Domingo, 24 Abril, 2011 - 11:27

"Atropellitos", las rutas de Albania

Hace unos meses contamos que una marca de agua mineral de cinco litros podía adquirirse en el supermercado Ecónomo al precio de mercado o exactamente al doble. Difundimos los facsímiles de los tickets para que no dijeran que estábamos hablando al cuete. Dimos una módica señal, evitamos el ensañamiento, no fuera que nos acusasen de iniciar una campaña de desprestigio, y seguimos con nuestras vidas. Por lo visto hay gente que no escarmienta.

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“Pegarle” por pavadas a don Cucher, el propietario de Ecónomo, parece ser un deporte provincial. Creemos que está expuesto porque es chaqueño, porque es exitoso o porque es amigo de Eduardo Aguilar (la movida de las bolsitas, genial desde el punto de vista del marketing, provocó un escándalo exagerado a juicio de este cronista). Creemos eso y también que, como buen empresario, tiende a llevarse las cosas por delante.



Haciendo memoria, sus atinadas reflexiones sobre la conveniencia de “enseñarles” a los supermercadistas chinos que las reglas están para cumplirse, fueron correctas en tanto promocionó su propia inopia: “Si tengo 52 inspecciones, no digo nada. Me callo la boca porque sé que estoy aprendiendo y que me están ayudando a normalizar si tengo algún tipo de problema”, declaró tiempo atrás.



Estos días don Cucher inauguró una nueva metodología de atención al público: abrir y cerrar el boliche a la hora que se le antoje. El miércoles, por ejemplo, se mofó de su compromiso en lo que se considera cuanto menos una obligación de incidencia directa en las relaciones de vecindad y convivencia urbana, y a pesar de difundir públicamente que el horario de cierre es la hora 22, resolvió bajar la persiana media hora antes. La Comuna debería ir y “enseñarle” que si dice a las 22, tiene que cerrar a las 22, ya que don Cucher está “aprendiendo”.



Ahora hagámosle justicia al grotesco intercambio del miércoles a la noche con el señor que guarda la entrada de Ecónomo, a quien por motivos humanitarios llamaremos “Caronte”:



-No se puede pasar, estamos cerrando. (Caronte se interponía entre la calle y el salón de ventas).

-¿A qué hora cierran?

-A las veintidós.

-¡Pero son las veintiuna treinta!

-Pero acá están sacando a la gente (sic).

La conversación no conducía a ninguna parte. Intentamos una acción desesperada:

-¿Usted sabe que tienen la obligación legal de cumplir con el horario de atención al público que informan?



No estábamos seguros de que fuera así: la ley 21.660, del año ´77 (apertura y cierre uniforme de comercios) es un bando castrense que no tiene aplicación práctica; la ley 24.240 (de Defensa del Consumidor) no habla del tema, y si hay una ordenanza que obligue al supermercado a respetar el horario de atención al público, no la conocíamos.



Igual Caronte no tenía ganas de discutir. Mientras nos alejábamos lo escuchamos decir “Venga mañana y hable con el dueño”, lo que por lo general se expresa en ese cartelito del que ya hicimos mención la vez pasada: “Si lo atendimos bien, háblelo con los demás; si lo atendimos mal, háblelo con nosotros”.



HACIENDO MEMORIA

Después de la publicación de la nota del agua mineral nos dijeron que el funcionario a cargo de la Dirección de Comercio Interior, Ricardo Marimón, andaba malo con nosotros porque en lugar de hacerle llegar un reclamo formal (poniendo crucecitas en unos casilleros y relatando la injusticia doméstica en una línea de puntos) elegimos el camino de lo que podría denominarse “denuncia pública”, un recurso que parece exagerado cuando se trata de agua mineral. Hace dos días este cronista le preguntó a Marimón si era cierto; él dijo que no.



Pero si se enojó en algo tenía razón: debimos haber hecho el trámite, asentar nuestra crispación. Y también en algo se equivocaba: la prensa, con su manera a veces frívola de interpretar la realidad, es como la Coca-Cola: saca el óxido, desatasca engranajes y después, como el Activia, contribuye a dinamizar el tránsito lento, estimula el movimiento y, en fin, lo que no se movía de pronto se mueve y sale.



