Martes, 22 Octubre, 2019 - 08:32

Alfonsín y el Peronismo

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En forma recurrente los personajes más encumbrados del justicialismo se refieren a Raúl Alfonsín con respeto, a veces veneración. Son poco condescendientes con sus adversarios políticos, pero cuando del caudillo radical se trata se deshacen en elogios. Esto me llamó poderosamente la atención; siendo opinión comúnmente aceptada que, Don Raúl, como lo llama Eduardo Duhalde, es el padre de la democracia argentina (pos dictadura), ¿cómo es posible que representantes de un partido que no se caracteriza por su comportamiento republicano lo ensalcen desmedidamente? 
 
No quiero ser mal pensado, pero algo no cuadra, razón por la cual voy a ensayar, equivocadamente o no, una explicación a este fenómeno.
 
La honestidad, transparencia, decencia, de Alfonsín es incuestionable. También su inestimable aporte a la continuidad del ciclo constitucional interrumpido por el gobierno militar del Proceso, habiendo resistido exitosamente asonadas militares. Sin embargo, su trayectoria política no puede ser aceptada irreflexivamente, sin ponderar sus errores y claroscuros. 
 
Probablemente, el primer error de Alfonsín fue ser complaciente con la intención de Menem de reformar la constitución para lograr la reelección. En 1993 era vox pópuli que el riojano buscaba ese objetivo y, sorpresivamente, con Alfonsín, anuncian la firma del Pacto de Olivos por el que se comprometen, sobre la base de una agenda de temas consensuada, llevar adelante la modificación de la carta magna.
 
El apoyo masivo que lograba Menem en las urnas y la autoridad moral del caudillo radical, propiciaron que la mentada refacción y modernización de la constitución fuese una realidad.    
 
El balance de la reforma es, a mi criterio, MÁS QUE LAMENTABLE. Dejo a salvo las modificaciones efectuadas en la parte dogmática relativa a declaraciones, derechos y garantías, que significó un notable avance y puso a nuestra ley suprema al nivel de las más avanzadas de la época. Sin embargo, lo diseñado a propósito de la parte orgánica no hizo más que dar un golpe de muerte al sistema de partidos políticos, perpetuar al justicialismo como fuerza hegemónica y dar una vuelta de tuerca más al hiper presidencialismo.
 
Producto del Pacto de Olivos, ambos líderes hicieron concesiones recíprocas para llegar al acuerdo y una de las que se puede atribuir a Alfonsín es el sistema o procedimiento para la elección de presidente y vicepresidente del país. Se dejó sin efecto la elección indirecta mediante colegios electorales (sistema que conserva EEUU) y se pasó a un sistema de elección directa con balotaje. Pero el balotaje criollo es diferente al que rige en el resto del mundo, que posibilita la segunda vuelta electoral entre los dos postulantes que más votos hubieren obtenido cuando algún candidato no consigue la mitad más uno de los votos. Se pergeñó, por el contrario, un esperpento legal que no tiene equivalente en la legislación comparada y que transcribo a continuación:
 
1.- Cuando la fórmula que resultare más votada en la primera vuelta, hubiere obtenido más de cuarenta y cinco por ciento de los votos afirmativos válidamente emitidos, sus integrantes serán proclamados como presidente y vicepresidente de la Nación (art. 97 C.N.);
 
2.- Cuando la fórmula que resultare más votada en la primera vuelta hubiere obtenido el cuarenta por ciento por lo menos de los votos afirmativos válidamente emitidos y, además, existiere una diferencia mayor de diez puntos porcentuales respecto del total de los votos afirmativos válidamente emitidos sobre la fórmula que le sigue en número de votos, sus integrantes serán proclamados como presidente y vicepresidente de la Nación (art. 98 C.N.).
 
Este diseño del balotaje, en apariencia inobjetable, encubre la deliberada intención de evitar a todo evento la realización de alianzas electorales en la transición hacia la segunda vuelta electoral, pues las mayorías necesarias para consagrar la fórmula presidencial son menores a la que requiere su versión tradicional (cincuenta por ciento más uno).
 
