Domingo, 24 Abril, 2011 - 09:43

El litigio por la hegemonía cultural

Nos hemos cansado de escribir sobre una oposición esperpéntica que se parece más a una tienda de los milagros o a una comedia de vodevil decadente que a la expresión, imprescindible en democracia, de corrientes diversas que buscan influir sobre la ciudadanía y que aspiran, con legitimidad, a gobernar los destinos del país.

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La contundencia de los hechos, la sucesión de situaciones bizarras que involucran a la oposición hablan por sí solas: el despiste final del pequeño (ya casi invisible) señor Cobos que prepara simplemente su salida de la política después de haber alucinado con llegar, por el camino más corto del oportunismo y la traición, a la presidencia de la Nación; el zigzagueo del senador Sanz que, voltereta tras voltereta, va descubriendo que, para él, no alcanza el viento de cola que los medios hegemónicos intentaron crear para levantar el amperímetro de una candidatura que jamás pudo generar un mínimo de entusiasmo ni siquiera en los sectores conservadores de su partido; un Ricardo Alfonsín que viendo algo despejado el camino no acaba de sortear los reclamos, por un lado, de un seudo progresismo que alucina con los días iniciales del padre y, por el otro lado, del establishment que cada tanto lo aprieta para que se manifieste en consonancia con el espectro de derecha que involucra también a Macri, Duhalde, De Narváez y Lilita Carrió; del impresentable Peronismo Federal ya ni siquiera vale la pena escribir una línea, salvo para admirarnos de la insistencia de los Rodríguez Saá por hacer el ridículo como si fueran personajes de una novela mal trazada del viejo realismo mágico.



Mauricio Macri, la última esperanza de las corporaciones, hace lo posible para recordarle a su electorado que su capacidad intelectual está a la altura de los grandes esfuerzos que tuvo que hacer en la vida para ganarse un mango. Desde la lejana China su padre esboza una sonrisa socarrona.



Eduardo Duhalde, mientras tanto, mira perplejo el pantano en el que está metido y ya ni siquiera logra dibujar en su rostro esa sonrisa de candidato de Hollywood que le enseñaron sus asesores publicitarios. Tampoco le va mucho mejor a la oposición “de izquierda”, esa que creyó reconocer en Pino Solanas a su monje blanco después de su buena performance en las elecciones de 2009, en las que logró atraer una parte importante del voto de la Coalición Cívica, pero que hoy ve de qué modo su gran candidato parece renunciar a la puja nacional para lanzarse a disputar la ciudad de Buenos Aires, enfrentándose a la furia de su aliado Claudio Lozano y a la mirada resignada de la multitud de pequeñas agrupaciones que habían puesto expectativas de ser arrastradas por el crecimiento nacional de Proyecto Sur de la mano de un Pino Solanas al que se le soltó la cadena reaccionaria al recordar que hay votos de baja calidad y que, como es obvio, corresponden a los pobres de las provincias más pobres (extraña reflexión para alguien que dice defender los intereses populares). Hermes Binner, desde su perfil de suizo desangelado e impertérrito, va deshojando la margarita preguntándose con quién, Alfonsín o Pino, le conviene ir para reafirmar, una vez más, la vocación socialista de eludir con sistemático empeño encontrarse con lo popular.



