Domingo, 15 Mayo, 2011 - 10:05

La oposición y "su coherencia"

Mientras el kirchnerismo sigue su hoja de ruta que conduce, eso parece de una manera cada vez más evidente e irrefutable, hacia la reelección de Cristina en octubre, la oposición trastabilla con sus propias incoherencias a la hora de intentar definir quién y hacia dónde.

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Zigzaguea sin rumbo fijo una vez que la victoria de junio del 2009 se ha transformado en una imagen cada vez más amarga que les recuerda, después de las euforias etílicas de aquellos días en los que creía haber sepultado, de una vez y para siempre, las aspiraciones del oficialismo, que del cambalache muy difícilmente se pueda extraer algo serio y sólido.



Pero también nos ofrece la oportunidad de distinguir entre quienes apostaron a reconstruir la política como instrumento de transformación y como lenguaje de un litigio que atraviesa la vida social allí donde se discute la cuestión esencial de la equidad y de la distribución, y aquellos otros, capturados por el discurso de los grandes medios de comunicación, que siguieron insistiendo con las prácticas despolitizadoras de los ’90, allí donde se definió el desplazamiento de la política por la administración fraudulenta emanada del imaginario empresarial neoliberal y multiplicada hasta lo absurdo y grotesco primero por el menemismo y, luego, por la fallida experiencia de la Alianza que, bajo los preceptos del ideal republicano, no hizo otra cosa que perpetuar el modelo pergeñado por Cavallo y los dueños del capital concentrado y especulativo financiero.



La continuidad de los ’90 se puede apreciar en la resignada aceptación que la mayor parte de la oposición muestra ante las presiones y las determinaciones que emanan de las corporaciones y del establishment, así como continúan peregrinando ante los periodistas “independientes” que, en los últimos tiempos, no dejan de retarlos ante tanta incapacidad para definir con cierta coherencia una alternativa con alguna chance de disputar las elecciones presidenciales. Casi todos parecen resignados a girar alrededor de la estrella muy poco luminosa y algo artificial de Ricardo Alfonsín (que por otra parte ya no sabe si seguir imitando a su padre o deslizarse, raudo, hacia una alianza de derecha con el colorado De Narváez dejando los coqueteos con el socialismo de Binner para otra ocasión).



La rutilante esperanza formateada desde las oficinas de los Durán Barba de la derecha restauracionista ha desmontado sus expectativas nacionales para regresar, con la cola entre las patas, al supuesto refugio capitalino del que espera obtener un premio consuelo. Pero también los retóricos de la crítica petardista, aquellos que construyeron un discurso afincado en los “grandes y urgentes problemas nacionales” (como lo eran hasta hace unos días la minería a cielo abierto, los ferrocarriles y la “impostura” kirchnerista) tendrán que hacer malabarismos para reconducir su intervención al perímetro marcado por la General Paz y el Riachuelo girando su foco, ya no hacia el gobierno nacional (tan odiado), sino hacia el de la ciudad que, hasta no hace mucho, ni siquiera entraba en su ángulo de mira. ¿Recuerda, acaso, el amigo lector el eje de la campaña de Pino Solanas en el 2009 cuando ni siquiera, siendo candidato por la Capital Federal, se le ocurrió discutir y criticar a Macri sino que dirigió toda su artillería contra el Frente para la Victoria? Cambia, todo cambia.



La escena política va despejando sus incógnitas a un ritmo acelerado lanzando a ciertos candidatos otrora cortejados por el establishment al tacho de los desperdicios. Con la furia implacable de aquello que es removido por insustancial e inútil, la realidad argentina no parece tener conmiseración a la hora de poner en evidencia el profundo vacío que atraviesa de lado a lado a las fuerzas de oposición convertidas, por arte de su propia inoperancia y futilidad, en un barco a la deriva que no sólo ha perdido el rumbo sino que su naufragio es eminente e inevitable.



Sin poder sustraerse a la feroz cooptación que sobre ella ejerció la corporación mediática, la oposición se ha convertido, como ya lo señalé en otro artículo, en una suerte de tienda de los milagros en la que todos sus habitantes disputan por una porción de poder cada vez más paupérrima. Sin poder explicitar su núcleo ideológico por temor al espanto que podría causar sobre sus propios potenciales votantes, desguazadas sus pertenencias ideológicas por el predominio entre sus filas de las sacrosantas verdades de las encuestas y de sus sacerdotes oficiantes de la religión que reduce la política a encuestadolatría cuyo señor máximo es el inefable Durán Barba, exponiendo el escasísimo nivel intelectual de algunos de sus máximos referentes, a la oposición parece no quedarle otra tarea que seguir manifestando la caída en picada de un discurso y una práctica que terminó por devastarla. De sus antiguas soberbias triunfalistas no quedó ni la ceniza de la esperanza.



