Domingo, 22 Mayo, 2011 - 12:30

Declamaciones lastimeras

Ayer rastreé las reyertas de los últimos meses entre el oficialismo y la oposición en Chaco. Pensaba hacer un listado de zonceras pero me desanimé. Primero sentí vergüenza porque la prensa suele ignorar su responsabilidad en la exhibición impúdica de la estupidez de algunos políticos, y después cierto alivio porque censurar la palabra de un legislador o de un funcionario para preservar la salud mental de la sociedad equivaldría a ejercer un tutelaje que nadie nos pidió. Como se suele decir en la calle: “A pelarse”.

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Hay una asombrosa falta de ideas en el debate político, en los cuestionamientos de la oposición y en las respuestas del oficialismo. Están también los intelectuales un poco alejados de la práctica política cotidiana, pero de esos no vamos a hablar.



La falta de ideas de la oposición es un síndrome que se consolidó a partir de 2003 cuando Néstor Kirchner, que ganó raspando, corrió por izquierda a la izquierda y por derecha a la derecha. Los que estaban más o menos en el mismo andarivel democrático que el patagónico se metieron en un berenjenal del que todavía no pueden salir. Chaco se nutrió de los coletazos de esos movimientos tectónicos.



En cuanto a Kirchner, sería injusto reducir toda una política de construcción (pomposamente llamada “transversalidad”) a dos o tres ejes testimoniales, pero qué duda cabe de que en la iconografía progresista, animarse en serio a impulsar los juicios a los genocidas era una prueba de fuego que ningún presidente de la democracia había sido capaz de acometer.



¿Y la letanía de los economistas liberales? “Hay que honrar las deudas”, musitaban y reían entre dientes pensando que nadie las podría honrar sin someter al país a penurias inconmensurables. Diez mil millones obló el gobierno al FMI y dejó a una parte de la derecha pensando en cómo reescribir las chicanas de la Nueva Era.



Con el tiempo ese kirchnerismo multiforme y esquivo se sobrepuso a todo, hasta a la muerte de su líder, y se consolidó como la (casi) única alternativa electoral para la época. No vamos a abundar en lo que todos, oficialistas y opositores, conocen.



La versión chaqueña de ese proceso no dista demasiado de otras experiencias jurisdiccionales. Y es que, contrariamente a lo que berrean sus detractores, los Kirchner nunca fueron dogmáticos. Para los peronistas a los que estábamos acostumbrados, Jorge Capitanich era sólo vagamente justicialista, pero no más que el propio Ángel Rozas. Si de poses se tratara, la del caudillo radical era la más peronista de las dos. Igual que Kirchner en 2003, a Rozas Capitanich le ganó raspando.



También en Chaco se leyó La Biblia Según Néstor: un modelo de gestión política sin barreras, casi desprejuiciado (en rigor Capitanich, con un perfil más “norteamericano”, no aprobó esa materia) al que podría agregársele la condición de posibilidad de cualquier gobierno con serias intenciones de quedarse: las relaciones construidas meticulosamente con el poder, que el nuevo gobernador tenía como reaseguro en su alforja, y la sensatez para establecer nuevos pactos.



Mal no le fue: los exámenes electorales fueron el resultado de una parsimoniosa ingeniería para salir de los números rojos, de la habilidad para contener el conflicto social que asoló a gobiernos anteriores, de la lealtad para pagar deudas políticas y la inteligencia para darlas por concluidas (ningún ministro se podía ofender cuando era obligado a renunciar por sus propias limitaciones en la gestión) y finalmente hacer las cosas a su manera: así redujo el conflicto docente a la mínima expresión. La ayuda de aquellas relaciones construidas meticulosamente fue decisiva.



EL DEBATE RAMPLÓN

¿Y la oposición? Hay un dato que no podemos soslayar: en la oposición habla cualquiera. Ese desorden es síntoma de un liderazgo que está en crisis (antes “El Hombre” era, además, el gobernador; hoy es una luz que se extingue en el horizonte radical). Desde la legislatura provincial, desde la Municipalidad de Resistencia, desde las comunas del interior, desde los foros partidarios, todos tratan de ganarse un lugar, de hacerse notar.



No se sabe bien si intentan simplemente estar o si de verdad lo mejor que tienen para ofrecer como alternativa es lo que muestran. Lo curioso es que algunos nostálgicos lo hacen, más que para ganar el favor del electorado, para llamar la atención de Ángel Rozas, para conmover su estólido pulgar.



Desde los pedidos de informes (solemnes engendros más o menos prolijos que nunca prosperan) y las denuncias administrativas, hasta el breviario cotidiano que recorre internet y las radios, la chicana parece el argumento más a la mano para llamar la atención. Algunas se fundamentan en la verdad, otras en la sospecha, todas en el vértigo de las elecciones que se vienen. El noventa por ciento son piezas discursivas descartables.



Y por supuesto las chicanas son respondidas: siempre hay un soldado del lado del gobierno dispuesto a inmolarse; siempre aparece el que toma el guante y se prende en el debate ramplón incluso redoblando la apuesta. Total, a río revuelto…



Si hubiera que hacer cálculos teniendo en cuenta que Ángel Rozas tiene demasiada política sobre sus espaldas, diríamos que sus expectativas consisten (en Chaco) en hacer una buena elección. Como él mismo declaró: en ganar en donde se es gobierno y en disputar espacios en donde se es oposición. No hay un tsunami radical como sí lo hubo cuando él fue candidato por primera vez. No hay un candidato arrasador. Roy Nikisch no lo es, o al menos no lo es frente a Capitanich.



Rozas conserva la sabiduría política que lo caracterizó. Quiere evitar que las defensas partidarias se resquebrajen entre setiembre y octubre, y prefiere que el que tenga que caer, caiga en el campo de batalla. Una pena que esa sabiduría en vez de contribuir a un debate enriquecedor para la sociedad y a la posibilidad de la alternancia política, se haya reducido a un catálogo de declamaciones lastimeras.
Fuente: 
(*) De la Redacción de DiarioChaco.com.