otro idioma que no fuera el chino, así como rezar o dejarse barba. Las autoridades consideraban que era signos de "radicalización".
   
Si pudo salir en noviembre de 2017 fue, según él, únicamente gracias a la intervención de las autoridades de Kazajistán.
   
Hoy en día, Bekali no tiene noticias de sus padres ni de sus hermanos, que siguen en China.
   
Tras ser liberado, se fue de Kazajistán para instalarse en Turquía con su mujer y sus hijos.
   
Quería, dice, "dejar más distancia" entre China y él.
Fuente: 
AFP/NA