Domingo, 29 Mayo, 2011 - 09:44

El kirchnerismo y lo que está en disputa

Al compás del crecimiento de la figura de Cristina, de su consolidación hacia adentro y hacia afuera, comienza a emerger con fuerza la idea del kirchnerismo como un espacio frentista. Las cartas están echadas. Finalmente se descorrió el velo que cubría de cierto misterio las candidaturas del Frente para la Victoria.

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Seremos testigos, a partir de ahora, de una campaña surcada de lado a lado por la confrontación de dos proyectos alternativos no sólo de ciudad sino también de país. Seguramente los porteños asistiremos a lo que parece avizorarse como un clásico de resolución apasionante allí donde la derecha, con su candidato bailarín, intentará abroquelarse ante la imposibilidad de dar una pelea a nivel nacional por lo raquítico de su intención de votos y por lo superfluo de sus propuestas que no despiertan ningún entusiasmo; y los candidatos del kirchnerismo que, como nunca antes, tendrán la oportunidad de disputar, con chances ciertas, una ciudad que parecía haberles dado la espalda para elegir, como opción, a una derecha pobre en casi todos los terrenos: el de las ideas y el de la gestión. Desafío, entonces, de quienes han sido elegidos para llevar adelante una campaña en la que tendrán que sortear el duro muro del sentido común prejuicioso astutamente levantado por la corporación mediática que ha encontrado en una parte significativa de la clase media a su “virtuoso” portador. Tal vez por eso, las semanas que nos separan del 10 de julio estarán atravesadas por una puja electoral bastante ideologizada en la que la política podrá recobrar una intensidad que en la ciudad parecía haber perdido de la mano del berretismo expresivo del macrismo que no sabe apelar a otra cosa que a la música bailantera y a los globos de colores.



La elección de la fórmula Filmus-Tomada para disputar contra la derecha macrista la ciudad de Buenos Aires constituye, además de un acierto político, una más que significativa señal respecto de las fuerzas que van definiendo el perfil del kirchnerismo. Si a la decisión de Cristina Fernández (que se correspondió en gran medida con las aspiraciones y los deseos de la militancia porteña) le agregamos el triunfo de Agustín Rossi en las internas abiertas del PJ santafesino posicionándolo como una opción clara en una provincia que se caracterizó, durante los meses del conflicto por la 125, por su beligerancia antigubernamental y por la densidad del prejuicio contra los Kirchner que pareció, en un momento, incendiar la provincia de acuerdo a los deseos de la corporación agromediática, el cuadro político ha adquirido una fisonomía muy interesante apuntalando, dentro del frente oficialista, a aquellos que más y mejor representan lo nuevo y lo propio de lo inaugurado en mayo de 2003.



El triunfo de Rossi tiene, además, un plus: haber sido el resultado de la activa participación militante y de los votos masivos de una parte importante de los santafesinos que supieron reconocer en él a un genuino exponente de lo mejor del kirchnerismo. En la ciudad de Buenos Aires quien asumió el peso de la decisión fue Cristina convertida en el gran árbitro de una interna que no se pudo plasmar de otro modo restándole, en este sentido, potencia a la participación militante que tuvo que aguardar, casi hasta el último día, que, desde las esferas más altas, se decidiera una fórmula que, si bien representa cabalmente las aspiraciones generales, podía haber sucedido de diferente manera.



