Domingo, 29 Mayo, 2011 - 08:55

Imperio

Atiende Dios aquí? ¿Dónde queda su oficina? No parece, en apariencia, que así sean las cosas, pero el trazado urbano de la capital de los Estados Unidos proyecta esa imagen de imperturbable y majestuosa grandeza que suele advertirse en las metrópolis de aliento imperial. Washington D.C. (distrito de Columbia) agrega a ese estereotipo de monumentalidad urbana como sinónimo de centralidad política la evidencia de que junto al río Potomac se adoptan algunas de las decisiones más gravitantes del planeta.

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Dibujada entre el río y una “frontera” geométrica que la separa de los estados de Maryland y Virginia, la capital imperial alberga un puñado tan imponente de edificios del poder, que el viajero ya curtido ni siquiera se asombra. Aquí están la Casa Blanca, el Capitolio, el Departamento de Estado, el FBI, el enorme espacio verde del National Mall y la vasta burocracia federal. Sin embargo, el Pentágono y la CIA tienen sus descomunales cuarteles generales fuera del distrito, en la vecina Virginia, entre bosques fastuosos.



La seguidilla letal de tornados que atormentan a los Estados Unidos revela la vulnerabilidad de esta gran nación, en la que, por cierto, la inminencia del décimo aniversario de los atentados del 11 de septiembre estimula las conjeturas sobre su potencia e impotencia. Los norteamericanos del país profundo suelen despreciar, o al menos desdeñar, lo que se hace, dice y omite en la capital del poder nacional más global de la actualidad. Rodeada por un anillo periférico de autopistas, el Capital Beltway 495 sirve como metáfora para definir la naturaleza del poder federal. Belt quiere decir cinturón o cinta y a lo largo y ancho de este país continental se habla, a menudo con sorna y menoscabo, de lo que sucede “dentro del beltway”, aludiendo al microclima de autoimportancia y pretensiones políticas supuestamente excesivas. Al margen del fastidio que siempre suscita el poder desmedido, como escenario principal más evidente del planeta, la ciudad de Washington es anfitriona casi impasible de jefes, dignatarios y funcionarios de todo el mundo, que cabildean por las pasarelas de este poder con la inveterada esperanza de ser escuchados y obtener lo que procuran.



El problema con las naciones de proyección universal e influencia innegable, como Estados Unidos, es que a menudo, y al margen de sus propias y numerosas incursiones en ultramar, el mundo exige que asuman responsabilidades planetarias, que sólo este país tiene los recursos para afrontar.



Interrogado acerca del inminente comienzo del retiro de tropas de Afganistán y el progresivo retiro de Irak, Henry Kissinger (87 años), sostuvo la semana pasada que abandonar posiciones militares y replegar fuerzas equivale a comer maníes salados: cuanto más se ingieren, más ganas se tiene de seguir devorándolos. Es cierto eso, pero el curioso comentario de Kissinger alude a fenómenos sutiles no siempre descriptos con honestidad intelectual. Justificadamente visualizada como nación con trayectoria de apetitos y emprendimientos agresivamente imperialistas, Estados Unidos ha sido y sigue siendo en muchos sentidos, empero, la casa matriz de libertades y garantías que escasean o directamente no existen en muchísimas naciones de Asia, Africa y América latina. De hecho, esas demandas mundiales aún insatisfechas suelen verbalizarse precisamente aquí, porque la propia experiencia histórica demuestra que el poder estadounidense, a menudo odioso o sofocante, ha sido decisivo para que grandes progresos en libertades y prosperidad hayan sido asegurados.



Ahora mismo, mientras escribo en una habitación de hotel en un piso 11 de la esquina de la avenida K y la calle 14, a cuatro cuadras de la Casa Blanca, escucho las transmisiones de la cadena árabe Al Jazeera a través de una radio washingtoniana. Ese es el mensaje que siempre recibí en esta ciudad, a la que visito desde hace 35 años. Esa sensación mixta que oscila entre la omnipotencia imperial y el coraje de pelear batallas decisivas por valores nobles, me acompaña desde que escribí USA, Reagan, los años 80, libro publicado en el exilio hace hoy exactamente treinta años. Es una percepción intensa y de la que no puedo ni quiero apartarme: aquí, en este espacio del mundo donde todo lo nacional es definido rutinariamente como internacional, coexisten proyectos objetables con iniciativas admirables.



A menudo, las exigencias de intervención norteamericana provienen –paradójicamente– de afuera, y cada vez que los Estados Unidos quisieron replegarse a un taciturno aislacionismo, esa pulsión a autoexcluirse no fue necesariamente positiva para los grandes e irresueltos desafíos internacionales.



Se respira en Washington un aire de normalidad muy similar a la rutina, de vez en cuando alterada por sucesos explosivos (la eliminación de Osama bin Laden, por ejemplo), pero cuya duración en la excitación colectiva no supera las 72 horas. ¿Poderosos o vulnerables? La vieja noción del “tigre de papel” concebida por el maoísmo hace medio siglo demostró ser una simplificación tosca, estéril y falsa. La noción que tienen los norteamericanos de su ejercicio de la hegemonía no es monocolor ni “ideológica”, en el sentido latino de la palabra. Observada desde sus ajetreos cotidianos, es en esencia una pragmática búsqueda de estabilidad, valores y compromisos, algo muy alejado de las efusiones doctrinarias que suelen apoderarse de la vida cotidiana en otras latitudes. Tampoco enarbolan ya un minucioso programa de dominación mundial basado en un catecismo específico. ¿Construir naciones? Tal vez. ¿Impulsar la democracia? A veces sí, pero a menudo no se puede o no conviene.



Una reflexión sencilla que me acompaña tras charlas, encuentros y hallazgos sugiere ajustar a la baja expectativa y delirios intelectuales con que solemos recargar la idea de lo que son y quieren ser los Estados Unidos. Devotos del rigor y las definiciones binarias, es aconsejable tratarlos con señales simples, claras y persistentes. Pero, eso sí, coherentes.
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