Mientras eso sucede con la oposición política, la que supuestamente expresa a las distintas corrientes ideológicas y da cuenta de tradiciones partidarias que se quieren venerables pero que poco y nada tienen que ver con lo que fueron, la verdadera oposición, la que se ocupa de escribir el libreto y dirigir a los actores de reparto, sigue buscando los puntos débiles de un gobierno que se les sigue escapando sin que logren debilitarlo de cara a las elecciones de octubre. La vanguardia periodística, esa que hace gala de independencia, va adelantándose a los acontecimientos tratando de generar, de una vez por todas, aquel suceso que catapulte fuera de escena a un kirchnerismo que ha logrado no sólo recuperar todo el terreno perdido en la dura batalla cultural ideológica del 2008, sino que ha sobrepasado su mejor momento de finales del 2007 cuando logró llevar a Cristina Fernández a la presidencia con el 46 por ciento de los votos, de unos votos que, eso fue evidente pocos meses después cuando estalló el conflicto con el frente agromediático, fueron poco consistentes y volátiles, como si todavía, en ese tiempo, el kirchnerismo no hubiera logrado crear una sólida base de sustentación social que sólo iría alcanzando en el significativo giro abierto por el voto no positivo más todo lo que siguió después. Por esas paradojas que suele ofrecernos la historia, el kirchnerismo remontó vuelo cuando desde las usinas del verdadero poder se intentó recortarle las alas; en esos días calientes en los que todo parecía escrito para cerrar lo abierto por Néstor Kirchner en 2003 se forjó, sin embargo, el giro que le permitió encontrarse con una mística política que parecía extraviada en nuestro país.



Los sesudos analistas de la derecha, esos que escriben cotidianamente desde las páginas de La Nación, de Clarín y de Perfil, comenzaron a interrogarse, ahora, por lo que denominan la “hegemonía cultural del kirchnerismo” (Beatriz Sarlo dixit). Han descubierto, horrorizados, que el famoso “viento de cola”, ese que logró llevar durante ocho años al país hacia un crecimiento inédito de la economía, no se debió a ningún fenómeno natural sino a una arriesgada voluntad política desplegada desde mayo de 2003 y que fue rearticulando la trama de un país y de una sociedad desgarrados por años de impunidad neoliberal.



Pero, y eso los conmueve aún más, comienzan a reconocer que la “batalla cultural” se está perdiendo (esa que encontró en medio de la tormenta del 2008, cuando todo parecía oscuro para el Gobierno, una metáfora que permitió abrir otra perspectiva y acercar muchas voluntades: aquello de “clima destituyente”, apenas una imagen que desnudó el sentido verdadero de la ofensiva agromediática que, lejos de preocuparse por algunos puntos de más o de menos en las retenciones, iba por todo, es decir, por la recuperación de la capacidad de decisión de las corporaciones, capacidad que había sido en gran parte limitada por las acciones y las determinaciones del gobierno nacional). Lo que Beatriz Sarlo ha comprendido (y lo viene haciendo con indisimulada incomodidad desde los festejos multitudinarios del Bicentenario) es que lo abierto en mayo de 2003 ha creado las condiciones, inimaginables en la Argentina previa, de un giro en la hegemonía ideológica que, eso quedaba claro, ya no se correspondía, a partir de la gigantesca conquista de las conciencias por el conglomerado menemista-neoliberal de los ’90, con ninguna alternativa de matriz nacional, democrática, popular y emancipatoria.



Mientras que la oposición política permanece entrampada en el abrazo de oso de la corporación mediática, abrazo del que ya parece no poder salir y que la asfixia irremediablemente, el kirchnerismo se prepara no apenas para enfrentar lo que queda del camino hacia octubre, sino, más complejo y decisivo, para ir definiendo con mayor agudeza y precisión lo que queda por hacer y profundizar en los próximos años. Es en su interior, caudaloso y abigarrado, laberíntico y diverso, donde se jugará la próxima etapa de lo que algunos han llamado la “batalla cultural” o, en tono más gramsciano, la “hegemonía”. La derecha, como siempre, seguirá conspirando y buscando, incluso dentro del espacio oficialista, a quién o quiénes le puedan dar una mano para recuperar algo del terreno perdido. En el mientras tanto, la oposición no logra despegar ni un milímetro del suelo.