En este caso, primaron la agudeza y la inteligencia política de Cristina y, seguramente, la perspectiva impulsada por ella de consolidar un perfil kirchnerista capaz de ampliar el marco de los sectores que confluyen en el Frente para la Victoria. Lejos de encriptarla en el espacio del peronismo supo darle, a la fórmula porteña, un perfil que representa más y mejor la diversidad política de la ciudad. Un aire a una transversalidad de nuevo tipo, capaz de sacar las consecuencias críticas de su primera versión fallida, revolotea alrededor de la oferta electoral decidida por la Presidenta de la Nación. Una fórmula en la que se puede leer una perspectiva de más amplio alcance que apuntala, junto con la elección de Rossi en Santa Fe y la aceptación de la colectora que lleva a Martín Sabbatella en la provincia de Buenos Aires, la potenciación de un kirchnerismo que busca ofrecerse como un ámbito de confluencias y no sólo como expresión sesgada del pejotismo; de un kirchnerismo capaz de reconstruir, bajo nuevas condiciones y con aprendizajes ofrecidos por la historia, la tradición emancipatoria, esa que recoge en su interior las voces y las memorias de todos aquellos que se sintieron interpelados por las exigencias de igualdad y de justicia. ¿Acaso una señal para después de las elecciones de octubre? Néstor, seguramente, esbozaría una sonrisa pícara ante la manera como se van acomodando las piezas principales en el interior del kirchnerismo.



Pero, y esto también constituye una señal elocuente del humor con el que Cristina encara este tramo de su liderazgo, lo que se buscó con la fórmula Filmus-Tomada es dar una batalla con posibilidades ciertas de ganarle a la derecha la ciudad y haciéndolo desde la perspectiva de un espacio capaz de nuclear las tradiciones democrático populares que habitan Buenos Aires. Hay en esa confluencia un enriquecimiento del eje peronista del kirchnerismo, una ampliación de su base de sustentación y una apertura a otros sectores que amplifican una experiencia político-cultural que está cambiando la escena argentina como hacía mucho tiempo que no ocurría.



Si quisiéramos buscar lo más propio del proyecto iniciado por Néstor Kirchner, su impulso de una renovación política fundamental en el interior del propio peronismo, lo que sucedió en Santa Fe con el triunfo de Rossi y la, en gran medida inesperada, decisión de Cristina al darle esos nombres a la fórmula del FPV, constituyen los datos sobresalientes de hacia dónde va orientando su perfil político el kirchnerismo. De ahí, también, la preocupación de la derecha mediática que no deja de “alertar”, como lo hace insistentemente el inefable golpista Mariano Grondona cada domingo desde La Nación, con respecto al regreso de los montoneros. Un tufo a macartismo anacrónico y apolillado acompaña los exabruptos del diario de los Mitre. Con un giro más pesimista, su compañero de página dominguera, Morales Solá, da por descontado el triunfo de Cristina y anuncia, con aires temblorosos, el peligro de una supuesta reforma constitucional para perpetuarla en el poder más allá del 2015. La derecha periodística parece haber renunciado a octubre y comienza a apuntar sus cañones al día después temiendo, con intuición acertada, que el Gobierno irá por la profundización de lo desarrollado en estos ocho años.



Viendo cómo decrecen exponencialmente sus posibilidades de articular una oposición con chances de disputar a nivel nacional, los medios hegemónicos buscan consolidar, al menos, una cabeza de playa en la Capital Federal impulsando por un lado la candidatura de Mauricio Macri y, por el otro, tratando de apuntalar a Pino Solanas para desplazar a Filmus del ballottage. El objetivo menguado de las corporaciones, salvo el optimismo fantasioso de algún medio conservador que todavía alucina con derrotar a Cristina en octubre, es consolidar una oposición en los centros urbanos principales (Buenos Aires, Rosario, Córdoba, Mendoza) para, desde allí, comenzar, el día siguiente a las elecciones presidenciales, el trabajo de debilitamiento señalando, como principal caballito de batalla, que el kirchnerismo sólo triunfa allí donde reina el clientelismo de los gobernadores o de los intendentes, mientras que en los espacios urbanos por donde circula, supuestamente, la savia democrática lo que se pone de manifiesto es el rechazo al populismo. Poca cosa les queda después de haber imaginado, entre el voto no positivo del ya invisible Cobos y el triunfo opositor de junio de 2009, que apenas se trataba de soplar para que acabara de caerse el gobierno nacional. No comprendieron la fuerza de un proyecto que logró sobreponerse doblando la apuesta y reconstruyendo su base de sustentación social. Le temen, en todo caso, a la consolidación, en el interior del FPV, de aquellas corrientes que expresan con mayor claridad y consecuencia las perspectivas transformadoras. Ellos preferirían que los emergentes del triunfo casi inevitable de Cristina fuesen los Scioli o los Urtubey, no los Rossi o los Filmus.



