Domingo, 5 Junio, 2011 - 08:52

Chivo

Durante años hubo que optar entre callarse la boca, porque hablar del tema equivalía a una especie de traición al pueblo, o negarle importancia a sus dichos y hechos. ¿Para qué hacerlo, se alegaba, si Hebe de Bonafini es sólo una señora mayor que carece de relevancia política? Por eso, cada vez que su nombre y el de su grupo aparecían al tope de la agenda, sistemáticamente funcionaba el menoscabo.

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 Que no conoce bien los temas y su cultura es muy precaria, se argumentaba. Que habla desde el sufrimiento, pero no influye en el juego grande, se razonaba. Esa subestimación se aderezaba con la extorsión moral de siempre, el recurso agobiante de que no hay que “cebarse” con personas cuyo mérito es acaudillar un movimiento honorable y reconocido en todo el mundo, como el que ella encabeza de manera vitalicia. Pero lo que ha venido sabiéndose desarma tanta cháchara moralista y manipuladora.



¿Para qué hablar de Schoklender? No sirve de nada seguir abocándose con fruición a los pormenores de los negocios oscuros de ese personaje. Como sucede con todos los caídos en desgracia en regímenes como el actual, el Gobierno lo tira por la ventana y lo usa de pararrayos, el perfecto canalla, el inescrupuloso monje negro que se aprovechó de la ingenuidad y la buena fe de “las madres” (Bonafini y su grupo asumieron desde hace añares el nombre de “Madres”, a secas, sin artículo, como si ellas y sólo ellas fueran paradigma y resumen excluyente de la condición materna).



Es una perfecta estafa. El tema no es Schoklender. Es el Gobierno y el grupo, al que sirvió durante años el parricida, al que ahora han tirado debajo de los camiones. Nadie puede alegar ignorancia. Un año y medio antes de que Néstor Kirchner la entronizara como santa laica del progresismo nacional y popular, Bonafini recibió los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 con esta definición: “No voy a ser hipócrita, no me dolió para nada, siempre digo en mis discursos que nuestros hijos serán vengados el día que el pueblo, algún pueblo, sea feliz. (…) Tanta tecnología no le sirvió a EE.UU. Yo sentí que había muchos pueblos en ese momento que eran felices y que la sangre de tantos en ese momento era vengada”.



Como entonces Horacio Verbitsky tuvo la prudencia de condenar aquella matanza del terrorismo fundamentalista, Bonafini de inmediato definió al actual jefe de inteligencia en las sombras como “un sirviente de Estados Unidos. Recibe un sueldo de la Fundación Ford y, además de ser judío (sic), es totalmente pronorteamericano”. No sólo eso. Subrayó que para ella “un revolucionario nunca es terrorista. Es alguien que quiere el bien del pueblo para que otros vivan, coman y sean felices. El terrorista es el Estado que reprime, el otro es una respuesta prevista en la propia Constitución”. Ya simpatizaba abiertamente con Bin Laden, ETA y las FARC cuando entró a la Casa Rosada en mayo de 2003, recibida por Kirchner, que sabía muy bien quién era y jamás le había dado ni un vaso de agua en sus largos 22 años como jerarca municipal y provincial de Santa Cruz. Las “madres” estaban prohibidas en Santa Cruz.



Sin límites ni pruritos, perpetró un sincericidio memorable tras conocer a Kirchner: “Me la pasé diciendo que (Carlos) Menem, (Eduardo) Duhalde y Kirchner eran la misma mierda. Y después tuve que ir a decirle: ‘Señor presidente, me equivoqué, yo dije que usted es la misma mierda que los otros pero no: usted es totalmente distinto’. Y se lo reconocí así, sinceramente”. O sea que durante esas dos décadas ella pensó que Kirchner era “la misma mierda” que los presidentes peronistas anteriores, hasta que las alfombras rojas de la Casa Rosada estuvieron bajo sus zapatos. Sus razones tendría, pero luego cambió de opinión.



Ama de casa toda su vida, su organización se convirtió de la noche a la mañana en socia privilegiada de la denostada patria contratista. Derramó condenas y maldiciones no sólo contra dirigentes políticos de larga trayectoria al servicio de la defensa de los derechos humanos (como Raúl Alfonsín), sino también contra referentes de la propia izquierda, algunos de cuyos representantes más caracterizados fueron fulminados por su odio y desdén (“Pino Solanas realmente es muy cagón” o “a Martín Sabatella, que critica tan duramente al gobierno de nuestra Presidenta y dice que es igual al gobierno de Menem, que se le caiga la lengua”).



Todo se sabía y era conocido, pero todo se le perdonaba. Dijo: “Para nosotras la legalidad no existe. Ni siquiera pagamos impuestos”. Para ella “Cristina Kirchner es brillante para todo, pero la oposición no es una oposición, es una mierda”. Y para quien dudara de quién era la aliada y el símbolo del Gobierno, admitió que “siempre pensé en mis hijos como guerrilleros y revolucionarios, con un gran orgullo. Yo me siento revolucionaria sin haber usado nunca las armas, pero creo en la revolución armada”.



El pañuelo no se manchó solo ni lo manchó un canalla singular. Es cierto, y así lo he pensado por años, que en la Madres de Plaza de Mayo hubo muchas mujeres dignas, corajudas, admirables e inolvidables, pero debieron emigrar de la secta de Bonafini, así como tuvieron que irse numerosos intelectuales y periodistas aterrorizados por el stalinismo grosero de la jefa vitalicia, a la que el Gobierno coronó como la mayor, la más importante, la principal, la única.



Le dieron centenares de millones de pesos, sabiendo que carecía desde el vamos de la pericia y la competencia para encarar emprendimientos económicos tan ambiciosos. La forraron de plata e impunidad para justificar un fraudulento “relato”. Compraron la franquicia de “Madres”. El gerente de ese trapicheo millonario fue un personaje que encarnaba de manera acabada la más perversa de las sociedades, en la cual el crimen enaltece y la ilegalidad es un orgullo. Así que el tema no es él, ni tampoco la mujer a la que los Kirchner etiquetaron como madre de todos los argentinos. Las raíces del mal están en el riñón de un poder que ha comprado todo lo que se ofrece en venta.
Fuente: 
Perfil