Y aquí es donde se percibe la astucia de Menem de imponer cláusulas que hagan posible que con cuarenta y cinco o cuarenta por ciento de los votos un partido se proclame vencedor, justamente las mayorías que invariablemente obtenía el justicialismo en elecciones precedentes a la reforma constitucional y conjurando el peligro que implica la posibilidad de que otros partidos consumen una alianza electoral para la segunda vuelta.
 
Pudiera refutarse lo dicho alegando que el sistema es el mismo para todos los contendientes, pero el sentido de la oportunidad, el reconocimiento del justicialismo como partido predominante por parte del riojano, le otorgaron a su partido un espaldarazo, una simplificación de sus éxitos electorales que podemos nítidamente percibir frente a los comicios que se avecinan. 
 
Un amigazo Alfonsín en aceptar el engendro de balotaje que tenemos en la actualidad.
 
Obviamente, esta concesión no fue gratuita, pues fue en cierto modo compensada con la concesión por parte de Menem del tercer senador, lo que permitió al radicalismo en muchas provincias en que era superado electoralmente imponer una banca en el senado.
 
Otra de las ideas que comparte Alfonsín con el justicialismo es la de “Movimiento” político. El general gustaba calificar al peronismo de movimiento, más que partido político en el sentido tradicional. No hay concepción más antidemocrática y totalitaria dentro de la ciencia política que la de “movimiento”, porque el propósito expreso y directo es unificar voluntades detrás de un proyecto o plan, encarnado por un líder. Dentro del movimiento no hay lugar para voces discordantes que se aparten del ideario del movimiento, “todos somos peronistas” le gustaba decir al General Perón.
 
Raúl Alfonsín coqueteó con la idea del “tercer movimiento histórico” inspirado vagamente, según la historiadora radical María Sáenz Quesada, en el Partido Revolucionario Institucional (PRI) de Méjico (“La Argentina Historia del País y de su Gente”, pág. 691, Editorial Sudamericana). Sabido es que dicho país no puede ser paradigma de prácticas democráticas, porque el PRI viene gobernando como partido único y hegemónico desde hace siete décadas aproximadamente.
 
También, como producto del pacto de Olivos, la reforma de 1994 introdujo instituciones que profundizaron hasta el paroxismo las prerrogativas del poder ejecutivo. Se constitucionalizaron los decretos de necesidad y urgencia, instrumento legal claramente violatorio de la división de poderes; se consagró el veto parcial, que faculta al presidente tomar a voluntad, discrecionalmente, los artículos que estime convenientes y desechar los restantes de las leyes sancionadas por el Congreso. El sistema anterior a la reforma sólo autorizaba el veto total, es decir, recaía sobre la totalidad del articulado de la ley, que no podía ser tratada nuevamente en el siguiente año legislativo. 
 
Quizás, si algo ha generado dudas, suspicacias, en el comportamiento de Alfonsín, fue su conducta durante la crisis que desembocó en la renuncia del presidente Fernando De la Rua. El líder del radicalismo salió victorioso ante sucesivas sublevaciones militares durante su mandato; sin embargo, no está claro que haya puesto el mismo empeño para resistir la arremetida peronista que llevó a Eduardo Duhalde a ser proclamado presidente por la asamblea legislativa. 
 
En realidad, el ala izquierda socialdemócrata del partido Radical (liderada por Alfonsín) no hizo lo suficiente porque De la Rua era un mandatario de centro derecha; no tenían mucho interés en respaldarlo. Las últimas horas previas a su renuncia fueron magistralmente narradas por Ceferino Reato en un artículo publicado en Infobae el 9 de Julio de 2019 titulado “Acá se termina todo”.
 
(*) Abogado
Presidencia Roque Sáenz Peña
Autor: 
Por Luis Rodríguez Martínez (*)