En clave de indignación, esta crónica –llámenla queja, lloriqueo, berrinche- podría haberse titulado “La Ley Cucher”, más no hubiésemos dado en el clavo.



Está en la psicología de los empresarios acometer la adversidad: eso de ver tierra fértil donde el resto sólo ve tierra; eso de ver oportunidades donde los demás sólo ven barreras… Pero la metáfora de que durante la guerra los alemanes plantaban lechuga en las macetas tarde o temprano deviene en la lógica de la prepotencia no ya sobre las macetas sino sobre las personas.



Del otro lado, frente al atropello, estamos nosotros, soliviantados porque nos pasan por arriba pero mirando el piso cuando otro protesta por lo mismo que nos subleva; nosotros simultáneamente encabronados y con la cara roja como un tomate, inexpresivos salvo por ese rubor de quinceañera, aun pensando “Hagan callar a ese demente que protesta”… Nosotros con nuestra indecorosa hipocresía, co-responsables de una “dialéctica” que no funciona y que nos encarama en lo más alto de la piedra sacrificial de la sociedad de consumo.



Quién no fantaseó con agarrar del cogote al cajero del banco o empujar por un barranco al único remis disponible en la ciudad cuando descubrió que su obra social no lo prevenía del catálogo de enfermedades que portaba el cascajo (dicho sea de paso, también ha querido empalar a los esbirros de la obra social), y al final, como si lo detuviera una fuerza sobrenatural, no tuvo valor ni para pedir el libro de quejas.



Ahora bien, no hay que caer en la trampa de la “dialéctica” cuando el contexto de estas relaciones es asimétrico: si ni los organismos de defensa del consumidor ni los de contralor pueden poner coto a las tropelías de las grandes empresas; si hay “superintendencias” con menos personal que un almacén para supervisar las operaciones de multinacionales y holdings, es una barbaridad trasladar esas responsabilidades a los usuarios, y acaso una trampa ilusionarlos con la fábula de cierta “dialéctica de control” que serviría, según esa teoría, para emparejar las cosas. Más aún cuando los usuarios son un colectivo tan voluble e indeterminado, un amontonamiento de individualidades que se avergüenza de resultar protestón a los ojos del amo.



Esto ni siquiera se trata especialmente de don Cucher, como apreciará quien haya llegado hasta acá.



ANÉCDOTA ESPECULAR

Hay un programa de televisión de la BBC sobre automóviles, quizás alguno lo haya visto: “Top Gear” se llama. Tiene esa extraña combinación entre lo flemático de la idiosincrasia británica y el humor fino también propio de la moderna iconografía insular. Los conductores del programa suelen hacer viajes por Europa para probar que son capaces de reflotar viejas leyendas del mundo automotor, para exhibir autos premium o para divertirse.



En un episodio de la última temporada viajaron a Albania. Mientras manejaban por una ruta destruida (Albania sufrió especialmente el paso del comunismo al capitalismo) se preguntaban cómo era posible que los conductores fueran tan desaprensivos: no respetaban la derecha, avanzaban zigzagueando, iban fuerte donde los pocos carteles indicaban hacerlo con precaución, se cruzaban o se detenían en cualquier parte; las motos, las bicicletas, los carros, los peatones, usaban la ruta como único canal para ir de un pueblo a otro… ¿Le suena?



Lo curioso de países como Albania es que quedan en Europa. Ahí nomás, del otro lado del mar, está la Italia rica. Y es brutal el contraste. De hecho esos territorios son mucho más familiares para nosotros que para sus vecinos del Viejo Mundo. Vamos al grano: salvo por las montañas, Albania se parece al Chaco.



La pregunta que me surgió entonces, mientras los protagonistas del programa añoraban las pulidas autopistas de Inglaterra o la mítica “Autobahn” alemana, no fue “¿Qué causó esta degradación en nuestros estándares como ciudadanos?”, sino “¿Qué nos hace falta para dejar de conformarnos con una palmadita en la espalda?”
Fuente: 
(*) De la Redacción de DiarioChaco.com