Domingo, 1 Mayo, 2011 - 09:54

La hora y media de los trabajadores

El pequeño partido de las grandes corporaciones privadas implotó. Al compás del protagonismo de los trabajadores organizados, Paolo Rocca y Héctor Magneto ven, alarmados, cómo se esfuman sus candidatos y los escudos de defensa de los privilegios acumulados por décadas. Ayer, las tapas de La Nación, Clarín y Página/12 no hicieron más que confirmar lo adelantado desde esta columna: Ernesto Sanz dejaba de ser la esperanza blanca de Techint y Mauricio Macri desanda su camino a la Casa Rosada para intentar un segundo mandato en la Ciudad de Buenos Aires.

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El problema es que Macri ni siquiera puede conformar a la destratada Gabriela Michetti, ya que ella no correrá por la Ciudad ni podrá acompañar a su amigo Sanz en una fórmula testimonial de la derecha. A Michetti le quedó como protagonismo esta semana ser una de las dos diputadas que votaron en contra en el tratamiento en comisiones de la regulación de la medicina prepaga. Michetti, que integra la Comisión de Salud, se vio en el incómodo lugar de oponerse a lo que su propio bloque había avalado tres años atrás.



Ella, que sabe lo que es un tratamiento médico complejo y que tiene médicos en su familia, resultó junto a la evangélica Cinthya Hotton, quien se convirtió en portavoz de Claudio Belocopitt, accionista mayoritario de Swiss Medical y responsable del lobby de los empresarios del sector. Quizá la derecha no se detenga, ante el vértigo de los acontecimientos, a evaluar cómo van fagocitándose a sus pocos referentes digeribles por la clase media. Si había una ley que no iba a tener posibilidades de frenar la derecha era la de regulación de las prepagas. Si había una ley para intentar ganarse la simpatía de los cuatro millones de cautivos de la carísima atención médica privada, era ésta. Michetti, en vez de lograr ser la contendiente de la derecha por la Ciudad, quedó como la cara de lo que nunca debía ser: la voz de los que no ven pacientes en los enfermos sino que son una oportunidad para facturar.



Techint se quedó sin candidato y también sin argumentos para defender su negativa a incorporar a los directores de la Anses. Hasta la asamblea de Clarín –realizada el jueves pasado– reconoció la vigencia del decreto 441 (que permite ampliar la participación del Estado donde tiene inversiones). Los accionistas de Clarín, sin embargo, se opusieron a la incorporación de directores tal como reclaman los representantes del Fondo Solidario. Clarín, al igual que Techint, se opone a la distribución de las ganancias de sus accionistas. En el caso de la empresa de Magnetto, las acciones del Estado son del 9% y las ganancias no repartidas son 1.200 millones de pesos. En el caso de la empresa de Rocca, la participación del Estado trepa al 26% y las utilidades no repartidas acumulan 6.000 millones. Esto es, dado que los fondos en cuestión son salarios diferidos de los trabajadores administrados por el Gobierno, lo que hacen Clarín y Techint constituye una especie de desafío abierto al pueblo trabajador.



En ese contexto –y sin una fórmula presidencial que les permita soñar una reacción conservadora– hay que entender el manejo editorial y periodístico de La Nación (Techint) y de Clarín. Así, Marcelo Bonelli, por ejemplo, en cambio de entender que la nueva conducción de la UIA aceptará la formación del Consejo Económico Social, pretende engañar a los lectores con un título insólito: “La UIA pedirá que cese la persecución a las empresas” (29-4, pág. 37). La persecución, además de la que pretende repartir las ganancias declaradas, consiste en intentar cobrar los impuestos. En ese sentido, si los inspectores de la Afip hicieron operativos en las grandes comercializadoras de granos fue por orden de la secretaría 3 del juzgado federal de San Isidro en lo criminal y correccional que está a cargo de la jueza Sandra Arroyo Salgado. La misma que tiene la causa por la identidad de los hijos adoptados irregularmente por la dueña de Clarín (ver Informe Especial). Los 1.200 inspectores de la Afip allanaron oficinas de empresas multinacionales como Cargill, Vicentin, Nidera, Bunge, Dreyfus, Molinos, Aceitera General Deheza y Grobocopatel Hermanos. El “acoso”, en este caso, fue tras juntar documentación y testimonios sobre las maniobras fraudulentas de las compañías.



Lo que se termina es la impunidad de quienes se acostumbraron a creer que los simposios de Idea o las reuniones de la UIA eran la cara simpática y pública de los tratos corruptos con funcionarios del Estado para sobrefacturar, evadir o no repartir ganancias. El respaldo de cientos de miles de trabajadores organizados en el acto de ayer (ver Con este modelo...) será acompañado de un viejo anhelo de la CGT, como es el de la participación de los asalariados en las ganancias. Lo saben los empresarios: además de un acto concreto de distribución de la renta implica la posibilidad de ver los números de las compañías. Eso, que horroriza a la prensa opositora, no es más que darles el derecho de no ser engañados a quienes producen los bienes y servicios que circulan en el mercado. No sería lógico que un proceso que avanza hacia el fin de la impunidad de los privilegios en tiempos de dictadura no saque enseñanzas para construir la democracia. Se trató de un régimen cívico militar, montado sobre la voracidad de los grupos de poder económico. La Argentina tiene, en este momento, una madurez política y una inserción internacional suficientes como para neutralizar cualquier intento nostálgico de golpes de mercado.



Tras ocho años de fortalecimiento político, el kirchnerismo dio esta semana una muestra de consistencia significativa. Sin necesidad de adelantar decisiones sobre candidaturas, Cristina Kirchner demuestra tener las condiciones para liderar las transformaciones posibles para los próximos años. La transparencia de la gestión privada es un asunto público de primera magnitud. Lo interesante de estos últimos meses es que no se discute en abstracto el rol del Estado. Los voceros de los privilegios pueden escandalizar pero no pueden contraproponer en público. Hay una relación estrecha entre eso y la caída libre de Eduardo Duhalde, Ernesto Sanz, Felipe Solá, Mario Das Neves y otros referentes de la derecha argentina. Mauricio Macri está a punto de reacomodarse y confesar que está más lejos que nunca la posibilidad de que un sector de la sociedad lo quiera como su representante en la Casa Rosada. Fue él mismo quien se animó hace poco a una afirmación temeraria como que “Ricardo Alfonsín hace más kirchnerismo que Cristina”.



Creía, hasta hace poco y lo decía en la intimidad, que le iba a disputar la segunda vuelta a Cristina Kirchner. Decía que no iba a hacer como Carlos Reutemann, que se había bajado por falta de confianza. Pues bien, es muy probable que esta semana siga el camino que el senador santafesino inició hace meses y al que se fueron sumando la mayoría de los antikirchneristas cuya rabia es proporcional a las encomiendas de algunos pocos empresarios como los que ahora están bajo la lupa de la Afip y de la Anses.
Fuente: 
SUR