Es por eso que las elecciones en la ciudad de Buenos Aires, el escenario principal por el que pasa la vida política argentina, son un centro neurálgico de la disputa por el sentido y un eslabón clave, también, en la lucha por la hegemonía cultural que, a decir de Beatriz Sarlo, ha sido ganada, hasta ahora, por el kirchnerismo (astuta jugada la de Sarlo que sabe perfectamente que la construcción de una nueva hegemonía cultural no es algo que se haga de la noche a la mañana ni el resultado ya consolidado de una disputa no concluida). En Buenos Aires se expresa, y esto resulta clave en el interior de esta querella por la hegemonía cultural, una puja entre el modelo de la derecha neoliberal, modelo esperpéntico que no ha sabido ni siquiera gestionar mínimamente la ciudad, y la expansión, en el corazón del poder simbólico del país, ese donde sigue dominando, al menos hasta ahora, el relato del prejuicio y el cualunquismo mediático, de un proyecto que ha sabido reconstruir no sólo la vida política, brutalmente desguazada por el experimento destructivo de los años ’90, sino que lo ha hecho revitalizando las tradiciones populares y emancipatorias, devolviendo lo que había sido rapiñado por una época inclemente para esas tradiciones.



En todo caso, en Buenos Aires se ha abierto nuevamente la oportunidad de entablar un debate capaz de enhebrar lo propio de la ciudad, aquello que tiene que ver con las circunstancias tan particulares de los porteños, con los cambios que vienen sacudiendo al país. La elección de la fórmula Filmus-Tomada da cuenta de la relevancia de este momento político allí donde se priorizó tanto un binomio potente y con posibilidades ciertas de ganar, con la construcción de una fuerza capaz de apuntalar la consolidación del kirchnerismo en su mejor proyección. Difícilmente alguien pueda discutir el perfil nacional, popular, democrático y progresista de los candidatos del FPV, perfil que dificultará la estrategia hasta ahora seguida por Pino Solanas de dirigir todos sus dardos petardistas contra el gobierno nacional afirmando, como viene haciéndolo desde el conflicto de la 125 en el que jugó, junto con su fuerza política, a favor de la Mesa de Enlace y de los intereses concentrados de la renta agraria, que el kirchnerismo es la continuidad, bajo otra máscara, del menemismo. Pino tendrá que buscar otra retórica si es que no quiere seguir haciéndole el juego a la derecha. Sería bueno y saludable que eso ocurriera y que a Proyecto Sur le interesara más confrontar con el macrismo, el verdadero contrincante del campo popular, que con el FPV.



Al compás del crecimiento de la figura de Cristina, de su consolidación hacia adentro y hacia afuera, lo que también comienza a emerger con fuerza es la idea del kirchnerismo como un espacio frentista capaz de aglutinar a los mejores exponentes de las tradiciones populares ampliando las bases de sustentación social y política de un proyecto que no parece haber encontrado todavía su techo. La derecha, que entre nosotros ha sido siempre implacable buscando de diversos modos destituir las iniciativas igualitaristas, intentará, al menos y aunque su candidato no le despierta ningún apasionamiento, abroquelarse alrededor de Mauricio Macri. Con él, o tal vez a pesar de su ineptitud, buscarán frenar el avance del kirchnerismo en la ciudad. Contra eso tendrán que salir con fuerza, inteligencia y audacia Daniel Filmus y Carlos Tomada a ofrecer a la ciudadanía de Buenos Aires la oportunidad de unirse al proyecto de transformación que viene desplegándose en el país, un proyecto cuyo norte es el de la distribución más equitativa de los bienes materiales y simbólicos.
Fuente: 
VEINTITRES