Domingo, 22 Mayo, 2011 - 08:55

Santa

En la vastedad interminable, el cielo se desploma sobre un horizonte desconsolador. El aire es seco hasta el punto de la frugalidad más brutal. Desparrama una pureza intimidatoria. A sólo 60 km de Río Gallegos, el escenario es entre onírico y galáctico. Patagonia de paladar negro, guanacos devorando pastos ralos, ovejas desperdigadas sobre planicies eternamente barridas por un viento impiadoso, una temperatura ambiente cercana a cero grado que el sol bajo del otoño invernal no tiene maneras de elevar.

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Antigüedad geológica en la infinitud de una tierra esencialmente exenta de historia humana, en la que se inició la peripecia política esencial de la Argentina de los últimos años y sigue siendo básicamente una desolación salpicada de escasos manchones demográficos. La ciudad de Río Gallegos concentra más de un tercio de los menos de 280 mil habitantes de la más meridional provincia de la Argentina continental. La saga kirchnerista ha dejado una estela de marcas en esta ciudad chata, fría y ligeramente ominosa, pero ese recorrido pertenece cada vez más al pasado. La Presidenta tiene una nueva casa, claro, y también el primogénito del matrimonio vive aquí una existencia desprovista de rasgos noticiables, pero los Kirchner, en esencia, han migrado al hoy fastuoso El Calafate.



En Gallegos, la fornida minioligarquía creada desde el núcleo rígido del poder K tras veinte años de hegemonía provincial exhibe su ostentosa banalidad. Las mansiones de los principales beneficiados por dos décadas de negocios con el Estado provincial se alinean en prolijo orden junto a la ría que desemboca kilómetros más abajo en el océano. La casona de Lázaro Báez, permanentemente monitoreada por una espesa seguridad privada, es apenas una muestra de lo bien que les fue a quienes acompañan al matrimonio desde el comienzo.



Aunque Río Gallegos es gobernada por el radicalismo, la capital es la sede de un pétreo muro mediático kirchnerista. Los diarios locales son directa y explícitamente kirchneristas y, para que nadie se sienta excluido, los dineros provinciales abastecen, en una ciudad de tan pequeño formato, a nada menos que cuatro matutinos, uno de los cuales es de Rudy Ulloa, y otro de Báez. Son ostensibles altavoces del poder oficial, cuyas gacetillas transcriben fotocopiadas, sin ruborizarse. Lo mismo sucede con casi todas las radios, acogotadas por la “pauta” provincial que el gobernador Daniel Peralta (quien menciona a la Presidenta como “la rusa”) maneja con tosquedad proverbial: a los amigos, todo; a los “enemigos”, ni un vaso de agua.



En dos décadas de poder casi irrestricto (en la Legislatura provincial, 20 de los 24 diputados son kirchneristas, gracias al creativo invento de los diputados “del pueblo”, acuñado por el finado ex presidente para reducir la influencia de las pocas pero gravitantes ciudades grandes), deberían haber convertido esta provincia en un caso testigo. Este debería ser un mapa de prosperidad y concordia. No hay “herencia maldita” alguna a la que echarle la culpa en Santa Cruz. Y sin embargo...



La huelga de los docentes lleva ya casi cuarenta días, con lo cual la educación pública está paralizada desde comienzos del ciclo. ¿Piden mucho dinero a un gobierno que carece de recursos? El único razonamiento que explica la tozuda negativa de Peralta a conceder lo que los docentes reclaman es que sólo se aumentan sueldos en esta provincia evitando una paritaria. El modelo K ortodoxo plantea de manera gruesa y ordinaria: yo gatillo aumentos, como decisión unilateral, pero no me siento a negociar. A los docentes hasta hoy no los han podido doblegar.



Tierra agreste y de contornos a veces agrios, Santa Cruz ilustra una realidad que muchos sectores urbanos conocen y padecen; habían advertido antes de 2003: “No se equivoquen con Kirchner, nosotros lo conocemos y sabemos de qué es capaz”. Un dato que se recoge caminando la ciudad: como matrimonio, los Kirchner han sido más temidos que queridos, han cosechado más obediencia que convicción. Un espeso tejido de cargos oficiales, subsidios, negocios privilegiados con los oligarcas triunfales de la obra pública y una infinita red de prebendas y favoritismo edificó un bloque de complicidad. Negocios direccionados (los casinos son un caso de libro de texto) engrasan una casta privilegiada que tiene grandes beneficios que defender. No renunciarán a ellos así nomás.



Peinar con los ojos el escenario natural de este territorio y observarlo en el contexto de su vida política y social abre el apetito por las metáforas inmediatas. Puede decirse que una eternización política tan prolongada como la que el kirchnerismo acredita en Santa Cruz emula el duro escenario de severidad geográfica que presenta esta comarca repleta de calafates (arbusto magro y lleno de filosas púas) y ataviada con épicos glaciares. El frío y la monumentalidad planetaria acompañan al visitante mientras dura el recorrido, pero ¿quien se radica en estas tierras no termina de alguna manera adoptando una resignada ciudadanía patagónica, afecta al comando vertical y a la resignación fatalista ante la corruptela hecha sistema?



No se ha investigado e inventariado lo que significaron veinte años de continuidad de un “modelo” repleto de obras anunciadas y no ejecutadas (pavimento, rutas, viviendas, movimientos de tierra), un orden de cosas que no ha transformado estructuralmente a la provincia, cuyo actual panorama de conflictividad social supera la media nacional.



Se va el viajero con una percepción más poderosa que cualquier otro apunte: en este bello y a veces fantasmagórico extremo del país, los que se oponen a la dinastía hablan en voz baja y todos, incluso los que no se animan a desmarcarse, admiten que aquel señor y esta señora han sido y son gente que se enoja mucho, grita bastante y suele despreciar a los que pretenden conservar una imposible relación entre pares, meta inalcanzable en la Santa kirchnerista Cruz, confines de la Argentina.
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