Primero le tocó al pequeño e insignificante señor Cobos anunciar su casi retiro de la política activa después de haber alucinado con llegar a convertirse en presidente de la Nación por mor de la más absoluta falta de fidelidad y el deseo de agradar a su hija; después tuvo que clausurar sus aspiraciones su otro coterráneo, el senador Sanz, que ni siquiera alcanzó a mover mínimamente el amperímetro de una candidatura pergeñada entre gallos y medianoche por los señores de las corporaciones que imaginaban haber encontrado en Sanz la horma de sus zapatos, el radical complaciente con los designios del poder económico; después estalló el vodevil del peronismo neoliberal que, como si fuera un paseo por el tren fantasma del viejo Ital Park, acabó descarrilando mostrando los rostros impresentables de Rodríguez Saá y de Duhalde mientras que De Narváez, curado de espanto, comenzó a acercarse a las huestes de la última esperanza blanca, Ricardo Alfonsín, descubriendo que ni la plata ni decirse peronista alcanzan para aspirar, como en el 2009, a una buena elección; Felipe Solá, vista la cancha despejada y sin siquiera ruborizarse, parece entusiasmado con el incendio de su espacio político que le ofrece una extraña oportunidad pírrica para lanzar su candidatura; el inefable Mauricio Macri, carente de cualquier recurso intelectual y de cualquier vocación al esfuerzo y a la trabajosa construcción política, ha decidido renunciar a las grandes ligas para volver a jugar en el pago chico tratando de refugiar su inoperancia y su estrechez en una ciudad que ha conocido lo que significa ser gobernada por una derecha analfabeta, brutal y destructiva; y, por último, Pino Solanas que haciendo gala de un oportunismo digno de mejor causa abandonó raudamente su vocación nacional, su tozuda insistencia de bregar contra el bipartidismo, para terminar haciéndole el juego a la derecha mediática que prefiere, perdida por perdida, tratar, al menos, de conservar una cabeza de playa en la ciudad de Buenos Aires jugando sus garbanzos a dos puntas: por un lado acogiendo nuevamente a Macri aunque desilusionada de su hijo pródigo al que sólo parecen gustarle las fiestas kitsch con globos de colores y música de Gilda o las eternas vacaciones, y, por el otro lado, dejando que las huestes de Proyecto Sur, con Pino a la cabeza, se conviertan en la fuerza de choque que supuestamente por izquierda al menos intentará impedir que el kirchnerismo gane la Capital.



Desde la soledad de su refugio de pitonisa de catástrofes que nunca acontecen (salvo aquellas que se refieren a la implosión de las fuerzas opositoras), Lilita Carrió se alegra al contemplar cómo los fuegos fatuos anunciados con retórica apocalíptica van despejando el escenario para convertirla en la estrella de una obra cuyo guión parece haber sido escrito por un capocómico. Ella sola, guerrera de batallas cósmicas, para enfrentarse contra el revival, argentino, del nazifascismo (¿recuerda el amigo lector aquella frase memorable en la que la inefable pitonisa comparó a Néstor Kirchner con Hitler?). Como para hacer gala de consecuencia Lilita, junto con su inseparable compañera de andanzas camaleónicas, Patricia Bullrich, se dirigió raudamente al país del Norte, cuna como todos sabemos de la libertad y el respeto al derecho internacional y garantía última de la democracia y el Estado de Derecho, para denunciar, cual Juana de Arco, que en la Argentina está amenazada la libertad de expresión. Entre pesadillas y presagios, Carrió, nuestra Casandra de cabotaje, sueña con enfrentar a su demonio personal: Cristina Kirchner que, para furia de la rubia platinada, ni siquiera se digna a mencionarla.



Resulta entre paradójico y absurdo que aquellos exponentes de la “verdadera y virtuosa” República, los que a coro se desgañitaron denunciando la falta de calidad institucional y el desaliño del kirchnerismo, esos mismos que agotaron todos los adjetivos para denunciar a un gobierno autoritario y hegemónico, impresentable y oportunista, se hayan convertido, finalmente, en lo que siempre fueron: una tienda de los milagros habitada por celosos guardianes de la incoherencia, la insustancialidad política y la avidez de un poder que se les escapa como arena entre las manos. Ellos, los demócratas, han contribuido, como nadie, a vaciar de contenido, de ideas y de proyectos alternativos a una República que, mal que les pese, se defiende con inteligencia de quienes, en su nombre, no han hecho otra cosa que dañarla y envilecerla. Hoy el mejor garante de instituciones sólidas es el tan odiado y calumniado kirchnerismo. Si, después de décadas, un gobierno democrático ha podido enfrentar con éxito el chantaje siempre brutal de las corporaciones económico-mediáticas, ha sido precisamente porque supo hacer todo lo contrario a lo que los escribas del poder le vienen diciendo a la oposición que debe hacer para “rescatar” al país del escándalo populista. Y Cristina, como antes Néstor Kirchner, sigue dando lecciones de inteligencia y coraje político puesto al servicio no de los poderosos de siempre sino de los intereses populares.



Resulta paradójico que el kirchnerismo ni siquiera pueda confrontar, de cara a la elección presidencial de octubre en la que se define el mapa de los próximos años argentinos, con una oposición coherente que, al menos, esté a la altura de los acontecimientos y en condiciones de abrir un debate que sigue siendo imprescindible. La figura famélica y esperpéntica que hoy nos ofrece la oposición no le hace ningún bien a la democracia republicana que tanto dicen defender y extrañar. Por derecha sus candidatos van diluyéndose uno tras otro mostrando la profunda descomposición ideológico intelectual que hoy la atraviesa; por izquierda, si así puede denominarse a la propuesta cada vez más oportunista de Proyecto Sur, tampoco aparece una perspectiva capaz de salir a dar un debate nacional que ponga en un primer plano de la opinión pública lo que para ellos son los grandes problemas irresueltos de la actualidad argentina. La oposición, una vez más, fuerza al kirchnerismo a tener que reemplazar ese debate hacia afuera de sí mismo por el que seguramente lo recorrerá, en el interior diverso de su constitución, de cara al futuro inmediato.
Fuente: 
VEINTITRES