Domingo, 15 Mayo, 2011 - 08:37

Un largo adiós
Apagón, el exterminador

La desaparición física de un hombre de cien años produce una sensación ambivalente. Por un lado, si lo estimábamos, su muerte nos da pena, pero por el otro creemos que vivió mucho tiempo, quizás demasiado si no estaba bien de salud, inválido, dependiente de otros, etc. Pero Ernesto Sabato murió en su casa y en su cama sin sufrimiento ni agonía. Una bendición de los dioses.

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Su muerte me dispone a escribir sobre mi juventud, porque Sobre héroes y tumbas fue un libro de juventudes, así como lo fue Rayuela, quizás los dos libros que marcaron con el trazo más grueso a los jóvenes de la década del sesenta. Sabato era un nombre conocido cuando en el firmamento literario y filosófico reinaba Jean Paul Sartre.



El escritor francés había rechazado el Premio Nobel en el año 1960, en los albores de la aparición de las dos novelas mencionadas. Pero mientras Cortázar era un parisino que nos hablaba del jazz en la Ciudad Luz, Sabato ya estaba en Santos Lugares. Una de las cosas que más me impresionaban de Sabato era su elegancia.



Tenía un porte muy canchero para la época. Parecía una vestimenta clásica, tradicional, pero el modo en que la lucía y la imagen global de su estampa la jerarquizaban. Saco azul, pantalón gris de buena caída, camisa celeste oscuro, casi azul, corbata bordó, zapatos abotinados marrones, de cuero duro, y un par de medias de morley con listones cuatro por dos de streetch caña larga.



Sus anteojos eran de armazón oscuro, marco cuadrado; le daban un aire severo de lector penetrante. Hombre de mediana estatura, pelo grisáceo escaso pero visible, y unos bigotes no agresivos sin ser por eso finitos y anticuados. No eran bigotazos de teniente general ni pelusa de gallego, sino más bien bigotes de profesor de secundaria de la materia Historia o Educación Democrática. La voz era uno de sus mejores recursos.



Grave, con entonación final carraspeada, y un volumen respetable al que llegaba sin gran esfuerzo. Además escribía. Su personaje Alejandra tenía un temperamento distinto al de la Maga, la otra diosa literaria de la época. Sabato creaba personajes malditos. Seres que tenían un destino sacrificial. No eran brujas pero tenían algo de hechiceras. Embrujaban sin ser brujas.



Me hacen acordar a las sirenas que enloquecen a Ulises, que debe atarse a un mástil para no ser devorado por la belleza de su canto. Sabato emparentaba la locura con la belleza, y las dos tenían cuerpo de mujer. El Informe sobre ciegos, como la larga marcha del general Lavalle, fueron muy comentadas en la época. No fui parte de los admiradores de esos dos trozos antológicos. Lo mío era Alejandra y esos hombres que la rodeaban que portaban apellidos de galán argentino, como Vidal.



La novela El túnel era menor respecto de su gran novela. La locura suicida de un pintor, un lobo estepario caricatural, no me entusiasmaba demasiado. La película con Carlos Thompson la recuerdo también como un culebrón existencialista, como se decía en aquella época. De todos modos, esta idea de que un artista debe ser un psicópata irremediable, misógino y de carácter podrido sin duda persiste en el imaginario de mucha gente.



A mediados del año 1984, en pleno alfonsinismo místico y Conadep activa, invité a Sabato a dar una charla a los alumnos de Introducción a la Filosofía en la sede de la carrera de Psicología de la calle Independencia. Ya lo había hecho con Borges con un gran éxito, ya que el poeta encantaba a todo el mundo. La multitud y las autoridades de la casa estaban encantadas con su presencia a pesar de su apoyo a Pinochet, su visita a Videla, su gorilismo, su conservadurismo aristocrático explícito.



Su humor respecto de sí mismo era prioritario frente a su ironía sobre el mundo, y eso desarmaba al más beligerante. Un par de meses después, en el mismo lugar, una tarde, cuando llegó Sabato en un coche oficial, lo conduje al café adyacente a la facultad llamado Psicosis. Ahí estábamos con mi amigo y colega Alejandro Rússovich, dilecto compañero del polaco Gombrowicz, al que don Ernesto había escrito un famoso prólogo en la traducción de la novela Ferdydurke, cuando de improviso Sabato nos dice que se vuelve al auto y se va, dejándonos solos y huérfanos de explicaciones ante el expectante público del aula magna supuestamente llena.



Nos dijo que creía que iba a asistir a un encuentro íntimo para conversar y no a un acto público. De dónde había sacado eso era un misterio. Que había rechazado infinidad de invitaciones y que no podía quedar mal con aquellos excomulgados de buena voluntad. Ya no sabíamos qué hacer. No sé qué acontenció para que accediera finalmente y nos acompañara a la sala, que para mi sorpresa no estaba colmada. Raro.



Quizás por la hora, pero la presencia del presidente de la Conadep en el ’84, y un apellido mayor de la literatura nacional, podía suponer una mayor ansiedad por escucharlo y verlo de parte de los estudiantes y profesores. No fue así. Todo el resto del encuentro fue como se esperaba. Sabato decía las mismas cosas que en los últimos treinta años.



Que la física, que la ciencia, que las máquinas, que la exactitud aritmética nada tienen que ver con la vida; que los fantasmas, que las pesadillas, que la desdicha sí tienen que ver con la vida y la literatura. Sabato no hizo más que repetirse a sí mismo durante décadas. Cuando quiso cambiar y escribió Abadón, el exterminador, salió mal. Una novela larga, tediosa, pseudoprofética, nada. Luego se dedicó a pintar cuadros lúgubres, oscuros, con rostros pálidos, dráculas interiores.



De su casa de Santos Lugares, que nunca visité, recuerdo las fotos de sus bibliotecas de madera blanca. Un lujo, un modelo para imitar y una utopía con la que soñar. Estantes elegantes, tan propios de un escritor en su ámbito por excelencia, esa madera rústica y la luz de la ventana que daba a un jardín, que verlo en un silla austera con camisa a cuadros rodeado de libros era estar frente a un emblema sino inmortal, al menos perdurable. Predigital.



Siempre me impresionaba que contara que cuando escribía una novela sufría horrores, que le pateaba el hígado, que debía refrescar sus doloridos pies en una palangana, que no dormía. Sabato fue un maestro de mi generación. Yo era un admirador de sus admiradores. Un admirador al cuadrado. Cuando Abelardo Castillo –que para mí en ese entonces era su heredero– iba a Santos Lugares a estrenar su obra de teatro El otro Judas, yo tomaba el mismo tren a distancia del grupo de la revista El Escarabajo de Oro y miraba como fan condecorado al divino Abelardo, a la divina Liliana Heker, al infante Mario Sabato y otros acompañantes.



No estaban lejos de la escena Rodolfo Walsh y Pirí Lugones. Todo ese mundo conformaba la sagrada familia de la literatura de los años sesenta en el que Sabato se destacaba, si no es que la lideraba. Luego trataron de ensuciarlo y, en lugar de mancharlo, lo dignificaron. Fue mejor que sus detractores, en lo humano, en lo moral. Su encuentro con Videla, que para la mitad más uno del país era un salvador de la patria –aquel que lo ignora sabe que miente–, para pedir la aparición con vida de escritores secuestrados, fue la carnada para que hipócritas y vengadores lo difamaran. Pero ésa es una historia triste, que el maestro no merece. Le dedico este largo adiós y gracias, Sabato, gracias, con emoción.
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