Domingo, 8 Mayo, 2011 - 13:57

La marihuana es mala, mala, mala

Hace unos años la Municipalidad de Resistencia había llamado a licitación para renovar la cobertura del Seguro de Vida Obligatorio (y de los seguros colectivos) para sus empleados. Entre los ítems del pliego de condiciones que los oferentes debían aceptar para compulsar, había uno que exigía que la aseguradora cubriera los casos de alcoholismo del personal.

Mandá tu info, fotos, videos o audios al 3624518042
La comuna pretendía que las compañías se hicieran cargo del problema en vez de abordarlo a través de tratamientos médicos y de sanciones disciplinarias. O, en el peor de los casos, no quería correr con la totalidad de los gastos emergentes de semejante “herencia”. Los ejecutivos de algunas aseguradoras pusieron el grito en el cielo: no se trataba de que la cobertura fuese cara; el problema era el riesgo incalculable aunque supieran qué cantidad de personas alcohólicas había en el municipio. Eso sin mencionar que “oficialmente” el alcoholismo es una enfermedad que no se contemplaba en las coberturas.



La aseguradora que resultase ganadora en la licitación estaría obligada, según esta propuesta, a tratar y en todo caso jubilar anticipadamente a los empleados que padeciesen esa enfermedad, ya que es casi imposible, en ciertas condiciones, esperar que haya una recuperación total en un tiempo razonable para que el trabajador recupere su productividad.



No sabemos qué resultó de aquella licitación: si la empresa ganadora aceptó los términos del pliego de condiciones y después cumplió; si los aceptó pero no cumplió aduciendo incompatibilidades legales; si no los aceptó y la municipalidad anuló esa cláusula. Lo que sí sabemos es que el del alcoholismo es un drama que atraviesa a la sociedad moderna y, como puede verse en esta anécdota, pone en bretes imposibles, casi surrealistas, hasta a los poderes del Estado.



TÓMESE UN TRAGO, AMIGO

En la Argentina, que ocupa el puesto 10º mundial en consumo de vino per cápita, se beben 25,2 litros por persona por año, según datos de la OIV al 2009 y del INV al 2010. Esto es 10,3 millones de hectolitros al año. Además se consumen 41,4 litros de cerveza por persona por año, según la Cámara de la Industria de la Cerveza (2007). En total, el mercado de bebidas alcohólicas en el país era en 2009 de 3.051 millones de litros (60% para la cerveza; 34% para el vino; el resto para las bebidas espirituosas). (**)



Tamaña escala de consumo supone un gran negocio, fortunas en impuestos y por lo tanto una ambivalente postura del Estado para discriminar entre éxito productivo y flagelo socio-sanitario y económico. A la vez que permite y estimula la comercialización de alcohol, intenta tibiamente prevenir a los jóvenes de su consumo. En el balance seguramente le saldrá más barato financiar el tratamiento de los alcohólicos en los hospitales que perder millones en gravámenes.



Como se ve, lo que le pasó a la municipalidad, la dificultad de sus funcionarios para encontrar una salida que contemplara las necesidades de todos sus trabajadores, también le pasa al Estado nacional.



No estamos haciendo una crítica ni de los valores culturales relacionados con el consumo de alcohol (no nos imaginamos al cura párroco embebiendo la hostia en una copa de jugo de naranja) ni de la importancia que tiene el sector vitivinícola para vastos sectores de la economía. Es simplemente un cuadro superficial de situación. Lo mismo podría aplicarse, aunque quizás con menos empatía, hacia el sector tabacalero.



CONSUMOS

Ahora bien, ¿cuál es la razón por la que el consumo de otro estimulante, la marihuana, produce semejante rechazo en al menos una parte de la sociedad? No vamos a ensayar respuestas porque todos las conocen: desde lo estrictamente moral hasta lo rigurosamente sanitario; desde la problemática del narcotráfico hasta el ejercicio pleno de las libertades individuales, todo se mezcla en un cóctel de múltiples justificaciones, muchas de ellas legítimas, otras no tanto.



Una falacia políticamente correcta que suele exponerse dice que el alcohol hace daño, que el tabaco hace daño y que la marihuana hace daño; luego, y dado que el consumo de alcohol y de tabaco es legal, hay que impedir que la marihuana alcance el mismo estatus.



La falacia consiste en oponer términos incompatibles: el alcohol y el tabaco hacen daño y ocasionan enfermedades, muertes y accidentes que encabezan todos los récords mundiales. Las cifras son escalofriantes. La principal causa de esa calificación (“escalofriante”) es la escala del daño, que la marihuana está muy lejos de alcanzar por obvias razones: no se consume masivamente. Así que el alcohol y el tabaco afectan al que los consume, y afecta a la sociedad toda en la medida que el flagelo se “socializa”. De estos guarismos, el único que alcanza a la marihuana (al menos en parte) es el del posible daño al que la consume.



Un daño relativo si se compara con sus presuntos beneficios: EEUU, el país que más recursos invierte en la lucha contra el narcotráfico, aprueba su uso medicinal en varios estados, y en las últimas semanas el distrito más liberal en la materia aceptó debatir públicamente la posibilidad de su incorporación total a los circuitos comerciales. Lo dijo Arnold Alois Schwarzenegger, electo gobernador de California en 2006 por el partido republicano, con el 55,9% de los votos, superando incluso su performance de 2003, cuando había ganado con el 48,6% y la marihuana ya se usaba para atenuar los padecimientos de ciertas enfermedades.



Si calificar el consumo de tabaco y alcohol como objetivamente dañino es razonable, compararlo con el consumo de marihuana es insensato. El peor camino para enfrentar la realidad es mirando para otro lado o, peor, negándola. Ya vimos el caso comunal; ya vimos cuánto alcohol consumimos los argentinos. Los que se inclinan por el alcohol y el tabaco no los tienen que defender: se defienden solos. Dejemos que los que tienen algo para decir a favor de la marihuana postulen sus argumentos.



UNA MARCHA DESPAREJA

Sobre la marcha a favor de la modificación de la Ley de Estupefacientes he aquí una reflexión: en tanto los ciudadanos se movilicen por lo que entienden es el cumplimiento efectivo de sus derechos, bienvenidas sean todas las marchas. El que suscribe esta columna no cree que sea importante la cantidad de gente convocada y celebra la valentía de los que asistieron. También la lucha por el matrimonio igualitario empezó con un puñado de corajudos y corajudas, y obtuvieron la igualdad merecida ante la ley.



Eso sí, la buena idea de los organizadores (movilizarse por un derecho) no debe quedarse en eso. Si están buscando que de la despenalización del consumo de marihuana (resuelta por la Corte Suprema de Justicia) se avance hacia la plena libertad de su tenencia (con todo lo que ello implica en términos sociales, económicos, legales y hasta morales) deberán levantar la puntería. Tienen que tener argumentos más sólidos que el perimido “Paz y Amor, Fierita; no le hacemos mal a nadie”, para convencer a un colectivo que supere el piso de las 250 personas que, afirman, asistieron al encuentro.
Fuente: 
(*) De la Redacción de DiarioChaco.com. (**) http://www.winereport.com.ar