Domingo, 8 Mayo, 2011 - 08:59

El tren de la victoria

Está claro que hay un complot. Muchas pruebas no tenemos. Pero nada es casualidad. Nos atacan por todos lados. La última vez fue a la altura de la calle Terrada. Un comando de desconocidos –no tenemos manera de saber quiénes fueron– aflojó los bulones de una vía. Estaban conectados con otros grupos de desconocidos que, a su vez, incendiaron vagones.

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No se trata de Al Qaeda. Pero, evidentemente, la Argentina está en peligro. El comando subversivo que está al mando de semejantes operaciones tiene ramificaciones por todos lados. Por ejemplo, no sólo es experto en huir de la policía sin dejar rastros, en incendiar trenes y aflojar bulones. También sabe de acción psicológica.



Por ejemplo, siembra de activistas camuflados el lugar a la espera de que lleguen los medios y entonces intentan confundir: dicen que había bronca entre los usuarios, que las demoras son espantosas, que pierden mucha plata, que todo eso transforma cada vagón en un polvorín, que quemar vagones es muy fácil, porque no hay material ignífugo, que basta con juntar papel, ponerlo dentro del plástico de los asientos, lograr que con eso se incendie la goma espuma, repetir la operación algunas veces, y ya está. Es decir, intentan destruir nuestras hipótesis, negar el complot. Confunden. En eso son vivísimos. Ya los vamos a agarrar, a vincular a todos ellos: a los que hacen acción psicológica en los medios, a los que aflojan bulones, a los que incendian vagones.



Por ahora no tenemos ninguna idea de quiénes son.



Pero ya los vamos a agarrar.



De lo que no hay ninguna duda es que la conspiración es mucho más grande de lo que parece. Ahí están también esos sindicalistas que unas semanas antes mostraron a los medios hegemónicos el estado de las vías del tren, eso de que tienen cincuenta años de antigüedad, que se quiebran de nada, que no apoyan bien, que en muchos lugares faltan bulones. Dan las notas antes, luego provocan los hechos, y entonces parece que esas notas eras premonitorias.



No.



Está todo armado.



Ellos saben que tenemos puntos débiles. Y eso es lo que quieren instalar: que la gente viaja horrible todos los días, que hay un festival de subsidios que nadie controla, que la inversión llega tarde –si llega– y llega mal, que está todo atado con alambre. Pero no lo lograrán. Somos muchos los que estamos dispuestos a mostrar todos los complots. No sé. Por momentos dudo, pero me resulta realmente creíble que el comandante de todo este operativo sea Fernando “Pino” Solanas. No tengo muchas pruebas. Pero nada es casualidad. Si tiene cola de perro, cuatro patas y ladra, seguro que es un perro. Y todos los caminos conducen a Pino, el incendiario, el pirómano.



Mi guía espiritual es el jefe de Gabinete. Lo vengo escuchando desde hace años. El tipo es un capo. Un gran polemista. Y además dice las verdades que hay que decir. No necesariamente tiene pruebas. Pero si sólo se pudiera decir aquello sobre lo que hay pruebas, estaríamos jodidos. ¿O no vive todo el periodismo de afirmar cosas que no se pueden probar, como por ejemplo que el clan Saadi tuvo algo que ver con el encubrimiento del crimen de María Soledad, o que Jaime robaba, o que gran parte del sindicalismo no tiene cómo explicar su nivel de vida?



El jefe de Gabinete fue clarísimo desde el 2005. Viene denunciando el complot terrorista desde aquella primera quema de vagones. Ese día acusó a dos gremialistas con nombre y apellido: Edgardo Reinoso y Armando Vivas. Eso es tener huevos. Eso es poner los puntos sobre las íes. Presentó una denuncia penal contra ellos y contra Quebracho. “Reinoso y Vivas son los dos que están identificados en las filmaciones. La denuncia será acompañada por varios cassettes de todo lo que se filmó. En las imágenes hay un momento donde se están distribuyendo las (bombas) molotov”.



El tipo, que es así de coherente, insistió en septiembre del 2008, ante una nueva quema de vagones, en identificar a algunos de los conspiradores. “Fue una situación armada premeditadamente para sabotear, con una vocación de provocar disturbios. El tren se rompió porque alguien que sabía lo que hacía se metió en el tablero maestro y, con un líquido, provocó un cortocircuito en los frenos.” Nombró, entonces, uno por uno a los conspiradores: el Partido Obrero (PO), el Movimiento Socialista de los Trabajadores (MST), Quebracho y el partido Proyecto Sur, de Fernando “Pino” Solanas. Además apuntó contra el militante del Partido Obrero (PO) José Mario Escobar. “Él dirigió los desmanes. Mucha gente lo vio cuando arrojaba un buzo encendido a los vagones.” El tipo se banca exponerse a que le digan facho o macartista. Así es de valiente.



Que tantos años después la Justicia no haya detenido a los subversivos sólo demuestra que también hay jueces dentro de la conspiración.



El complot es tan potente que no repara en nada. Uno de los detenidos se llamaba Roberto Canteros. Estuvo un año preso. El tipo difundió una carta. Dijo que era tapicero, que estaba preso por no haber hecho nada, que lo habían acusado de robar un arma de la policía, que tiene hijos chiquitos, que no había pruebas, que lo despidieron del laburo. Parecía un pobre diablo. Un año en cana, lloraba. Pero logró que lo soltaran. Porque esto es como la sinarquía. Tiene ramificaciones por todos lados y entonces Canteros está libre, como todos los demás.



Entonces: los que aflojan los bulones, los que incendian los trenes, los agentes de acción psicológica que se hacen pasar por pasajeros, los medios hegemónicos (obvio), los jueces cómplices, el Partido Obrero, el MST, Pino Solanas, los sindicalistas que muestran el estado de las vías, Quebracho. Es raro que no haya dicho que Duhalde también está detrás. Por las dudas, lo digo yo. Y la Mesa de Enlace. Y el rabino Bergman. Y Scioli, que maneja Ferrobaires.



¿Queda claro?



Ya van a aparecer los que dicen que todo es culpa del Gobierno, que hay un festival de subsidios que se reparten entre empresarios de la década del noventa y funcionarios para que, cada vez que hay una crisis de este tipo, parezca que todo sigue como entonces, como en el 2003, cuando ya era una vergüenza cómo viajaban los trabajadores en los trenes. O que los trenes representan un riesgo enorme, el riesgo de otro Cromañón.



Los que dicen eso son también conspiradores.



Le hacen el juego a la derecha. O a la izquierda. O a todos ellos juntos.



No sé en qué sentido, pero es claro que hay una conspiración de derecha e izquierda a la vez.



Son cipayos.



No entienden que vamos camino a la victoria.



Y que no habrá nadie ni nada que nos detenga.



Mucho menos vías que tienen medio siglo.



El tren de la victoria avanza sobre rieles, como nunca antes.



Y es comodísimo, aunque los pasajeros del Sarmiento no se den cuenta.



Chuchuuuuuuuuuuu.
Fuente: 
VEINTITRES