Domingo, 22 Mayo, 2011 - 12:07

Correo de nuestros lectores
El electorado frente a la puja por el Poder

Nada más enmarañado que el juego implicado en la disputa por el poder. Para Argentina, las próximas elecciones presidenciales y la renovación parcial de legisladores, distan en mucho de ser un acto comicial más. No porque los anteriores hayan sido de menor importancia sino porque en éstas, tal vez de un modo singular, la sociedad deberá convalidar (o no), además de una “ideología”, también un “método” para gestionar la cosa pública.

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El actual es un escenario distinto pero, además, de difícil comparación con otros períodos de nuestra historia reciente. Tal vez haya quienes pretendan comparar la importancia de lo que pueda suceder a partir de 2012 con lo que aconteció a partir del 83. No hay, en realidad, proporción ni contexto similar alguno.



En efecto, desde las primeras elecciones posteriores al proceso, la política y la sociedad argentina retomaron la senda de la democracia, llevando en sus almas la confusión y el dolor de un tiempo anterior marcado por la violencia, el ahogamiento de las libertades civiles y del conjunto de las garantías constitucionales, y la relativización de los derechos humanos. La restauración de la democracia no fue un simple detalle más para la vida del pueblo. Fue un hito que marcó un antes y un después.



El escenario de hoy es distinto e implicará, según cuál sea su resolución tras el acto comicial de octubre, eventuales novedades importantes para la vida del país, pero no de la magnitud de la década de los 80.



Como sea, el tema principal por estos días no parece ser el ideológico, al menos en el plano teórico; o, mejor aún, en el ámbito de los discursos y proclamas que se proponen al electorado desde lo mediático o desde las tribunas partidarias. Porque, al fin y al cabo, cabe preguntarse (no sin una cuota de ironía y hasta de humor): ¿Quién podría manifestar, explícitamente y desde lo “ideológico”, su desacuerdo con la necesidad de afianzar institucionalmente la autonomía de los poderes del estado o velar por el recto y no discrecional ejercicio del federalismo?



¿Cuál plataforma política podría impulsar a su candidato a decir que la corrupción sea un “bien social”, o que la mafia de los medicamentos constituye, cuando más, un dato secundario; o que la salud pública no tiene por qué ser una política de estado permanente, sin importar el color político de un ocasional gobierno futuro?



¿Quién, con pretensiones de ser “elegible”, podría decirle a la gente que hay que fomentar la inseguridad física y jurídica; o que una híper inflación es lo mejor que le podría pasar al país; o que conviene que los dirigentes gremiales usen y abusen de sus afiliados para provecho propio?



En el mismo marco de ironía de antes, si algo así ocurriera sería cómo recitar los diez mandamientos por sus opuestos: Olvídense de Dios; sean indiferentes a sus padres y familiares, roben, maten, mientan…



Pero sabemos que no es así. Más todavía. En ocasiones, el sarcasmo y la exageración suelen servir para evidenciar aquello que nunca se producirá; aquello que es impensable y que repugna al sentido común.



No se trata, entonces, de esa forma de “ideología comunicacional” que se transmite a la gente, donde –en el fondo- todos los referentes dicen más o menos las mismas cosas, aunque acentuando algunas y menguando otras; sino de otra, que frecuentemente permanece como en la trastienda, en el anonimato: aquella forma de pensamiento que verdaderamente pueda sustentar una “praxis”, una práctica habitual y real, un “método”, concordantes con el espíritu y la letra de la Constitución Nacional, a la hora de encarar los problemas concretos de la República y su gente. Y en esto, tal vez, consista la importancia de las próximas elecciones y la capacidad de discernir por parte del electorado.



Porque mientras que el discurso oficial transmite la idea de que todo está más o menos bien, aun admitiendo que falta mucho por hacer, los peronistas que no se identifican con el kirchnerismo, por ejemplo, se quejan sobre una variedad tan amplia de aspectos que es difícil resumirlos, pero que básicamente van desde los reclamos porque no reciben en sus provincias los fondos de coparticipación correspondientes, hasta el manifiesto enojo por el avasallamiento que el poder central hace sobre el resto de los poderes del Estado, al menos en aspectos puntuales; además –claro- de ver en Moyano, por una parte, a un poderoso referente gremial creado y sobredimensionado por el propio kirchnerismo; y, por otra, una figura de tanto peso político que, más temprano o más tarde, podría condicionar el actuar de la Presidente en caso de ser reelegida.



Por otra parte, desde el conjunto de los diversos sectores que inexactamente se suele calificar como ‘la oposición’, como si hubiera una sola, pasa algo parecido. Se le recrimina al oficialismo el doble discurso, la prepotencia, la cerrazón al diálogo, la intolerancia, la indebida utilización de los derechos humanos en beneficio propio, la implementación de políticas inmediatistas e insuficientes para con los más desprotegidos, la corrupción… y cientos de aspectos más.



Ahora: todo esto (y mucho más), en el fondo cae sobre las espaldas de los electores. Sólo basta que alguien lea un diario, prenda la radio o escuche la opinión de su vecino, para constatarlo al menos parcialmente. ¿Cómo elegir, entonces? ¿Cómo discernir un entramado tan complicado?



En realidad, en esto como en todo, no hay recetas mágicas. Lo único cierto es que es el “elector” el que podrá inclinar la balanza hacia un lado, hacia el otro, o quedarse en el medio, según sus convicciones y según las cosas a las que aspira.





Por esto y sólo a modo de precaria orientación, tal vez pueda servir un viejo texto, ya casi olvidado por completo, más allá de toda suspicacia que la cita del mismo pueda despertar:



“Nosotros, los representantes del pueblo de la Nación Argentina, reunidos en Congreso General Constituyente, por voluntad y elección de las provincias que la componen, en cumplimiento de pactos preexistentes, con el objeto de constituir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer a la defensa común, promover el bienestar general, y asegurar los beneficios de la libertad, para nosotros, para nuestra posteridad, y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino: invocando la protección de Dios, fuente de toda razón y justicia: ordenamos, decretamos y establecemos esta Constitución, para la Nación Argentina…”