Pero regresemos a la cuestión tan debatida de la “hegemonía cultural”. Los últimos artículos de Beatriz Sarlo han venido alertando respecto del sostenido avance del relato kirchnerista y su capacidad para perforar en gran medida el sentido común alcanzando a interpelar, de una nueva manera, a amplios sectores sociales que, hasta hace poco tiempo, no se sentían convocados por ese relato. Algo inesperado ha venido a modificar una escena contemporánea que parecía no ofrecer lugar ni oportunidad para reabrir la posibilidad repolitizadora de la cual es portador principal el kirchnerismo; pero ese “algo” ha podido conmover a quienes ya no se dejaban conmover, ha logrado escribir otra página en el interior de una historia que estaba más cerca de la clausura que de la apertura de una nueva e intensa ola de participación popular. Simplemente la batalla cultural había sido ganada, al menos hasta hace unos pocos años, por el neoliberalismo. Sus consecuencias más evidentes fueron la degradación de la vida social, el predominio de una lógica hiperindividualista, la sustitución de la política por la administración y la gestión de cuerpos y bienes transformando la vida democrática en un gigantesco mercado en el que la libertad remitía, fundamentalmente, a la posibilidad de elegir ante las góndolas del supermercado qué jugo de naranja o qué jean comprar. Pero también se trató de una profunda transformación de las conciencias y de los imaginarios de época destronando lo que eran aquellas otras tradiciones provenientes de los lenguajes igualitaristas. El neoliberalismo fue, y sigue siendo, una gigantesca apuesta cultural que ha buscado y lo sigue haciendo, con los grandes medios de comunicación a la cabeza, conquistar el alma de las personas definiendo la gramática del sentido común. Sería inimaginable la hegemonía que alcanzó sin la complicidad estructural de la industria del espectáculo y de la comunicación, sin culturalizar la vida política de acuerdo a su mirada del mundo.



Lo que mortifica a la derecha mediática (la forma neoliberal de esa ideología en el tiempo del predominio de la sociedad del espectáculo) es que comience a disputarse, con chances ciertas de invertir la tendencia, aquello que ya parecía clausurado. El espíritu del progresismo, ese que revoloteó en los ’90 y que hoy vuelve a expresarse entre algunos intelectuales, supo plegarse con cierta resignación al triunfo del mercado y de sus leyes inexorables; supo adaptarse a “lo políticamente correcto”, es decir, a aquello que sin cuestionar la médula de un sistema de injusticias y desigualdades se ocupaba y se preocupaba por lo que algunos han llamado “el estilo de vida”. Su norte utópico no fue más allá de proclamar el deseo de edificar una república virtuosa que dejase intocado el orden económico, que amparase las formas de la diversidad y de la proliferación sin cuestionar el gigantesco efecto de exclusión y de empobrecimiento de un capitalismo depredador. Creyeron que el tiempo de la historia estaba cerrado junto con el definitivo desvanecimiento de las ideologías y que, de lo que ahora se trataba, era de sentarse en la mesa del consenso allí donde nada decisivo se podía discutir ni criticar con espíritu de modificar el curso de las cosas. Le temieron y le temen, como si fuera la peste, a los antagonismos y al conflicto. Lo inexorable económico junto con la resignación se convirtieron en parte del dispositivo de una posmodernidad despolitizadora en la que muchos se acomodaron sin grandes inconvenientes pero al precio de abandonar, de una vez y para siempre, cualquier ideal transformador.



El kirchnerismo, y esto más allá de sus límites e incluso de sus contradicciones, rompió esa inercia del fin de la historia, hizo añicos la certeza de lo eternizado por los gurúes de la economía de mercado y abrió las compuertas para una significativa recuperación del espacio público yendo contracorriente de la tendencia privatizadora de la época. Esa inflexión inesperada, esa anomalía de una Argentina que parecía condenada a la repetición, reabrió, con una fuerza sorprendente, la batalla por la hegemonía cultural, base y sustento de cualquier proyecto que aspire a reconstruir el tejido social dañado y a recuperar la política como instrumento fundamental del litigio democrático, ese que pone en evidencia que los muchos siguen insistiendo para ser contados en la suma de la igualdad.
Fuente: 
VEINTITRES