Domingo, 1 Mayo, 2011 - 08:54

Los intelectuales y los mitos

Comienzo este texto con una cita: “Hemos creado un mito, y el mito es una fe, un noble entusiasmo que no necesita ser realidad; constituye un impulso y una esperanza, fe y valor”. Son palabras de Benito Mussolini, luego de la marcha sobre Roma, extraídas del excelente libro de Jesús Silva Herzog Márquez, La idiotez de lo perfecto.

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Aquel mito que inicia el fascismo popular ha perdido su resonancia original. El supuesto creador del mismo ha sido sepultado y su creación se vació de entusiasmo. De todos modos, los mitos no nacen por arte de magia. Un mito ya nace creado. No tiene creadores. Los mitos nos hablan de un origen, pero no tienen origen. Su sentido nace del misterio de su creación. Por eso no existen los creadores de mitos. Se crean solos.



No se sabe desde qué momento se convierten en tales ni se conoce con precisión el punto inicial de su impulso. El mito estalla, luego se enfría y queda convertido en memoria. Sólo una presunción ilustrada forjada en un laboratorio con personal contratado supone que es posible crear mitos de probeta. No es sólo una ilusión intelectual, sino un espejismo de intelectuales.



Elaborar mitos en universidades, proyectarlos en los medios de comunicación, agigantar imágenes, filmar películas, ponerles música, organizar festivales, asesorarse con expertos en educación sentimental y psicología de masas es megalomanía de enciclopedistas. Pretenden inocular la fe y el entusiasmo hacia un ideal con rostro humano. Montan un artefacto con la cara y la voz de un endiosado Gran Hermano.



Para confeccionar este tipo de producto no hacen falta pensadores ni intelectuales ni profetas. Basta el personal de una consultora de marketing. Aquello que llaman “mito”, con base en un relato poblado por protagonistas políticos de estos últimos años, es, en realidad, una marca. La marca “Néstor”. Los especialistas en su elaboración son los mismos que nos venden una variedad de productos. Llamarlo “mito” no resulta de un malentendido, sino de la tradición romántica del revisionismo histórico y de un antirracionalismo que se pretende popular. Hasta no hace mucho tiempo, se atribuía a los intelectuales la función de develar los mecanismos que los poderes instituyen para fabricar creencias.



La “desmitificación” se definía como una operación crítica necesaria para un proyecto emancipatorio. La tradición marxista sostenía que este proceso de desconocimiento de la realidad se debía al fenómeno de la alienación de la conciencia determinado por el proceso de producción capitalista y las ideologías establecidas por los aparatos de Estado.



A partir de esto, el intelectual revolucionario creía que la teoría social era una herramienta crítica contra la domesticación. Hoy cambia su mameluco y se desespera por diseñar aparatos de captura que aseguren la resonancia mítica de una historia. Confunde mito y propaganda. También superpone religión con fascismo rojo o negro. Un mito necesita héroes. Pueden ser mártires o santos. Le son indispensables para crear un espacio sacro habitado por intocables.



El kirchnerismo se ha instalado en nuestra sociedad. Nadie lo ignora. Se pretende una identidad. Se presenta como una última fase del peronismo. Compite con el menemismo que en la década del noventa sedujo a los peronistas y a los liberales. Lo votaron con alegría años tras año. El pueblo era menemista, pero su felicidad no necesitaba de mitos. La cultura que lo caracterizaba se fundaba en el placer consumista de un hombre sin atributos que tenía su Ferrari y una vedette a su lado. El kirchnerismo se reclama de la década del setenta. Se sostiene con el consumismo, pero no se pretende feliz sino trágico. Para darle porte al drama necesita una épica. No puede tenerla sin muertos. Los busca y los tiene.



En el citado libro de Herzog Márquez, su primer capítulo está dedicado a Carl Schmitt. Destaca la “anchura de la convocatoria” del filósofo y jurista alemán. En la actualidad, aquellos pensamientos de Schmitt, novedosos en los años veinte del siglo pasado, se propagan de boca en boca, de libro en libro, y lo que era legitimación de dictaduras de derecha se rebautiza como ideología de resistencia desde la izquierda. Desde este punto de vista, la política está definida por la figura del enemigo y la idea de que la guerra es el motor de la historia.



La política debe estar marcada por la sombra de la muerte. Lo que se le opone es el liberalismo, una corriente de opinión denostada por la izquierda cultural, del mismo modo en que lo hacían la derecha de hace un siglo y el stalinismo de hace unas décadas. Los argumentos son los mismos. Para la concepción heroica, la política es el espacio de lo indómito, del peligro, del riesgo, de lo excepcional, lo irregular –o como se dice hoy– del acontecimiento. Se contrasta con el liberalismo degradado por ser una doctrina cobarde porque combina la mezquindad del comerciante, la palabrería del polemista y el entretenimiento de los tontos. Con pastores progresistas y peritos mercantiles pueden dar por cerrada la suscripción a su militancia.



El ideal político de Carl Schmitt es una sociedad homogénea, soldada por una unidad emocional. Para sellarla del todo se necesitan una dictadura y un mito de origen y adoración. De este modo, se elimina la hipocresía de un parlamentarismo que no termina con el secreto de quienes mandan ni logra dispersar el poder. El único fetichismo denostado es el llamado fetichismo constitucional del positivismo jurídico. Para los “schmittianos” el peligro liberal es el que proviene de los que conciben a la democracia como un método competitivo para resolver conflictos sin derramamiento de sangre. Toda prédica basada en procedimientos, reglas y normas, es decir, el dominio de la ley, la consideran expresión de decadencia burguesa. Por eso, lo ilegal se torna en algo no sólo permitido, sino valorado. El dominio basado en la astucia combinada con la intimidación compone así el nuevo ideario militante del ‘resistente’ de hoy.



En la otra orilla, José Mujica en una entrevista al diario El País, de España –que ha sido levantada por diversos medios– nos habla un lenguaje incomprensible. Necesitamos un intérprete para comprenderlo. De expresarse así en nuestro medio, nadie entendería nada. Dice que es el presidente de todos los uruguayos. De los que lo votaron y de los que no lo votaron. Todo el tiempo relativiza los consensos. Reconoce la pluralidad de la sociedad uruguaya y la diversidad de vivencias de las familias en el pasado trágico. Conversa con las fuerzas armadas porque considera que su fidelidad es imprescindible para la paz de la república.



Y agrega que no se puede pedirle fidelidad a quien se desprecia. Piensa que derecha e izquierda son tan viejas como el hombre. Se vuelven patológicas con el anquilosamiento reaccionario y el infantilismo revestido de cierta ingenuidad. No desprecia el centro. De joven, lo caracterizaba como el dominio del egoísmo pequeñoburgués. Ahora, le parece que es la valoración de las pequeñas cosas de la vida. Si los extremos se alejan del centro, reflexiona, finalmente se quedan solos. Cree que con la gente no se hace lo que se quiere.



Agregaríamos que no se la manipula ni siquiera creando mitos de campaña. Piensa que es necesario luchar por el ideario socialista que neutraliza la iniquidad del capitalismo, reconociendo al mismo tiempo que el sistema capitalista tiene una energía formidable. O este hombre es demasiado simple, o es un Buda de un orientalismo de pava y bombilla, o es algo más serio, y nosotros, menos serios y más patéticos de lo que creemos, cada vez que celebramos la demolición mutuamente consentida.
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