Miércoles, 20 Junio, 2018 - 11:02

Belgrano: anécdotas de un argentino excepcional
Por: Vidal Mario (*)

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Se cumplen 198 años de la muerte de Belgrano. Murió un 20 de junio como el de hoy, a las 7 de la mañana. Paradojas de la vida: el que había nacido en una cuna de oro murió en la más ruin pobreza, casi como un perro, y olvidado por todos.

Se fue de éste mundo el “Día de los Tres Gobernadores”. El día en que por imperio de un tremendo desconcierto político,  de desorden, de anarquía y de ambiciones desmedidas Buenos Aires tenía tres gobernadores. Por eso sus famosas palabras de desaliento “¡Ay, Patria mía!. Apenas un diario dedicó unas líneas a su muerte, y a su funeral sólo asistieron su familia, dos amigos y su fiel médico, a quien había dejado su reloj porque no pudo pagarle.                                          

Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano (más conocido como Manuel Belgrano) tuvo quince hermanos. Nació en una cuna de oro porque era uno de los 16 hijos de uno de los matrimonios más ricos de Buenos Aires. Y como niño rico que era, tuvo una educación propia de un niño bien.                                          

En España se recibió de abogado a los 23 años. Fue también periodista, hombre de letras y traductor. Un intelectual, un hombre de escritorio. Pero se hizo célebre como militar, carrera para la cual admitía estar de pura casualidad. Un día la Junta Provisoria de Gobierno lo subió a un caballo, puso mil hombres a sus órdenes y lo mandó al Paraguay. Así comenzó su impensada cruzada militar.

No se sentía militar, y así le dijo a San Martín en una carta: “Por casualidad, o mejor dicho porque Dios lo quiere, me hallo de General. No ha sido ésta mi carrera y ahora tengo que estudiar para medio desempeñarme, pero cada día veo más y más las dificultades para cumplir con esta obligación”.

Nunca imaginó que pese a no ser hombre de armas ese destino del cual renegaba pondría en su camino cruzadas como la que prendió la semilla de la independencia paraguaya y episodios gloriosos como las victorias de Tucumán y Salta, el Éxodo Jujeño y la no memorable creación de la enseña nacional.

Luego de servir 22 años en el ejército español, San Martín llegó a la Argentina en marzo de 1812. Uno de los primeros amigos que cosechó fue Belgrano, quien fue su asesor en determinados asuntos, menos en temas militares. Una cuestión los diferenciaba: Belgrano era católico, San Martín era masón.

Belgrano, a quien el catolicismo le brotaba por todos los poros, le habló de lo bueno que sería que antes de cada combate los soldados oraran a Dios, a la Virgen o al santo que quisieran. Que eso les haría mucho bien. San Martín aceptó su sugerencia y en el combate de San Lorenzo comenzó a cumplir con el pedido de su amigo.

Belgrano era rubio, se vestía a la europea y hablaba también inglés. Por eso sus soldados lo apodaban “El Alemán”. También le decían “Cotorrita” porque usaba una chaqueta verde, andaba siempre apurado, y tenía la voz aflautada.

Belgrano sancionó severamente a Martín Miguel de Güemes a causa de una tal Iguanzo con quien a su criterio el gaucho mantenía una relación demasiado escandalosa. Pero después se hicieron grandes amigos. Tanto que Güemes le dijo en una carta: “Usted es mi verdadero amigo, y lo será más allá del sepulcro. Me lisonjeo de tener por amigo a un hombre tan virtuoso como usted”.

En la misma carta dirigida a su para entonces ya ex jefe, Güemes incluyó estas proféticas palabras: “Trabajemos con empeño y tesón, que si las generaciones presentes nos son ingratas, las futuras venerarán nuestra memoria, que es la recompensa a que deben aspirar los patriotas desinteresados”.

Belgrano impuso una férrea disciplina en el Ejército bajo su mando y si había que fusilar, fusilaba. Mandó ejecutar al coronel Juan Francisco Borges, santiagueño, por rebelarse y declarar la autonomía de Santiago del Estero.

Soltero fue toda su vida, aunque no le faltaron novias y amantes. Una de las amantes que pasó a la historia porque le dio un hijo llamado Pedro Pablo Rosas y Belgrano fue María Josefa Escurra. Ésta relación, que comenzó en 1811, tenía que ser secreta porque dicha dama, de muy buena posición económica, no era soltera. Estaba casada con su primo Juan Esteban Azcurra. Ese hijo fue mantenido en secreto y anotado como huérfano en la Catedral de Santa Fe. Muchos años después fue adoptado por Juan Manuel de Rosas.

Tuvo otra novia que se llamaba María Dolores Elguera, una linda tucumana de 18 años. Tampoco pudo casarse con ésta porque era separada y el divorcio no existía. María Dolores le dio una hija, que nació el 4 de mayo de 1819 y se llamaba igual que su padre: Manuela del Corazón de Jesús Belgrano.

Respecto del Primer Triunvirato, Belgrano incurrió en dos geniales desobediencias. Aunque no lo autorizaron a hacerlo, el 27 de febrero de 1812 enarboló la primera Bandera Nacional   “para que nos distinguiera de las demás naciones de la tierra”. Igualmente, le ordenaron “no dar batalla” en vísperas de la de Tucumán. También desobedeció esta orden y presentó combate, con el histórico resultado por todos conocidos. Su triunfo en la batalla de Tucumán provocó el derrumbe del desacreditado Primer Triunvirato.

En 1814, debido a sus derrotas en Vilcapugio y Ayohuma, el Directorio lo reemplazó por San Martín. Fueron tiempos aciagos para él porque fue llamado a Buenos Aires para rendir cuentas de esas dos derrotas, y quedó preso en Luján. Tiempo después volvió al campo de operaciones pero ya como subalterno de San Martín, quien le dio la jefatura de una de las alas del Ejército.

Un día, San Martín ordenó que los jefes de los distintos cuerpos fueran a su casa todas las noches. Eran reuniones de trabajo. Belgrano y Dorrego eran dos de ellos. Una noche, Dorrego, un indisciplinado total, se burló de la voz aflautada de Belgrano. San Martín lo castigó mandándolo a Santiago del Estero.

A principios de 1820, con la salud por el suelo, Belgrano regresó a Buenos Aires. Pasó por Santiago del Estero donde estaba el castigado Dorrego, quien otra vez se burló de él. Había un loco por allí. Belgrano lo hizo traer, le puso un uniforme de brigadier y con esa vestimenta lo mandó a saludar a Dorrego.

El prócer cuya muerte hoy se conmemora es famoso también por una donación que hizo. Por su victoria en Salta se le otorgó un premio de 40.000 pesos en tierras fiscales. Suficiente para resolver su vida económica y la de sus descendientes. Pero pidió que ese dinero sea destinado a hacer escuelas en Jujuy, Santiago del Estero, Tucumán y Tarija, actualmente Bolivia.

Belgrano es un patriota de esos que ya no existen. Hombres como él, como San Martín y como Güemes se quedaron en algún lugar de la historia argentina.

 

(*) Periodista, escritor, historiador